in mis cosas

Mino, Celia, Antonio

Que el transporte público es horrible ese día, es una afirmación perfectamente aplicable a cualquiera del año, pero en nochebuena parece una frase hecha a medida. El colmo del viaje horripilante es que te toque algún tipo desagradable sentado frente a tí. Si bien no es especialmente desagradable, sí es inquietante y comprometido sentarte frente a tí mismo, que es lo que sucedió. Como en El libro de arena de Borges, pero en versión cutre, mi yo de hace cinco años estaba frente a mí leyendo algo (por aquella época estaría con Milán Kundera, empezando a descubrir a Mankell, o con algún acercamiento a Warhol, me daba por ahí).

Volver a casa de mis padres siempre supone un ajuste de cuentas personal e implacable y, oyendo a la máquina canturrear parada tras parada, me apeteció hablar con el chaval. Decirle que sea inteligente, que aparque el ego y las prisas. Pero justo cuando estoy a punto de hablarle y meterle una buena chapa de tipoqueestádevueltadetodo, me da por pensar -que es una actividad que, bien regulada, puede llegar a ser más positiva que un vaso de vino en las comidas- que quién carajo soy yo. Y no pretendo causar un cisma filosófico, porque sé que yo soy yo, y fuí él. Me refiero a que, sin ese chaval, ahora no sería éste otro que me creo que soy. Y lo que es peor, que puede que tres asientos más atrás esté sentado mi yo de dentro de veinte o treinta años, y no quiero comerme chapas de nadie.

Guadalajara es una ciudad rodeada por un cristal. Es un bolanieve. Puedes agitarla mientras todo el mundo sepa que la nieve va a volver al suelo. Cada copo tiene nombre, apellidos, y función específica. Como todo bolanieve, es muy difícil saber si alguien lo ha agitado o no desde la última vez que lo viste. Ese cristal es transparente, pero está en la mente de todos su habitantes. Es una presencia tan enorme, casi una deidad a la que se rinde pleitesía con oraciones como “se vive muy bien, la ciudad es muy tranquila”. Siempre imagino que quien dice eso anhela su propia muerte, los cementerios le deben parecer un destino magnífico.

Tomar un vermú con la nueva/vieja guardia es genial de todos modos. Periodistas que tienen una pata en la vocación, en la necesidad de contar cosas, contrastar, informar y hacer bien su trabajo, y la otra en la nueva versión de la profesión: la del servilismo incosciente, la de la redacción y el mail, la del cortar y pegar, la de tomar partido del lado equivocado. Sus dudas y, de algún modo su zozobra, es la que me hace creer en ellos. Ser valiente no es exigible, es una cuestión de ego y no juzgo sus actitudes porque sería un snob imbécil.

Sus empresas y directivos son otra cosa, pero recibirán su merecido. He visto la misma mentalidad cutre en una oficina cochambrosa donde un constructor me obligaba a hacer un programa para marujas, despido en mano, y en los despachos de TVE o Telemadrid. La realidad les va a pasar por la derecha, y el acelerador sólo lo van a pisar quienes tienen dudas. Benditas dudas.

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  1. ¡Qué le voy a hacer! Los de provincias somos así. Pero que no me quiten mi Vigo. Es mi brújula cuando estoy perdido. Es que te prodigas poco. Y de repente, un extraño. Y vuelta a empezar. Y los mismos comentarios panolis de siempre. Tu, tan astuto. Yo, tan acomodadizo. Proyectos de otra galaxia en el zurrón. Envidias, nostalgias. Pergeñando un mundo mejor que éste. Laura dice que eres… sorprendente. Y todo en hora y media. Y te vas. Y nos dejas. No será hasta dentro de otros 2.000 años. ¡Qué asco de vida ésta! Me has convencido. Me hare un facebook. ¿Cómo empiezo?