Canciones para él: “Good vibrations”

Un par de meses antes de que Tara Bown estrellara su deportivo, y la dupla de Liverpool escribiera A day in the life, Lennon y McCartney les habían enviado una carta a Brian Wilson y Mike Love, felicitándoles por su colosal último trabajo. El propio Wilson había exigido que Good Vibrations no estuviera en la alineación inicial del Pet Sounds, decisión que nadie del entorno de los Beach Boys llegaba a comprender. De hecho hacía tiempo que no comprendían casi nada de lo que hacía Wilson, afectado por fuertes crisis nerviosas desde 1964.

La muerte de Charlie es uno de los momentos cumbres en la narrativa de la serie Lost. Es el primer capítulo en el que se emplea un flashforward en lugar de flashbacks, y el momento en que el personaje de Charlie se siente predestinado a apagar el misterioso sistema de bloqueo con el exterior.  La escena arranca con el personaje del músico desfasado entrando en la plataforma El Espejo, e introduciendo la melodía de Good Vibrations, que se utiliza como código en las transmisiones con la misteriosa isla.

Good vibrations se empezó a grabar un 17 de febrero de 1966, y se acabó en septiembre de ese año, tras 90 horas de grabación y 50.000 dólares. Durante la grabación Wilson se acabó comiendo las guitarras y la estructura regular para construir sobre un theremín, un violonchelo, un órgano, una armónica, dos bajos, y una riqueza vocal que representan la vida y el mundo. Horas y horas de grabación en diferentes estudios que acaban ofreciendo un mundo envolvente y cálido por momentos, terrible y casi siniestro en otras ocasiones.

Brian Wilson, sordo del oído derecho y loco como las maracas de Machín, había decidido grabar SMiLE, el gran álbum de su vida, después de escuchar el Rubber Soul de The Beatles. Sería el mejor disco de todos los tiempos. Para ello no dudó en grabar al piano con los pies metidos en un cajón de arena de playa californiana, tirar de chequera, contactar con Phil Spector, o cualquier cosa que se le ocurriera. El talento se acabó derritiendo entre toneladas de LSD y llegó a su límite, emparanoiado por una serie de incendios que asolaron Los Ángeles. Capitol, el sello de los Beach Boys llamaba cada poco para interesarse por el desarrollo de SMiLE y Wilson, que cada vez se sentía más solo, iba quedándose sin argumentos. Un día, en el coche, escuchó Strawberry Fields Forever. Afirmó que ya llegaba tarde, que era eso lo que él quería, y al volver al estudio quemó decenas de cintas del proyecto SMiLE retirándose de la composición durante varias décadas.

En 2004 Brian Wilson aparece de nuevo apoyándose en una formación llamada The Wondermints para grabar SMiLE, volviendo a la primera fila del panorama musical. En 2011 se lanza una caja recopilatoria, The SMiLE Sessions, con material de la grabación original, como por ejemplo 24 pistas de la grabación de Good Vibrations. Si algún día te vas a una isla desierta, hijo, no puedes permitirte no llevarte esta canción.

Y no te pierdas su mejor versión:

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Canciones para él: “A day in the life”

Comeré huevos y lo voy a entender todo. Y lo sé desde hace veinte semanas, que es algo parecido a cinco meses. Cuando te confirman que vas a ser padre lo primero que aprendes es a contar la vida en semanas, que debe ser el principio de ese comprendimiento absoluto al que se llega con la paternidad, o eso me dijeron siempre mis padres. Ahora lo entenderé todo y no podré por mas que rendirme a evidencias que hace poco no me lo parecían tanto. Otros dicen que no voy a dormir, que es algo así como si te compras un Porche y todo el mundo te dice que qué putada, que al principio huele a nuevo. El ser humano nunca deja de sorprenderme y yo a él intento no hacerlo. A poder ser intento no darle ni la hora.

Les voy a contar una de esas ridículas tradiciones privadas que todos tenemos y que esperamos ennoblezca la mano de un biógrafo. Supongo que habrá que pensar en el papel de los biógrafos en tiempos en los que todo sale al aire y nadie tiene interés en profundizar. El caso es que igual que Bárcenas tiene su cita anual con el helioesquí, yo suelo estrenar mis equipos de música con el Sgt. Pepper´s Lonely Hearts Club Band en sus distintos formatos. Me parece que esos aparatos merecen desvirgar su aguja o su lector en tan insignes grabaciones. Es una especie de pacto tácito en el que le digo al aparato de turno que si se porta bien conmigo, yo le voy a recompensar.

