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in mis cosas

Por comer

Cuando llegué a Madrid jugaba al fútbol todas las tardes con los manteros. A principios de siglo la gente era muy de comprar en el Metro deuvedés y cedés piratas de Alejandro Sanz y de Scary Movie y cosas así. Las descargas todavía eran cosa de exquisitos con tiempo para pedirle cosas a la mula y esperar a que las barras de tiempo se fueran completando. Los manteros eran senegaleses en su gran mayoría, aunque había nigerianos, cameruneses, namibios y ghaneses. Jugaban bastante mal al fútbol y, al acabar, sentados en la grada junto a sus enormes mochilas llenas de veneno para la SGAE, hablaban de su día a día. El principal dilema era si tenía sentido gastarse el mínimo sueldo diario en maría, o en comida.

Con el paso de los meses todos fueron optando por lo segundo, y el “tercer tiempo” era una merienda comunitaria a base de barras de pan y latas de atún, o de sardinas, del Día. De aquella yo no nadaba en la abundancia, de hecho no tenía muebles y cenaba en el suelo de casa, pero deseaba que los partidos nunca acabaran, que nunca llegara el final de la pachanga, el momento en el que aquellos ojos, que un día se perdieron en la sabana del Sahel, se abrieran sobre un bocadillo.

El mayor impacto en aquella época, lo sufrí paseando una noche de marzo, a eso de las diez. En la plaza de Lavapiés, una veintena de mujeres, fundamentalmente de Europa del este, y también subsaharianas, recibieron el carro de la basura del Carrefour Express. Como si de una coreografía se tratara, tenían definidos sus puestos, desconozco el origen de la jerarquía, y desgranaban en silencio los productos caducados. A toda velocidad pero en absoluto silencio, como si el silencio fuera el último bastión de la dignidad. Había productos que pasaban rechazados de mano en mano. A los tres o cuatro minutos todo acababa hasta la noche siguiente.

Cada vez que veo imágenes de este tipo, siento una especie de bocado en el alma, con una traducción muy física. Como si mi cuerpo se apartara medio metro de mi alma y, aprovechando la separación, alguien se llevara un trozo de ésta. Siempre se arranca a la altura del estómago. De repente un shock me recorre la columna, siento que la temperatura del cuerpo se dispara súbitamente y noto el sudor frío. Es un instante, pero son bocados en el alma perfectamente perceptibles. No sé si el alma existe, pero sé que se puede perder.

Anoche sucedió por segunda vez. La segunda noche que, paseando a Nico, encuentro a una familia compuesta por un matrimonio de cuarenta largos, y la madre de uno de ellos, seleccionando cuidadosamente entre la basura de Hiper Usera, en la calle Labrador esquina Martín de Vargas. Son españoles absolutamente normales. Aparentemente no presentan condicionantes que les haga parecer apestados sociales o, como eran hasta hace un par de años los inmigrantes, seres inferiores. Me pillaron con el alma muy comida ya.

Una de cada cinco personas en España vive bajo el umbral de la pobreza (INE). El 12,7% de los hogares españoles no llega a fin de mes, los ingresos medios anuales cayeron un 2% en 2012, la tasa de pobreza aumenta 3 puntos entre la población en edad de trabajar, y llega al 21%. Uno de cada 4 menores de 16 años es pobre en España. Y un dato muy importante en pleno vuelo rampante del neoliberalismo, en pleno corifeo del “apáñatelas como puedas”: el 40% de los hogares españoles no puede permitirse gastos imprevistos. El 40%.

Mientras, desde los parqués se sigue robando a manos llenas. A manos llenas. Los adalides de la privatización de empresas rentables, piden ahora nacionalizar empresas ruinosas para salvar las inversiones equivocadas. Sin ningún rubor, a cara destapada, con traje y corbata, desde las portadas. No ha bastado con destruir y borrar del mapa a una clase media que siempre ha sido una quimera en España, ahora vamos expoliar a la clase baja. Vamos a hundirla en la miseria. Que se sientan culpables, que no se muevan, que se coman entre ellos.

Oigan, no quiero ver imágenes como las que veo cada noche, necesito que mi alma dure unos cuantos años mas, pero me estoy quedando sin ella, y sé que a sus señorías, los de los gintonics subvencionados, se la suda.

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