in mis cosas

L.P.

El primer cedé que compré con mi propio dinero fue “Be here now” el tercer largo de Oasis. Llegué tarde, la puntilla de su carrera. Lo quemé. El segundo fue “Elengantly wasted” de INXS. El tercero el “Marchin´s already” de Ocean Colour Scene. Hoy tengo mil cedés y casi dosmil largos en un disco duro portátil. Hace tiempo que no compro un disco… ¡El último fue en Barcelona, en una tienda genial de la calle Tallers: Discos Castelló! Es la edición en vinilo del “Harvest” de Neil Young.

Las desavenencias matemáticas entre lo que debo y lo que me gustaría gastar, han hecho que el puto sonido de mierda del mp3 me sirva como mal menor. El cedé son combinaciones binarias de ceros y unos en matrices perfectas que hacen que el sonido llegue codificado exáctamente igual de una vez a otra. El mp3 es una versión del cedé pasada por una derivada que comprime la información y dificulta su desarrollo y salida, amén de destrozar el sonido.

Y luego está el vinilo. Siempre seré fan. Lo primero por puro fetichismo, lo segundo por tener la sensación de llevar sobre mis hombros una parcela de responsabilidad en la transmisión del saber de la música popular hasta la próxima generación, y lo tercero porque es el mejor reproductor de sonido jamás inventado, si pensamos que la música es algo humano para los humanos. Cada escucha suena diferente, la grabación es física. El doble blanco de los Beatles, no suena en un cedé ni una décima parte de cómo lo hace en vinilo… en fin.

El caso es que además de ser tratado como alcalde de Darfur, cosa que sólo me molesta con la boca pequeña, ahora también tengo sueños de alcalde de Darfur. Casi nunca recuerdo lo que sueño, se lo dije cuando soñé con jugar de base en Phoenix, pero he vuelto a recordarlo, y me tiene en vilo desde las cinco y media de la mañana que me he levantado: he soñado que compraba un disco.

Así es amigos, he soñado que entraba en Discoteca, una tienda de discos de Gijón, donde me recibía un tipo ciberpunk a lo Jay Jay Johanson. El sueño era en tercera persona, osea yo me veía revolviendo en el sótano de la tienda, que es donde tienen los vinilos, con la perspectiva de una cámara de sguridad. Ojeaba los singles de vinilo apilados que, casi siempre provienen de las radios comerciales, abandonados a sus suertes cuando llegó el láser, y son temas de Serrat, Víctor Manuel, boleros, copla, merengue y demás puta mierda. Pero en éste caso vi unos cuantos que me molaron, en concreto uno de Sonic Youth -que tengo en casa, por cierto, se ve que me sobra la pasta en el sueño-, otro de Australian Blonde (será porque espero que Fran Nixon saque el suyo en solitario), y otro de the Bongolians (creo que porque tengo en la cabeza ir al concierto de Big Boss Man, y The Bongolians son la mitad de los componentes de los Big).

Y cuando los tenía bajo el brazo vi la joya de la corona:el “Sam´s Town” de The Killers, edición vinilo. Pocos grupos me han obsesionado tanto últimamente. Tienen una corta trayectoria, lo que les da margen para cagarla, pero llevan camino de inscribir su nombre con letras de oro en la historia de la música pop. No es que vayan por delante, la condición postmoderna impone que ya nadie va por delante. Pero son jodidamente brillantes, y sus videoclips son mundiales. Allí tenía el segundo L.P. de la banda, en su plastiquito brillante, edición de 180 gramos. De repente echo mano al bolsillo y veo que sólo tengo pasta o para los singles o para los Killers. El eterno dilema económico de los cañones y la mantequilla a 45 revoluciones por minuto.

Y me desperté. Y ahora.

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