A quien le gusta la música sabe que seleccionar música es crucial en la vida. Le pedí salir a mi primera novia con una cinta en cuya confección invertí dos noches y mis primeras tres canas. Si el ritmo es adecuado, si los mensajes tienen sentido exacto, si le gustará el punk… Ahora el reto es mayor: ¿Cuál seria la primera canción que le pondríais a una persona en el principio de sus tiempos? Algunos estudios dicen que los niños son capaces de recordar hasta el año las melodías que ha escuchado mientras estaba en la barriga de su madre. Y yo quiero tener un hijo, no un rencoroso musical. A través del oído, la música actúa poniendo en marcha resonancias vibratorias que activan millones de células cerebrales. Los que hacen este tipo de estudios, dicen que los que más molan son Vivaldi y Mozart, pero claro, haces un estudio, no tienes ni puta idea de música, quieres quedar bien ante la prensa, y sueltas esa mamonada barroca.

El 18 de diciembre de 1966 Tara Browne, el veinteañero heredero del imperio Guinnes, y amigo de Paul, se mataba en un accidente de coche. Se supone que esa fue la motivación que encontró Lennon para arrancar el tema, pero luego todo fue variando, y Paul metió la parte central a su aire. A day in the life fue la última canción que escribieron juntos Lennon y McCartney, y cierra una de las obras claves en la cultura popular del siglo XX. Posteriormente John hablaría despectivamente de la intervención reverberada de McCartney, pero lo cierto es que las 34 horas invertidas en la grabación del tema -orquesta disfrazada incluida- acabó creando una canción maravillosa e inquietante, con la que hemos querido estrenar el oído del pequeño.

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Cuestión de cromosomas

La revista Rolling Stone realiza un ejercicio que aúna el interés de todo aficionado a la música popular y del del público general, que básicamente busca enlazar con lo emocional, publicando un artículo sobre la influencia en nuestros gustos musicales de la música que les gustaba a nuestros padres y que, de alguna u otra manera, nos llegó en la infancia.

Mis años mozos están cosidos por trayectos que atravesaban el país desde Guadalajara hasta Gijón y vivecersa, animado por toda la puta discografía de Mecano, Albano y Romina Power, Alberto Cortez, Perales, y cintas recopilatorias de lo que sonaba en los 40 Principales, con canciones variopintas, hábilmente cortadas antes de que la voz del locutor las pisara. En defensa de mis padres he de decir que en la maletita de las cintas había obras de Luis Cobos, Mocedades, Sergio y Estíbaliz, Eros Ramazotti, y otras lindezas, que muy pocas veces salían a relucir.

En definitiva, cada viaje era una tortura de siete, u ocho horas, con mi hermana taladrando las historias de Eugenio Salvador Dalí, Aire, Laika y sus putos muertos en pepitoria. En casa música la justa. Obviamente en una familia obrera el concepto comprar un disco termina cuando se cumplen los 18, y tener hijos supone cerrar persianas, tanto por lo económico, como por la sensación de misión cumplida para con la Humanidad. Sólo cintas grabadas con discos de la Biblioteca Pública, lo que hoy se conoce como “piratería”, que entonces era lo más normal del mundo.

Pero mi padre tuvo un pasado, antes de perder el juicio y tirar por su veta más lírica (de los Eagles, Kenny Rogers, Engelbert Humperdink, y tal), atendiendo a la primera edición de Operación Triunfo, y todo tipo de personas que hagan gorgoritos. En ese pasado había nombres como Simon & Garfunkel, Supertramp, o Pink Foyd. Y a eso me enganché, a husmear un poco en el brillo de tiempo atrás, a escuchar aquel vinilo, el Animals, aquellos grandes éxitos de S&G con sus melodías redondas, y reconocibles si te educaron en colegio de curas.

Y de hurgar llegas al doble rojo de los Beatles que te encuentras un día tonto por casa, y del grupo que facturó el Animals aparece el The Piper at the Gates of Dawn, y todo cambia para siempre. Porque See Emily Play te produce el mismo destroce neuronal con catorce que con treinta. Qué brillante y qué raro. Entonces despegas y con el esnobismo como combustible descubres muchas cosas, te conviertes en un gilipollas descomunal que no puede hablar de música con nadie, sólo con otros gilipollas que tampoco pueden hablar de música con nadie. Con el paso de los años, retornas todo el rato a clásicos, te das cuenta que el tiempo es limitado para adorar nuevos becerros y ves el cajón de “novedades” con un cierto recelo. Digamos que con 30 escucho un 65% de clásicos, 35% novedades, y las diferencias, por lo que me dijo en su día Fran Nixon, irán in crescendo. De cualquier modo, siempre piensas que tienes razón.

