in mis cosas

Vuelo 707

(*Este post pertenece a la selección propia “Los mejores post del viejo blog“, en la que recopilo aquellos artículos del blog anterior a los que, por una u otra razón, me apetece rescatar. “Vuelo 707” fue publicado el 6 de febrero de 2009?)

La dejé en la esquina de aquella calle, de aquella ciudad, de aquel país, de aquel lugar del mundo. Sabía perfectamente que sería la última vez que nos viéramos. Ella no, y por eso me metió en la cartera una sonrisa de las que repartía cada penúltima vez. Soy de ésos que usan cartera, de piel. Me la regalaron en aquella cena de empresa. Un regalo estándar que no hizo ilusión a nadie. Cartera para ellos, set de maquillaje para ellas. Yo me la guardé fingiendo desilusión y, desde entonces, reúno mis tarjetas, en junta de accionistas, en éste salón de plenos de piel falsa.

Atravesé con paso apresurado y sin sentido  la ciudad que escupía sudor mientras inclina todas las calles en mi contra, y lanza cascadas de grados desde las alcantarillas. El aeropuerto no está ni cerca ni lejos de la esquina en que la dejé. No me apeteció un taxi, no me gustan sus colores, y tenía que bajar el brownie que comí sin ganas, que comí por comer, que comí por darle un ridículo gusto a ella. Y tampoco falta tanto, aunque tras cada cruce creía que sí. Con los pies cocidos y comprobando cada costura de los zapatos, noté, como tantas veces, que el interior del calzado es lo más importante del mundo, pero que no nos damos cuenta.

Deberían respetar mis gustos, como yo respeto los de Pedro Jota, quiero decir que si no cojo un taxi por puro dolor cromático, tampoco me gusta encontrar ese enjambre de taxistas enganchados a sus coches por los sobacos, pero es lo que tienen los aeropuertos. Entré en la maraña, pasé todos lo filtros, incluso los magnéticos, los policías me hicieron gestos de aprobación a mi pasada. Pero gilipollas… ¡No véis que la acabo de abandonar como a un perro, que luego se lo diré con distancia de por medio, y soy todo un psicópata, además de cobarde! ¡Deberíais detenerme inútiles de mierda!

Al subir al avión, el sentimiento de culpa ya era un tipo más gordo y feo que el calor, y atormentó el paseo hasta el vuelo 707. Allí me esperaban todos. Todos los desconocidos con los que volvía a casa, con los que completaba la huída. El criminal siempre tiene cómplices. Algunos voluntarios y otros que lo son menos. Todos hemos hablado con asesinos, hemos charlado con maltratadores, o nos hemos dado abrazos con pederastas, o ladrones. Al firmar la hipoteca, sin ir más lejos. Pues yo convertía a todos aquellos señores y señoras, niños y niñas, en actores del teatro que suponía mi vuelta al mundo de los presuntos inocentes.

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