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Nunca se disculpa

El problema es que en el mundo pasa todo a la vez y todo el rato, y los artículos que caben en un periódico, como los post que podría albergar internet en su inmensidad, son finitos. Imaginen todas las acciones que se desarrollan en el mundo en un sólo minuto. Las historias, interacciones, decisiones, movimientos, fenómenos que se podrían narrar, no acabarían nunca de ser redactados. Ni aunque viviéramos hasta el infinito. Por eso la actualidad se ciñe a unas personas que, por diferentes motivos, llamamos “protagonistas”. Digamos que los productos informativos se ciñen a una especie de “realidad representativa”. El cotarro está en cómo, cuándo, y quién decide sobre qué parte de la realidad vamos a poner el foco.

Odio que las personas que recuerdan mi nombre se dirijan a mi llamándome campeón. Qué pasa, campeón. Cómo te va, campeón. Sólo por eso odiaría que se abriera un caso en el que me investigaran, que se llamase “Campeón“. En esas está el ex ministro Pepe Blanco. No sé si saben que ayer El País publicó que todo se basa en una mentira, que la juez instructora ha extraído de la investigación y que, por tanto, no existe el cohecho por el que imputaban al entrañable Pepiño. Si leen ustedes El Mundo, La Razón, o ABC, no lo sabrán, porque para ellos, es culpable. Uno de esos periódicos, dirigido por un tipo de reconocido prestigio, sigue defendiendo que ETA estuvo tras la matanza del once de marzo. Dan igual las sentencias e investigaciones.

Tras los atentados de las Torres Gemelas -cuya autoría era palestina, según la narración en directo de Matías Prats (no busquen el vídeo en Youtube)-, se sucedieron una serie de políticas, restrictivas internas y ofensivas externas, difícilmente explicables, y para nada razonables. El New York Times, agobiado por la Secretaria de Estado, Condolezza Rice -que ya controlaba la información televisiva a través de CNN, ABC, CBS y NBC-, comenzó con una campaña de justificación de la venganza y la “tolerancia cero”, que pasaban por la invasión de Afganistán primero, e Irak después. El columnista del NY Times, Frank Rich, se quejó abiertamente de las “indicaciones” gubernamentales. la prensa europea, la española por supuesto, fue a rebufo del NY Times.

Cuenta en su libro Enric González cómo desde la redacción en Madrid de El País se le exigía que replicara las informaciones del NY Times, con textos plagados de “según el New York Times…”, “cuenta el NY Times”, “informaciones del NY Times aseguran que…”. Es decir, que hiciera de vocero del periódico con el que la cabecera española tiene suscrito un acuerdo estratégico de colaboración. Este tipo de acuerdos, que marcan la línea editorial de los periódicos, no son nuevos. El ex presidente Aznar, por ejemplo, es consejero del Wall Street Journal o el Times, en definitiva, del grupo de Rupert Murdock, “trabajo” por el que se embolsa unos 200.000 euros anuales.

En aquella época el corresponsal el EE UU para Antena Tres era Ricardo Ortega. Sus informaciones, más allá de la superficie dictada por la prensa norteamericana, amordazada como se mostró, eran incómodas para su canal, Antena Tres Televisión. El accionariado de Antena Tres estaba participado mayoritariamente por Telefónica, empresa privatizada por Aznar, cuya dirección entregó a su compañero de pupitre Juan Villalonga. Aznar presionó para que echaran a Ricardo Ortega. Hace días José María García reconoció en Aznar a un censor capaz de hacer y deshacer en Antena Tres. Ricardo Ortega, con la soga al cuello, harto de las presiones e infravalorado, decidió marcharse -poniendo el dinero de su bolsillo- a cubrir las revueltas de Haití en 2004, con el objetivo de demostrar su valía como corresponsal, y poder así permanecer con su corresponsalía en Nueva York. En Haití, Ricardo encontró la bala que le mató.

Años después, demostrada la barbarie invasiva norteamericana, hartos de recibir cadáveres de jóvenes patriotas, y agotados por la ausencia de pruebas destructivas masivas, el New York Times se disculpó ante sus lectores por la posición tomada tras los atentados del Word Trade Center. Supongo que sirve de poco, pero es algo. La prensa española no lo hizo. La prensa española nunca se disculpa. Dispara y, si acierta bien, y si no el tiempo lo curará todo. La política del “no remover las cosas” que hace que las barbaridades salgan tan baratas.

Tras los atentados de Madrid, Aznar llamó a los directores de los medios. Tenían que publicar que había sido ETA, hablar de terrorismo islámico le ponía en el punto de mira justo antes de unas cómodas elecciones. Todos publicaron la apuesta por los independentistas vascos, excepto la SER. En realidad fue Iñaki Gabilondo quien dijo no. Con tiempo, otra vez el tiempo, El Mundo continúa en sus trece, y el resto dejaron que sus primeras argumentaciones, basadas en la llamada del que era presidente, se fueran desdibujando solas. Hoy Ricardo Ortega está muerto -la investigación sobre su muerte cerrada, con sospechas de autoría por parte del ejército americano, como la de Julio Anguita, o José Couso- e Iñaki Gabilondo, que le reconoce a Jordi Évole nostalgia por la redacción, tiene un videoblog. El problema es que en el mundo pasa todo a la vez y todo el rato. El otro problema es que la prensa española nunca se disculpa.

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