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Viersiones

El título es francamente hostiable, pero mira, es lo que hay. Igual me dan curro de creativo en Telecinco, la revista Cuore, el gabinete de prensa del Gobierno, o algo peor.  Como quiera que Martin Scorsese está a punto de sacar el documental sobre George Harrison, George Harrison, llamado living in the material world, y el décimo aniversario de su muerte está cerca, aprovecho para hurgar en esos versionadores caseros y fans del Youtube. Aquí van mis cinco destacados:

1) El japonés. Algún día haré un especial sobre el concepto japonés-friki, que lleva dando juego desde Humor amarillo, y que rellena reportajes televisivos a cascoporro. Un reportaje sobre frikis no es un documento en condiciones, sin un par de japonesas vestidas de gilipollas, saludando, y riendo a cámara. ¿Se imaginan a un japonés con un libro de Juan Manuel de Prada? Pues eso. Este señor no tiene desperdicio. No sólo por el concepto foto con espumillón navideño, sino por la pericia que demuestra en la edición, y lo barroco de sus efectos visuales, toda una apuesta rebelde en tiempos de minimalismo.

http://www.youtube.com/watch?v=lOYnY5b2Fh0

2. Alan de Silva. Apunten ese nombre porque no es el próximo fichaje colado por Mendes en España (aunque podría), es un covermaker que nos puede dar muchas tardes de gloria. Lo mejor del vídeo son los siete segundos iniciales. El ruidito inquietante, la cara no menos sobrecogedora. Tras superar las dudas sobre si es hembra o varón, si el color de las cejas es teñido, o resite más a los disgustos que el de la cabeza, se casca una versión de My Sweet Lord. Creo que es el paki de un restaurante de Avemaría, con una peluca de la Plaza Mayor en Navidad, pero tengo que confirmarlo.

3. Jake Shimabukuro. Para solaz de los modernos que se van con la mochila a la India, compran vinilos en UFI, y toman el vermú en La Sueca, traigo una versión en ¡Ukelele! Qué moderno ¿verdad?, qué bien, qué expléndido, que instrumento naïf pero capaz de reflejar un sonido único que jamás entenderán los pokeros fans de Pitbull… para los que diseñáis productos e interfaces. Versión muy bien ejecutada -las cosas como son- de While my guitar gently weps. Le sobran los pajaritos y la cascada de fondo eso sí. Estará detrás el Gobierno de Canarias.

4. Ellie Davidson es una chica que toca la guitarra de puta madre, que tiene voz de rockera y ha colgado una versión de Blackbird autograbada en blanco y negro -así, más artística-, pero sólo trescientas visitas. Por lo menos no es una desquilibrada mental, como muchos de los versionan este tema por Youtube. Me mola su toque, porque la gente que versiona Blackbird suele ser muy acaramelada y pastelosa, y esta tipa la canta con una voz agria, y ritmo en la guitarra como para no dar tregua.

http://www.youtube.com/watch?v=tiHJqx846EQ&feature=related

5. Vamos a cerrar con un poco de humor. Un grupete de amigotes que han decidido hacer un vídeo para pasarlo bien. Lo verdaderamente molón son las figuras y actitudes de los coreógrafos y bailarines del fondo. Lo que es la canción… partamos de que me resulta poco creíble ver a un rapero con una guitarra acústica, y que ella se cree que por estar buena también va a cantar bien y será la nueva Beyoncé. Lo malo es que nadie en el grupo -ni el falso rapero, ni los bailarines- tienen pelotas a decirle que canta como un hurón borracho y bañado en uranio empobrecido.

Buen finde.

