Bertín Osborne

in mis cosas

Nuestra falsa postguerra

Ya se acaban estas fechas de ilusión y magia en la que los comerciantes nos cuentan una película con la que estamos contentísimos. Cuando era pequeño había pequeños debates sobre el monumento al consumismo que era la Navidad -en un colegio Marista, ojo-, pero es que cuando yo era pequeño pasaban cosas muy raras.

Nunca hice bailar bien una peonza. Las peonzas valían sesenta pelas, eran de madera y no era fácil hacerlas bailar. Luego le pillabas el truco, pero yo era impaciente y cuando llegaba el truco yo ya no estaba. Hoy las peonzas tienen un mecanismo por el que bailan solas. Me parece una metáfora generacional muy chula. Son peonzas que tiras borracho desde un caballo rampante sobre el agua, y bailan. Dentro llevan una especie de rotor que hace pequeños contrapesos y convierte a esas peonzas de colores chillones en garantía de éxito. Los niños de hoy no toleran el fracaso porque todo ha sido un “sí”, y una peonza de madera mal azotada, que yace muerta en el asfalto, es una dosis de fracaso.

Nuestros padres hablaban con otros padres y justificaban tal o cual compra en “darnos lo que la generación de la postguerra no les había dado a ellos”.  Ahora mi generación empieza con la cantinela de dar lo que ellos no tuvieron y desearon, como por ejemplo el catálogo entero del toisarás. Dentro de poco veré quintos míos justificando la compra de iPads a preescolares en base a lo mal que lo pasamos de pequeños, con nuestros balones hechos de tela, y nuestro arroz de cartilla de racionamiento. La Nocilla será pobre y progre.

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