in mis cosas

Sopor prêt à porter

Me largo a ver pijos, a pasear por Serrano como un rey. Me pongo la chaqueta buena y me estiro. Para pasear por la zona noble hay que ir estirado y no regalar ni una sonrisa. Adoro zambullirme entre ellos, mirarles a los ojos y que se sientan cómodos. Me gusta actuar como uno de ellos, pararme a mirar escaparates, que la perra se entretenga con un trozo de panceta frita, que parece que ha brotado de la acera limpia, impoluta. Las cuatro miradas que cruzo con pijas, son cuatro sablazos de frío interés. Si supieran en qué barrio vivo en realidad, se pondrían a cuatro patas.

Los jodidos colores de temporada son los de siempre: vino, gris -tan hortera en realidad- y verde oliva. Los tejidos varían poco porque vuelven los ochenta. Toda la puta vida llevan volviendo los ochenta. Desde el uno de enero de mil novecientos noventa. Trajes cuentamé para los críos, y sólo Kenzo arriesga en los estampados, aunque no demasiado en los cortes. En Armani el aburrimiento es un arte genial y bullicioso, pero veo unos pantalones blancos que no acabo de entender. ¿Se estará rumanizando? ¿Estará dejándose influir por las hordas de europeos del este -bonito eufemismo- que plagan la ciudad con sus camisetas petadas en las que se lee “Amporio Ermani“?. Giorgio tío, eres la última esperanza.

Afortunadamente Loewe vuelve a los clásicos y olvida aquella lamentable moda de bolsos que parecían una especie de lomo de dinosaurio, así como con unos pinchos, o conos, horribles. Algunos ricos talludos no comprenden que unas patillas con el pelo tan largo que hace caracolillos, dan un poco de grima. Al rey se le permite, pero también se le permite reinar, no debería ser un referente. El titular de los escaparates sería “sopor prêt à porter“. Cuando la moda es aburrida, es que está fuera. No digo que haya que disfrazarse de polloleón, como lo que propone la mujer de Pedrojota, pero sí buscarle las vueltas a la mierda de siempre. Cero riesgos, jodida crisis.

A la vuelta me entretengo en la fuente de la felicidad expuesta en la cristalera de Moulin Chocolat, y me llaman la atención dos establecimientos: Harina, en la plaza de Cibeles, y una tienda de mobiliario de la calle Ventura de la Vega, esquina Prado. El primero llama la atención por la localización, excepcional, por los deliciosos aromas que se cuelan por las puertas y, sobretodo, por el ultraminimalismo que impera en el interior: madera vieja pintada de blanco y paredes encaladas y desnudas, simplemente genial. El segundo expone en su interior un ejemplo de buen gusto a base de lámparas modernas descolgadas, sillones entre Le Corbusier y la nueva ola sueca, y prácticas cómodas, con cierto tinte de antigüedad, pero que no transmiten al agobio del mueble exclusivo.

Cuando entro en casa dejo la chaqueta, me achaparro, me hago fan en el facebook del espiscopado, y me dispongo a ver el partido de Champions. Da gusto ver al Barça.

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  1. ja ja ja….siete años estuve trabajando en pleno epicentro del pijerío, ja ja… me ha encantado leer este post!

    Da gusto ver jugar al Barça, aunque últimamente me gusta más que enfoquen al gran Pep!!!! je je ¿será por las alegrías que me ha dado sin conocerme? ja ja ja….

    Un beso. Bea