in política

Mentiras

“Hace falta trabajar más. Las empresas alemanas a veces han optado por trabajar más horas manteniendo sueldos, y muchas se salvaron. Hay que trabajar más en todos los sectores, público y privado”

María Dolores de Cospedal

Quede claro que la productividad es la relación entre la producción obtenida por un sistema productivo y los recursos utilizados para obtener dicha producción. También puede ser definida como la relación entre los resultados y el tiempo utilizado para obtenerlos: cuanto menor sea el tiempo que lleve obtener el resultado deseado, más productivo es el sistema. El aumento de la productividad hace, por tanto, que se necesiten menos recursos para producir lo mismo. Para no andar con demasiado rodeo les avanzo la conclusión: la productividad genera desempleo.

Pienso en argumentos de desalmados como el presidente de Mercadona, que pone como ejemplo de esfuerzo a los bazares chinos, esos establecimientos que llevan años saltándose a la torera controles de sanidad -productos caducados y almacenados de manera, digamos, poco higiénica-, y horarios de cierres. De sol a sol los 365 días del año. Encomiable. Deberíamos recuperar aquí la figura del esclavo como trabajador que garantiza un esfuerzo. Olvidémonos de los zánganos de las ocho horas con ¡Veintitrés días laborales de vacaciones pagadas!, ¡Qué locura! Esclavos a nuestra disposición por la manutención.

Volvamos a las palabras de Cospedal, porque no acabo de entenderlas. En Alemania los comités de empresa tienen poder de decisión en aspectos que en España son mucho más exclusivos del empresario, como jornada laboral, organización del trabajo, rendimiento y salarios. Los alemanes, según el último informe de la OCDE, trabajan un total de siete horas y 25 minutos al día, los franceses un minuto más, mientras que los españoles llegan casi a las ocho horas diarias. Esto en cuanto al número de horas, pero centrémonos en la productividad (la cantidad de producto por trabajador):

Esto son datos de la OCDE, y en ellos podemos apreciar que el trabajador español, es tan productivo como un holandés, sueco, o finlandés, ¡Y más productivo que un alemán, o japonés! De nuevo, el problema no está en la productividad. Los trabajadores quieren tener trabajo, y los empresarios reducir costes, y entre medias, seguimos inventando el discurso. Ojo que la estadística habla de productividad por trabajador, que no por horas. Del gráfico deducimos que, si el trabajador alemán emplea menos minutos para sacar ese producto (muy pocos menos), el alemán es más productivo cada hora. Parece evidente que por trabajar más horas no seremos más productivos por hora.

Como bien deducen, si trabajamos más horas seremos más productivos por trabajador, pero igual para ese viaje no necesitábamos estas alforjas. Un niño chino, en su taller sin ventilación, trabajando veinte horas en la manufactura de cincuenta jeans de Calvin Klein parece bastante más productivo de lo que podamos llegar a ser en España. A no ser que horarios, edad, o condiciones, hagan que en nuestro país seamos igual de “competitivos” y volvamos una generación atrás a debutar en el mundo laboral con trece años.

Según los propios informes de la OCDE, España exporta un 15% menos que la media de la UE, y Alemania un 10% más, esto es, existe una diferencia a la hora de “colocar el producto”, de casi 25 puntos, como para andar comparando, digo. Alemania exporta tanto porque puso coto a su mercado: exportar era su gran potencial, así que cuando se eliminaron las fronteras de la UE, subvencionó industrias de países periféricos, como el nuestro, por el interés de vender sus productos, atractivos para nosotros, con los cero euros de tasas en las transacciones internacionales. Tampoco conviene olvidar que, según los sindicatos alemanes, los germanos tienen un millón de parados que no computan en las estadísticas.

Si partimos de una definición de la productividad diferente, como la capacidad de producir más satisfactores (sean bienes o servicios) con menos recursos, me cabe pensar en el efecto, esto es, en la diferencia entre producir más satisfacciones, y la “sensación” de que se producen más satisfacciones. Cuando estaba en la radio, tenía una especie de compañero que, aprovechando que el jefe no se pasaba por la emisora por las tardes, él tampoco lo hacía. Nunca excepto una tarde a la semana, en la que aprovechaba para llamar al jefe por tal o cual motivo. Para mi jefe, aquel trabajador era como el resto. Otro ejemplo: la campaña de precios de Metro de Madrid. Un mismo producto, un mismo precio, y una misma campaña de comunicación. Habrá quien piense que el de Madrid es el metro más barato de Europa -quien, por tanto perciba una alta productividad-, habrá quien lo compare con los salarios, y crea que es el más caro.

Precisamente lo que ha cambiado en el famoso “modelo alemán” es la redistribución de las cargas de trabajo, osea, que más gente, en virtud a horarios más reducidos, producen lo mismo, tienen poco paro, menor productividad, e igual calidad para exportar, pese a la caída de la demanda externa. A pesar de los números, sus trabajadores también han visto mermadas sus condiciones. No parece dificil deducir que medidas como aumentar la jornada, o realizar “trabajos comunitarios voluntarios” ahonda el problema del desempleo.

Volviendo a España, y según un estudio de Ramstad en 2011, los empleados sin estudios los que menos han aumentado su productividad, un 36%. Sin embargo, el 52,46% de éstos ha sido los que más horas han permanecido en su puesto por miedo a perder su empleo. Entramos en el terreno de la imagen, del “saber venderse”, de la diferencia entre unos jeans manufacturados en China, y unos jeans manufacturados en China con la etiqueta de Calvin Klein. Ciento veinte euros. Los de Calvin Klein producen más satisfacción porque su departamento de marketing se ha encargado de que les atribuyamos valores que, en realidad, no tienen. Y estamos a vueltas con la economía ficticia.

El primer problema es que nos encontramos ante una realidad bastante compleja, gestionada por personas que aprovechan la ignorancia para hacer y deshacer, con unos objetivos que muy pocas veces son comunes, con una responsabilidad histórica invisible, y con una ética a la altura del suelo. El otro problema real es que somos demasiado pobres para mantener un ritmo de consumo que haga crecer a la economía, y demasiado ricos como para mantener unos costes que hagan crecer la economía, es decir, que tomemos partido por este mundo polarizado: o pobres muy pobres, o ricos muy ricos.

Share

Write a Comment

Comment

  1. Vamos a tener que ir pensando seriamente en le decrecimiento como forma de desarrollo humano, no sé si económico.