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Vuelvo a los viernes locos

Esos viernes en los que dejaba versiones caseras de canciones más o menos míticas, que me encontraba por Youtube. Lo cierto es que convertí en un blogger serio y respetable, así que dejé de hacerlo, pero que es el momento de retomarlo: verano, vacaciones, asesinatos en masa en Oslo

Como quiera que ayer Jose y Paula comentaban su periplo por San Francisco, me he levantado hoy con una resaca considerable, y San Francisco (be sure to wear flowers in your hair), de Scott McKenzie, metido en la cabeza, taladrando una y otra vez, otro onehitwonder cualesquiera. Vamos al lío:

1. Versión perpetrada por una señorita ciudadana oriental que canta como una puta rata a punto de ser devorada por la corriente en una tormenta de verano. Diez mil visitas. Y sin enseñar pechamen.

http://www.youtube.com/watch?v=HO3aat0d2L0

2. Segunda versión. En este caso se trata de una chica más monilla, y con más posibilidades de “llegar a artista” (bonito eufemismo). Querida generación de chicas adolescentes que dedica las tardes a cantar delante de un espejo: así no. El rollo gorgorito y retruécanos místicos con la voz es caspa. C-A-S-P-A. La cuestión es que transmitáis algo, aparte de que vuestros cerebros sólo piensan en las rebajas del H&M.

http://www.youtube.com/watch?v=llxZatGcSlg&feature=related

3. El figura de la tercera versión se llama Koesl, y bien podría ser el padre fundador de Ikea. En una especie de motel de carretera del oeste de Wichita, luce sobre la cama un cuadro absurdo, que parece la portada del Greatest Hits de Blur, sin Blur, nos desgarra su guitarra de juguete en una grabación de pésima calidad, pero un alto valor documental. El paso de los minutos lo convierte en doloroso. Ojo con las fotos.

http://www.youtube.com/watch?v=Lt4flyrNRwA

4. Danny McEvoy me mola porque tiene personalidad. Siempre me he preguntado por qué este tipo de autograbadores de covers, que son casi todos, dejan los segundos entre que le dan al rec, y se sientan, en el vídeo final. ¿Por qué no lo cortarán en edición? El cuadro que ha compuesto para tocar, la escenografía casera, es lo que más me gusta: el póster de los Beatles y la minúscula reproducción de El Guernica, nos revela que es un votante demócrata, enrollado, separado, probablemente profesor de Instituto. Y la corbata. Pero la versión me mola, eh! (y a 114 personas más)

5. La versión que mejor rollo me ha dado es la de este tipo que parece un sapo al que se besó, y se quedó así como a medio camino entre humano y el rey de los anfibios. La cosa es que no me mata la versión porque es demasiado parecida a la original, pero mirad el entorno. Podría ser el padre de cualquiera de nosotros. Imaginad que vuestro progenitor, en mitad del salón de su casa, en vez de ver Teledeporte, saca la guitarra y se marca esta canción. Pues eso.

Espero que os haya gustado. Si no, no duermo.

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El ring

(*Este post pertenece a la selección propia “Los mejores post del viejo blog“, en la que recopilo aquellos artículos del blog anterior a los que, por una u otra razón, me apetece rescatar. “El ring” fue publicado el 18 de noviembre de 2008″)

A las siete de la mañana Carles Francino me propulsa de la cama, envolviendo con su dulzura doscientos cincuenta gramos de medias verdades, temperaturas y estados de las carreteras. Me incorporo, me calzo las zapatillas y me pongo la bata de rayas porque cada vez madrugan menos los grados. Mientras se cargan en mi Spectrum los volúmenes de la casa, intento abrir la agenda mental, pero un pequeño quiste me nubla el pensamiento. De repente tengo la sensación de que nunca cambiaré de opinión respecto a nada.

El ruido del microondas calentando el capuccino hace que la habitación parezca el Enterprise y le da un cierto aire de heroicidad al hecho de sentarse. La idea de la supuesta no-evolución no sólo ha cerrado la agenda mental, es que ha dado de beber al bibliotecario cerebral. Me machaca. Siempre presumí de tener 35 años. Desde que con 13 leí La ciudad y los perros, supe que tenía 35 años, y mi afición por la música popular me llevó a pensar que en mi cincuentena natural, seguiría teniendo 35.

Pero hoy esa idea me mata. Es invierno y hasta las ocho y media es de noche. Por la noche la perspectiva no existe, sólo la que te permite la luz de la mirada, que es muy poca, así que cualquier cosa puede volverse obsesión, cualquier problema insalvable y yo estoy demasiado agobiado para esperar a las ocho y media. ¿Y si nunca volviera a variar mi opinión sobre nada? ¿Y si no lo hiciera, no por cabezonería, o pose, sino porque de verdad soy incapaz de variar mis visión sobre algo?

