in mis cosas

Perdido

Una de las mayores muestras que puede dar un ser humano para demostrar que no es un trendy de mierda, admirador de lo inmediato, es ver el final de Perdidos una semana después del resto de la humanidad. Hay varias cosas que me llaman la atención. La primera es el increíble respeto de los internautas. Me considero enfermizamente conectado a redes sociales, blogs, y otros cachivaches dospuntocero, y nadie reveló en una semana, el final de la serie que marcará una época en la narrativa televisiva. Otra es la incomprensión ante las reacciones de los fans.

Casi todos decían que el final les había defraudado. No sé si será porque son ese tipo de frikis que esperaban que una nave espacial abdujera a los tripulantes de Oceanic, o que todo fuera un videojuego, o que cada pieza ensamblase como si se tratara de un maquiavélico puzzle -hay personajes, e historias, cuyo borroso final darán para meses de interpretaciones-, pero a mí me pareció un final impecable. Si yo hubiera tenido el talento suficiente, y el privilegio de participar de esos guiones y, tras el punto y final, me vienen cuato fanegas palomiteros con la camiseta de inciativa Dharma, a decirme que les he defraudado, rellenaría una gabardina de titadine, y reventaría en el Campus Party.

Perdidos ha resultado ser una novela televisiva colosal. No sólo los guiones han sido fantásticos, sino que todo lo que da tridimensionalidad a una novela, mejora el propio formato literario: las interpretaciones, el lenguaje de la cámara, la banda sonora… Leí hace poco al filósofo Manuel Delgado, observando el paralelismo entre la serie y La Divina Comedia de Dante, así que hoy salí a por el libro. Lo leí en el instituto. Dante y Petrarca fueron un petardazo en el estómago y, por vez primera conectaron tripas y cerebro en una lectura. Después llegó Madamme Bovary a representar el coñazo en la preadolescencia.

Paso por la biblioteca, y allí no tienen nada. En la cuesta de Moyano pretenden sacarme veinticinco pavos por una edición estupenda. Obviamente no me reconocieron (parece increíble, ni en Sigüenza el otro día, ni aquí, pretendo ser el primer famoso venido a menos que todavía no ha sido famoso, pero no lo ponen fácil). Tampoco encontré en la biblioteca nada, repito, nada, de Gay Talesse, maestro de periodistas, y de esa otra cosa que es de Tom Wolfe. Ahora, de Isabel Allende, hasta la partida de nacimiento.

Dice Talese, en el último número de Babelia, que pasa del exceso de información, que ni móvil, ni mail, ni leches. Que las historias buenas perduran y trascienden, y que no le interesa lo efímero, lo último. Igual por eso no ha gustado el final de Perdidos. Porque es una historia que ya se ha contado, y que se contará siempre. Es nuestra historia.

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  1. Desde bien jovencito empecé a pasar un poco de la tele. Es cierto que me arrancaron de sus catódicos brazos con los forceps de un ingreso en un colegio en régimen de internado. Allí sólo veíamos la tele los viernes y los sábados por la noche. En aquellos tiempos se estrenaba Kung-Fu serie a la que no presté mucho atención; vamos que me la perdí. Pero, ¿cómo se puede perder lo que nunca se ha poseído? Me parto de risa de la gente -no con la gente- que a toda costa se propone ver cualquier programa de televisión. Me descojono de la gente que permite que ese espejo de los tontos -que no caja tonta- les mediatice la vida. Aplazar citas, renunciar a cosas, luchar por el control del mango a distancia, todo es lícito con tal de no “perderse” una serie televisiva; horripilante, me parece horripilante.
    Y luego a mí me llaman drogadicto porque me gusta ponerme de hachís hasta la coronilla, ¡vamos, no me jodas!

  2. Somos muchos los encantados con el final, pero los frikis locos hacen más ruido.

    Pero si hasta están preguntando por los osos… ¡Hace siglos que se explicó lo de los osos, copón!

  3. No consgui engancharme a la serie pero Delgado es Dios.derian cederle las horas que se dedican a tertulias apocalipticas