in mis cosas

Heroin

(*Este post pertenece a la selección propia “Los mejores post del viejo blog“, en la que recopilo aquellos artículos del blog anterior a los que, por una u otra razón, me apetece rescatar. “Heroin” fue publicado el 23 de febrero de 2010?)

He sido un yonki toda mi vida y lo sigo siendo. Me he metido de todo. Aunque salga de crisis existenciales como la que he pasado, en la que buscaba un trabajo y he acabado encontrando un camino. Como el de Escrivá, pero de buen rollo. Todo empezó con los paraguas de chocolate. Esos pirulís de cacao, envueltos en un curioso y brillante papel de colores liso, como la falda de una consejera de cultura. Seguí mi historial delictivo pegando pequeños atracos a los tubos de leche condensada de la nevera de mi abuela. Empezó siendo uno cada mañana. Luego pasé a dos, o tres, hasta que se me fue de las manos.

La adicción más importante y prolongada en el tiempo, ha sido a las galletas Príncipe. Con leche fría o, preferentemente, caliente. Meterlas en la taza y dejar que se reblandezca la dorada galleta, para disfrutar de un bocado con mezcla de texturas: una dehaciéndose (la galleta) y otra todavía dura e igual de sabrosa (la crema de cacao). Cuatro es la medida que nos daba mamá. Cuando te independizas la cantidad se dispara. He tenido recaídas chungas en las que me comía medio kilo al día. Medio kilo.

Porque la gran adicción, como la gran amante, ofrece muchas posibilidades, el concepto galleta rellena de chocolate vivió una expansión con la llegada de las marcas blancas y fue Hacendado quien primero dió en la diana de los adictos: galletas menos sabrosas, ya que carecen de un baño que las dore, pero de enormes proporciones. De hecho el tamaño es el perfecto para que se encajen en la boca de la taza, y la galleta se vaya impregnando de leche mientras puedes hacer cualquier otra cosa.

Después de desintoxicarme de Risketos, galletas Digestive con Nesquik, miel de la Alcarria, o desengancharme de los Soletes,  he recaído en uno de mis grandes vicios: se llaman Golden y se apellidan Grahams. Podría comer cientos de miles de millones de unidades de esos pequeños hijosdeputa, picoteando de la caja. Así, a poquito, mientras escribo, mientras veo la tele, mientras diseño el nuevo coche de Fernando Alonso. Me voy a la puerta. Esperaré que lleguen los de Callejeros.

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