in mis cosas

Pedaleando

Mi abuelo pertenecía a la última generación de gente antigua. De la que aparecían en casa con cosas raras que habían adquirido por un precio variable en lugares extraños. En ese caso era una bicicleta Orbea roja pequeña y brillante, con una bisagra en la mitad para doblarla y que se pudiera guardar en un espacio mínimo, por la que pagó dos mil pesetas en un garaje. Las ruedas laterales le dieron cierta vida hasta que salimos de Asturias y quedó condenada en un trastero alcarreño, apretujada entre otro puñado de las, entonces modernas, mountan bikes.

La única vez que mi abuelo, de salud complicada, cruzó España para pasar unas navidades, decidió sacarla de aquel trastero y enseñarme a montarla. Me subió a una pequeña colina y, sabiendo lo profético de sus palabras, me dijo que me lanzara, que me caería, pero que en el siguiente intento sabría montarla. Dicho y hecho, pagué con piel el peaje del aprendizaje, y salí lanzado en la segunda bajada, con el corazón alborotado como sólo provoca la sensación de sentir equilibrio por primera vez.

Conocí a Adri en séptimo de EGB. Dieciocho años después Adri y yo seguimos siendo amigos a pesar de las distancias, así que cuando me dijo que quería deshacerse de su bicicleta de carretera no lo dudé. Llevaba muerta de aburrimiento en el garaje desde su comunión, y me decidí a crear algo nuevo, a volver a introducir las dos ruedas en mi vida. Delirios de treintañero. Si han tenido un pasado ciclista y tienen dudas, les animo a ponerse manos a la obra, y sentir que sus manos pueden hacer cosas más allá de la licencia de un programa.

Desmontaje, lija, pintura verde sesentera, nuevas tiras para el manillar, sillín tapizado, nuevo sistema de frenos… En una semana tendré el resultado que mi abuelo no podrá ver, pero Adri sí -espero que le guste- y quién sabe si sobrevivirá para que mi descendencia pueda dar una vuelta sintiendo el aire en la cara. Entre tanto he descubierto Dale Pedales, un freno a contrapedal de la tendencia mayoristas de las grandes superficies, he cruzado el canal hasta llegar a The Old Bycicle Company,  me he acercado a Donosti, a Xixón, he descubierto que no todas las bicis son normales, y he aprovechado las ideas modernas que llegan a piñón fijo rezando a Santa Fixie. Todas las bicicletas tienen una historia que zigzaguea entre la nuestra.

Share

Leave a Reply