Le he echado cuchillas al café y lo noto a cada trago. Intento fijar la mirada pero no puedo y ni los mordiscos de la perra, empeñada en crear la bata-chaleco para la próxima semana de la moda, me hacen volver a la realidad de mis asfixiantes 35 años. En el terreno de la especulación no hace tanto frío, y asoman muchas cabezas de las que no te puedes fiar. Hago recuento: la Velvet son la polla, y los Beatles intocables, y Brian Wilson, y las comparaciones Beatles-Stones sólo las hacen gilipollas, y quienes llaman Rolling a los Stones no tienen ni puta idea, y los beat molan, pero acaban aburriendo, y Borges imaginó todas las realidades, y la novela negra es más rica que la histórica, y el mejor Elvis es el de Las Vegas, porque demostró que el monstruo come hombres pero sigue cantando, y Woody nunca defrauda, y Chillida ha dicho todo sobre el espacio, pero plagió a los italianos de los cincuenta, y la meritocracia sería mi ideal y…

Nada. Llevo quince años pensando lo mismo. Exactamente. No he movido un ápice. Cada nueva ola es una nueva negación. Cierro cajones que de vez en cuando ordeno, como quien ordena una colección de algo, pero jamás remuevo papeles. Y no tengo pinta de hacerlo. Me siento como el orgulloso coleccionista de mariposas, que una mañana se da cuenta de que tiene el salón lleno de cadáveres.

Miro los periódicos y El Mundo, abro la wikipedia, pero nada. Cojo libros de lectura obligada en el instituto, pero con sólo tocar su lomo, me doy cuenta de que estoy vacunado… no encuentro salida, y queda demasiado para las ocho y media. Socorro.

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Autoconspiración

“No vivimos en tiempo de gigantes: el cibermundo nos ha empequeñecido”

Diego A. Manrique

Se refiere el mejor crítico musical de nuestro país, al éxito de la reedición del Exile on Main Street de los Stones, y cuenta cómo fenómenos como los que comenzaran los Beatles, Stones, en menor medida Pink Floyd, Michael Jackson, Prince o The Police, que implican un impacto mundial de sus obras -las artísticas y las menos-, no se volverán a dar. Al español medio se le puede preguntar por Madonna, pero ya no por Kitty, Daisy and Louis, Vampire Weekend o Manos de topo, grupos capaces de marcar las vidas de unos seguidores con cuyo apoyo en los conciertos podrán vivir bien, pero sin convertirse en los semidioses de antaño.

Tom Yorke, líder de Radiohead, considera que la industria discográfica desaparecerá en los próximos meses. La explosión de canales de información, provocada por el auge y la accesibilidad a Internet, ha conseguido cambiar de raíz el destino de los contenidos. La postmodernidad ha llegado al medio, es decir, ya no nos fiamos de las empresas de la comunicación, o de sus contenidos, hemos apelado a la ironía, a no creernos nada de lo que digan, y nos identificamos con personas, o corrientes, no con una S.A., o multinacional.

Volvemos al siglo XVIII, donde la fama de los artistas se transcribía a lo local -excepto algunas excepciones- con la diferencia de que el componente geográfico ha pasado a la Historia. Lo que parece evidente es que las grandes multis están sin capacidad de movilizarse, conscientes de que, por un lado no podrán reestructurarse a las nuevas formas, y por otro, estas nuevas formas no luchan contra ellos, pasan de sus culos. 

Después de cinco años de carrera, aguantando las teorías conspiranoicas de los punkis del puesto de chucherías, resulta que los maquiavélicos directivos de enormes despachos están cayendo por su propio peso. Ni ellos sabían nada.

PD: he conseguido la dirección de los productores de Campamento Flipi. Espero vuestras llamadas.

PD2: Jazzanova me flipan y punto

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Call me

Ayer me llamó mi otro yo. Mi otro yo surgió el quince de abril de mil novecientos noventa y cinco, cuando alguien me preguntó si prefería a los Stones o a los Beatles. Elegí a los Beatles y ví como una especie de figura mía, con una transparencia del 75%, abandonaba mi cuerpo y comenzaba una nueva vida. Supongo que porque eligió a los Stones.

Mi otro yo vive en un apartamento de la 105, esquina con Columbus Ave., al lado de Central Park, en NY. Trabaja haciendo reportajes para la revista del viernes del Times, y colabora con algunos medios españoles -ha publicado en La Vanguardia, o El País-, contando historias sobre cosas curiosas (gente de por allí y todo eso) bastante bien escritos, la verdad. Tuvo un lío con Silvia Uslé, y lleva una vida muy de americano, de amigas con derecho a roce, de sudaderas de algodón grises con capucha, de ver a los Knicks y llamarme para decirme que Nate Robinson es peor que Chichi Creus, y demás.

