La paz

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Dialogar no es más que legitimar la postura del otro. Es un reconocimiento implícito. Sé que es políticamente incorrecto, pero hay veces que dialogar sirve de muy poco. Al contrario, el diálogo puede ser un arma al servicio de una de las partes, adolescente de razón y amante del ruido como perfecto entretenimiento. Lo digo por el argumentario político en los últimos tiempos. Me gustaría conocer la autoría de los titulares, las firmas de los discursos, las plumas que dan vuelo a las mayores barbaridades jamás leídas, para darles un abrazo uno a uno. El hijo de puta que ha comparado las protestas contra los desahucios con los nazis se lleva el primer premio. La actriz es María Dolores, pero podría ser cualquier otra comparsa de ese u otro partido.

El ministro Wert, entre tanto, dice que no se deja entrevistar por Évole, porque hace preguntas-trampa. Reconocerán las preguntas-trampa como aquellas que los departamentos de comunicación de los políticos no han pactado previamente con los medios. Aquellas interesantes. La repregunta se considera la más tramposa de las preguntas, y Wert no puede quedar con el culo al aire como le sucedió a su compañero Jaume Matas, por ejemplo. Évole puede estar tranquilo, el propio Wert es una trampa para sí mismo. Los políticos españoles están haciendo más en su propia contra que el daño que les haría el medio de comunicación más potente del mundo.

El desgaste de las palabras pasa factura, y probablemente sea la mayor corrosión posible para el mantenimiento de los tiempos de paz. No olvidemos que en un mundo plagado de desigualdades crecientes la paz siempre se ejerce en contra de alguien. De los pobres, de los más débiles. Los fuertes se alimentan de gente brillante y siguen acelerando hacia el vacío. Espero conocer a uno de esos redactores políticos. Aunque sea camino al Infierno, a ver a los nazis.

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Salto generacional

Una cosa es que cuando crecemos nos vamos dando cuenta de algunas trampas, y otra muy diferente que asumimos ciertos argumentos como válidos. Cada vez me afeito veo frente al espejo la cara de mi padre, y eso es algo que va más allá de la paranoia por el cambio de dígito en mi DNI, es algo que me pasa desde los 26. Incluso antes, nos sorprendemos diciendo frases que nos han sido dadas por los progenitores, y que jamás hubiéramos imaginado decir.

Dicen La Buena Vida que “con el lento paso del tiempo todo encaja y se comprende, y uno aprende”. No es que sea una cita incunable, pero escuchándolos esta mañana me acordé del concepto padres como “personas que creen que saben lo que es mejor para ti, mejor que tú”. Es evidente que la experiencia aporta conocimiento, conclusiones, pero también lo es que la experiencia hay que crearla y que de otro modo no habríamos salido de las cavernas. Y es ahí donde la retórica de los padres se confunde: el silogismo “si, desde mi madurez y experiencia, sé cuando te equivocas en una cosa, entonces sé siempre cuando te equivocas en todas las cosas”.

Mis padres difícilmente entiendan que su hijo viva de alquiler, por ejemplo. Dan igual los argumentos. Que comprar una casa es más caro, que pagar cuarenta años una hipoteca es igual que pagar un alquiler, que dar diez años de letras al banco es una tontería, o que el concepto de tener un Ferrari equivale, a efectos reales, a conducir un Ferrari. Que además ahorras impuestos, te puedes beneficiar de ayudas, ganas en movilidad en un mundo móvil. Son diatribas estructurales entre una generación que se jubiló en la empresa en la que entró como aprendiz y la nuestra, que firma contratos por horas. Un grupo de edad que entiende poco la volatilidad de las relaciones -laborales, personales, contractuales-, y que viven angustiados el desarraigo del corto plazo y la falta de proyecto en la que nosotros nos hemos acostumbrado a estar.

Sea como fuere, siempre llega el momento en que sabes más que tus padres. Se llama hacerse viejo.

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El blog que no gusta

El otro día un tipo me dijo que mi blog nooo… Que nooo… Que no… me pillaba bien. Lo entendí. No es que sea de un nivel intelectual superior, o esté escrito en castellano antiguo, que para eso ya está Juan Manuel de Prada. Lo que me quería decir era que un día hablo de una cosa y otro de otra, y casi siempre con un criterio regulero.

Ya veo a los listos de los huevos: que si la especialización, que si el posicionamiento… Hay quien no se cree que no tenga pretensiones con el blog. Una cosa es que sea un pretencioso de mierda en mi vida, en mi día a día, en mis conversaciones y acciones, y otra es que afile todas y cada una de las cosas que hago, hacia ese objetivo. No me interesa tener muchas visitas.

El blog es personal, en él cuento lo que me viene en gana, más que nada porque soy incapaz de disciplinarlo, y porque me gusta hablar y compartir cosas que pienso sobre temas variopintos. Si me centro en un tema, contacto con gente de ese sector, establezco relaciones, enlaces, mejoro mi posicionamiento, me convierto en una referencia, Tatá, Mimí, Fofó, Tutú.

Ahora mismo tengo a unas 150 personas que me leen cada día. Ni 1, ni 15 millones. 150 seres vivos, 5 clases de un colegio, que se meten a ver en qué cojones ando. La cuestión es que me gusta tanto encontrarme a gente que le gusta el blog, como a gente a la que no le gusta. Me interesa no generar indiferencia. La única idea con la que posteo es la de no defraudar a aquella persona que pone en Googlesu perfecto caballero británico“, y se encuentra con esta colección de cosas inconexas.

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