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Padres mundiales

Los estadios de fútbol fueron el único sitio donde tuve un padre.

Juan Villoro

Supongo que sería México. Mi padre me sentaba en el sofá de la casa de mis abuelos y me pedía que mirara aquella tele gigante de dos botones. Ese es Maradona -me decía- tienes que verlo. Lo único que veía era que del lugar del que salían mis dibujos animados, sólo se podía ver color verde, unos señores pequeñitos, y una letra erre banca, que aparecía intermitente desde una esquina cada cierto tiempo.

En el Mundial de Italia yo tenía nueve años, y más historias por imaginar que paciencia para permanecer ante la televisión noventa minutos. De aquella recuerdo las piernas estilizadas de Míchel, pisoteando el honor de Yugoslavia, y a mi padre bostezando. Con el paso del tiempo, revisitando aquellos partidos, entendí el porqué.

Luego vino Estados Unidos. En sólo cuatro años se puede pasar del aburrimiento de ver cómo unos señores corren sobre la hierba a convertirse en el sustituto perfecto del director general de la organización de un Mundial. Me sabía todo. Sedes, balón, horarios, estrellas, caídos de última hora, cruces… Uno madura cuando se da cuenta de que la vida es aquello que orbita alrededor del fútbol. Y cuanto antes lo sepas, mejor. Mi padre era clementista, creo que el único de España. Tuvimos un mal verano entre la adolescencia, Giner y Camarasa.

Ese Mundial de 1994, del que se cumplen veinte años, con su patética mascota y el inútil esfuerzo por introducir el soccer en los States -empecinamientos raros los de los negocios-, tuvo uno de los momentos más épicos en el álbum de Panini, con aquel camerunés Oman Biyik que se me repetía una y otra vez, y aquel otro día en el que me hice con Romario y Mauro Silva en una mano, y fui el niño más feliz de la tierra. En mi época, con doce años, éramos niños.

Ahora el padre soy yo, y vuelvo a la colección. Estoy en el mejor momento: me faltan cien cromos, es perfecto para cambiar. Y espero no hacerlo con Kobe.

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