De vez en cuando se interesa por la vida de mi yo-yo, el abajo firmante. Me llama, y le cuento y me cuenta. Anoche le comí la cabeza con mis comeduras de cabeza. Me dijo que le parecían demasiada personas comiendo demasiadas cabezas, me recomendó valorar las cosas más estúpidas que más me gusten, y estoy en ello. Me dijo que pensara en las cosas que echaría de menos si hubiera elegido a los Stones, que van desde el eco de la voz de Carlos Carnicero, y otros tertulianos de la familia, por toda la casa, hasta el olor del jabón Magno, que me recuerda mi infancia en la aldea, placeres tan proletarios…

Colgué como si hubiera salido de una ducha supercaliente y me pusiera mi sudadera favorita sin nada debajo, y saliera por la calle bien temprano, y me cruzara con dos personas con motivos para saludar, y viera a un niño comprar cromos, y a la gente abriendo las cafeterías, y escuchara una de las canciones favoritas de mi otro yo.

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La ciudad y los perros

Lo malo que tiene vivir con una perra y no con una chica, es que cuando la mandas a paseo, tú tienes que salir con ella. Al sacarla me gusta que ande a mi derecha, porque toda la vida me he acostumbrado a llevar la mano izquierda metida en el bolsillo. Pero de vez en cuando se me cruza, camina delante de mí y me apetece meterle una patada para que aprenda, cosa que no sucederá. Si no le arreo el puntapié, es porque estoy en la calle y la gente me miraría con desprecio, igual que Javi Clemente jugaría con dos porteros si los partidos fueran a puerta cerrada.

Luego se sitúa en la izquierda, y me da mal rollo, me hace sentir incómodo y, cada vez que se para a olisquear, me voy enfadando un poco. Le pego tirones en la correa sin mayor espíritu pedágogico que la venganza ante mi frustración. Cuando un ser humano se siente relativamente frustrado porque su perro pasee por el carril del diez (que diría Manolo Oliveros), es que debe parar, sentarse en un banco, echarse un cigarro, y pensar un poco.

En un mundo en el que todos somos protagonistas de nuestra película, resulta complicado utilizar herramientas de antropólogo para las interacciones cotidianas. Mirar las circunstancias con perspectiva, amén de un signo de inteligencia y, por tanto, de elegancia, supone una beneficiosa visión de las cosas, es decir, a la larga, algo positivo para uno mismo, esto es, egoísta. Ser egoísta no está mal -os lo dice un experto en serlo y justificarse como tal- si se es un gran egoísta. Por el camino hay que granjear afectos y ofrecer porque, como finiquitaron los Beatles, “and in the end, the love you get is equal to the love you give“. De vez en cuando hay que parar, sentarse en un banco, echarse un cigarro, y pensar un poco.

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Espacio exterior

180px-major_tomFue ésta mañana, en una ETT, para teleoperador. Mi voz podría pasar de haber puesto en jaque a toda una comunidad autónoma, a solucionar sus problemas con la facturación de la luz. Es como ver a Ronaldo en el Corinthians. Relleno papeles y me hacen un examen de “cultura general”. Ojo al concepto: cultura general. Cuando me lo extienden, noto cómo se me derrite el tinte negro del pelo. Es un guiño a Los lunes al sol, pero nadie lo pilla en la sala. No es cultura general.

La prueba consta de una primera parte en la que he de corregir ortográficamente un texto tal que así: “La prueva quonsta de una primera parte en la que e de correjir hortograficamente un testo tal que hasi”. La segunda parte es más entretenida: conocer en qué contiente están Praga, San Francisco o Ankara. En el caso de la capital turca, me permití la licencia de no hacer una digresión sobre si deberían entrar o no en la Unión Europea. Me saldría de la generalidad culta. La tercera parte hacía crecer la prueba en intensidad. Una serie de nombres a identificar: Bill Gates, Marie Curie, Rocinante o Benazir Bhuto. ¿Eran los Beatles, no?

La guinda del pastel, la puso la prueba matemática, palabras textuales de la prima en cuestión “tranquilo, son todo reglas de tres. Si tienes móvil con calculadora, lo puedes usar”. Hostias. Ochocientos pavos por seis horas al día. Después de semejante prueba, con las rodillas temblorosas por la tensión, me sentí capacitado para capitanear la próxima misión del Apollo. Mayor Tom, está despedido.

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