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Hitler. El que más bebe y menos mea

(*Este post pertenece a la selección propia “Los mejores post del viejo blog“, en la que recopilo aquellos artículos del blog anterior a los que, por una u otra razón, me apetece rescatar. “Hitler. El que más bebe y menos mea” fue publicado el 24 de septiembre de 2009?)

“El gobierno del espectáculo, que ostenta actualmente todos los medios desde falsificar el conjunto tanto de la producción como de la percepción, es dueño absoluto de los recuerdos, así como es dueño incontrolado de los proyectos que forman el porvenir más lejano. Reina solo en todas partes: ejecuta sus juicios sumarios.”

Guy Debord, Comentarios sobre la sociedad del espectáculo (Gracias Moro)

Günter Grass contó en Im Krebsgang, cómo los rusos (los buenos) hundieron con un par de torpedos un barco con nuevemil niños y refugiados alemanes (los malos) en 1945. Le llamaron nazi, con un Nóbel bajo el brazo. No es muy conocido, que en USA (los superbuenos) también hubo campos de concentración, donde recluyeron, torturaron, y aniquilaron, a miles de personas, o que algunas islas del Pafífico están repletas de cuevas donde quemaban vivos a los japoneses (los malos. Sobretodo los de HiroshimaNagasaki, que debían ser horribles personas). Una guerra es una guerra, y punto.

Es sabido que los ganadores escriben la Historia y, lo que es peor, deforman el lenguaje adaptándolo a las necesidades de cada momento, como si se tratara de vulgares feriantes. Es decir que para nosotros, lo que los alemanes hicieron con los judíos fue un genocidio, pero lo que USA hizo con los japoneses fueron, o bien acciones de guerra (lanzar dos bombas atómicas, arrasar Tokio…), o bien acciones a prisioneros de guerra.

De este modo, la Historia se cuenta del siguiente modo: Hitler fue un loco asesino que ganó las elecciones, y luego con unos señores raros, asesinos y malos, quiso aniquilar a un pueblo (errante, al que habrá que darles un terruño, en un momento dado), que se imponía al pueblo alemán para lanzarle a la locura de la guerra, sólo por salir al mar. Afortunadamente (musiquita) los americanos vinieron a ayudar a los inocentes franceses (lo de Alsacia fue unquítame allá esas pajas), y al honorable y resistente Reino Unido.

El sistema nazi era, primordialmente un sistema tiránico por parte de lo económico (el capital, pero lo omito por no parecer un desfasao pegacarteles), que busca exactamente lo mismo que el neoliberalismo, con unos métodos bien parecidos (el beneficio prima, la guerra como fuente de reactivación económica, las minorías como enemigos, racismo marcado por diferencias económicas -esto es, color de piel-, violencia, superioridad de la raza dominante…) y, aunque se diferencian porque el neoliberalismo respeta las libertades individuales, la realidad tiende a igualar ambos modelos: con los gobiernos neoliberales, desde Thatcher hasta Bush, pasando por Nike, Microsoft o Shell, se ha percutido en dos direcciones: la invisibilidad y el engaño.

Por invisibilidad me refiero a que la libertad se resume en BurguerMcDonnaldsEl País, o El Mundo, en qué hacer con el sueldo, en decisiones nada molestas para el sistema, inocuas, vulgares, secundarias, con cuya toma, reforzamos al propio sistema, en tanto que lo aceptamos. Cualquier decisión que pueda plantearse un cambio de las cosas, cae en un reducto de lo cómico o esperpéntico, apaleado por los medios, políticos, y demás bienpensantes. La alternativa es invisible. El ejemplo más claro es que cuando han caído bancos, aseguradoras, y el sistema económico se ha venido a pique, la capacidad para generar alternativas es tan débil, está tan desactivada, que no ha existido alternativa alguna. La gran solución ha sido: (redoble) esperar a que todo pase.

Por engaño me refiero a que no se puede ser liberal de cintura para arriba, y no serlo de cintura para abajo. La doctrina económica liberal es difícilmente creíble si se acompaña de un pensamiento moral reaccionario y trasnochado. La libertad y la igualdad son faros a los que nunca llega ningún barco. Todos sabemos que al despertar del sueño americano, los negros tienen sus barrios, los inmigrantes los suyos, los blancos otros, y los superblancos sus privadísimos barrios. Hasta en España sucede. Cuando hablan del nazismo, nos enseñan lo importante que fue la publicidad, en control de las mentes y anhelos de los ciudadanos… omito comparación, por obvia. Desde que el mundo neoliberal campa a sus anchas, y se acabó la Historia (como dijo el hijoputa de Fukuyama), vemos torturas en campos de concentración, nos quitan el champú en los aeropuertos, aguantamos las historias de la hija de Belén Esteban, o llevamos un móvil con GPS que localiza en qué water cagamos a cada instante y, aquí viene la lección magistral amigos, no sólo lo hemos elegido nosotros, sino que nos sentimos afortunados por ello.

Es por todas estas cosas, y por otras muchas más, por las que la figura del fürer me hace mucha gracia. Lo juro, me da risa, me parece tan cómico como el traje de ejecutivo de Leo Bassi. Así me me voy a encerrar este finde, y a darle forma al cortometraje sobre Hitler, homenajeando a El Guateque. Será un descojono.

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