in mis cosas

Quemar antes de leer

Pensar que el mero hecho de leer es positivo, es como creer que por fumar un porro, tu cuerpo se dirigirá a la glorieta de Embajadores para que una cunda te lleve a la Rosilla. Siempre me alucinó, desde bien pequeño, esa protección escolar absoluta a quien lleva un libro bajo el brazo, como si trataran de cuidar al alumno potencialmente culto, manteniendo unas óptimas condiciones de temperatura y humedad, hasta que de su madurez germinaran un graduado y un trabajo de teleoperador. Me encantaba que diferenciaran a los libros en “libros de texto”, si iban sobre materias concretas y tenías que gastarte las pelas a principio del curso, y “libros de lectura” si eran narrativa. Como si hubiera libros que no fueran de texto y de lectura. Piensas en ese tipo de cosas, y le vas perdiendo el respeto al mundo adulto.

Cuando crecí, siempre me flipó la gente que lee libros de mierda, porque creo que leer requiere un cierto esfuerzo, y que ese esfuerzo hace que sea un ejercicio más allá de la distracción. La televisión, sin embargo, encajaría perfectamente. Ya que lees, lee algo bueno, ¿No? Y aquí me vienen ustedes con lo de que soy un nazi, que no puedo decir lo que es bueno y lo que no, y tal, pero antes de darme la chapa y empezar con disquisiciones entre la escuela de Chicago y la de Frankfurt, estamos de acuerdo en que hay literatura muy mala. Muy muy mala. Y no me refiero a los folletines de Corín Tellado, ni a los libritos de westerns que intercambian los viejos por cincuenta céntimos, me refiero a César Vidal, por ejemplo. Me refiero a autores cuya mediocridad es indiscutible, y recurrible hasta el alto tribunal de Estrasburgo.

Recuerdo que, con doce o trece años, estaba en la sala de espera de un ambulatorio leyendo El libro de Arena. Se me acercó un señor mayor, y me preguntó si me gustaba Borges, en una escena muy de Amanece que no es poco, y le dije, obviamente que sí, y me dijo que eso era porque yo tenía inquietudes, y yo quise contestarle que cualquier chico de doce o trece años tiene inquietudes, leyera a Borges, o la Don Balón, pero no me salieron las palabras, así que le hice un gesto con la cabeza, poniéndole cara de gilipollas, con lo que se dio por bien contestado. De pequeño se me quedaba la cara de gilipollas muchas veces. Tenía la respuesta treinta segundos más tarde. Siempre hay gente dispuesta a entender que una cara de gilipollas es una buena respuesta.

De un tiempo a esta parte tengo problemas para leer. Digo para leer libros. No tengo tiempo. Estoy todo el puto día leyendo mierdas de internet. O haciendo cosas banales como dormir, comer, escribir esta basura, conducir o trabajar. Pero ya no tengo ese momento en el que puedo leer. Tampoco me puedo sentar en un sofá a escuchar un disco. Una hora. ¿Qué haces? Estoy escuchando un disco. Igual que los años se han llevado de las casas el eco del teléfono fijo, también se han llevado las horas para escuchar discos. Ahora los escuchas limpiando, o cocinando, o por la calle. Leer es, entonces, más jodido. Hay gente que saca tiempo para leer, que los ves en el metro, con su papel de periódico protegiendo los lomos de sus Mary Higgins Clark, de sus Stieg Larsson, de sus Murakamis, y demás libros infantiles. ¿Habéis visto alguna foto de Mary Higgins? Joder, no me extraña que tapen sus contraportadas. Sacan tiempo para leer basura. El metro no huele mal por el sudor de la gente, huele mal por sus libros.

Además que la mala literatura es transversal y se encuentra por igual en el mueble de salón de la señora de su hogar, y en el de la ejecutiva. Como si para la basura siempre hubiera gente y tiempo. Recopilen la basura, léanla este verano y, a la vuelta, después de comentarme lo cortas que han sido sus vacaciones, sigan con el guión vomitivo, y cuéntenme qué mierda han leído, que me importa mucho. Muchísimo.

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