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Los gilipollas

Hay veces que uno siente una especie de desazón, incomodidad, malestar… que no sabe muy bien a qué atribuir. Otras veces sí lo sabes. Perfectamente. Y te gustaría señalar al gilipollas, la gilipollas, o los gilipollas que lo provocan. La gran mayoría de los gilipollas tienen un buen puesto en el mundo laboral. Hace poco googleaba buscando a otros gilipollas, algunos de aquellos gilipollas con los que ya no coincido, pero cuyos caminos se cruzaron con el mío en un momento dado y, como a buenos gilipollas, les sigue yendo relativamente bien. Porque al gilipollas siempre le va bien.

La relación entre el nivel de gilipollez y el estatus laboral, en gran parte de los casos va muy asociado. El gilipollas, amén de escaso número de neuronas activas y, en la mayoría de los casos, también deficiente productividad, suele desarrollar toda una gama de atributos desagradables, fruto del instinto de supervivencia. Por ejemplo un gilipollas que no sea un pelota, es un gilipollas mediocre, gris, del montón. Ser zalamero es condición indispensable para la prosperidad. Ese estado de permanente alerta ante la amenaza de las personas inteligentes, o de otros gilipollas más depurados, convierte al gilipollas en mezquino. Pero un mezquino al que se quiere.

El buen gilipollas es incapaz de pensar algo diferente a lo que inmensa mayoría piensa en público. Ojo, que el personal tiene una opinión que transmite públicamente, y que pocas veces se corresponde con lo que piensa en realidad, pero que por unos u otros intereses, considera a bien comunicar, ofrecer esa imagen a la comunidad. Aquello del “yo no soy racista, soy ordenado“. Bien, pues el gilipollas se cree esa vertiente, y la asimila con naturalidad hasta asumirla como propia.

El gilipollas tiene, además, la capacidad de rendir culto a determinados atributos de estatus como despachos, coches, bonus, trajes, corbatas, alfileres de corbatas, cajas para alfileres de corbatas, cajones para las cajas para alfileres de corbata, y un largo etcétera. Para lograr llegar la ítaca del Mercedes SLK Kompressor, la secretaria follable, y la tarjeta oro en la tienda del club de golf… el gilipollas vende a su madre la envuelve en celofán y le pone un lacito.

A los gilipollas les insuflan de vida desde las grandes empresas. Al gilipollas se le premia, se le asciende, se lo quitan de en medio, pero siempre hacia arriba. “¿A quién se la chupará?“, “¿De quién será hijo?” se rumorea por los pasillos a su espalda. Al gilipollas le da igual, porque con sobrevivir le da. Y los gilipollas trufan las grandes empresas de todos los países. Las que se pueden permitir dedicar un margen de los ingresos a cubrir costes en gilipollas. Y su devenir, el de las grandes empresas, se marca en función del equilibrio entre válidos y gilipollas dentro de las mismas. Si un gilipollas llega a una cota de poder excesiva, la empresa corre serio peligro.

Pero tranquilos, que sobreviven y se les estima. Hagan un ejercicio: entren en LinkdIn. Busquen a las cinco personas más gilipollas con las que han trabajado. De las cinco, todas estarán currando, y cuatro de ellas con un puesto escrito en inglés, que viste más, no vaya a ser que el director de Recursos Humanos de la Coca Cola visite su perfil y se crea que no sabe idiomas. Una vez que lo hayan comprobado vayan a su cocina, echen un vaso de orujo de hierbas, y brinden conmigo.

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  1. Sin olvidar que son los gilipollas los que quitan y ponen gobiernos… Lo peor de los gilipollas es que salpican, porque siempre una gilipollez es generadora de más gilipolleces, y así nos luce el pelo…