Oportunidades

Para cobrar conciencia de la dimensión de lo que está pasando, lo mejor es acudir a El Corte Inglés de Preciados, a las siete de la tarde de un viernes, y observar los enjambres de vendedores charlando, lánguidos, recordando cuando los viernes eran un bullir constante de clientes con la chequera saltarina, dispuestos a comprar más caro por la posibilidad que que te devuelvan el dinero si no estás satisfecho. Supongo que cambiarían el eslogan cuando la satisfacción del español medio se fue complicando. Ahora mismo hay españoles que no están satisfechos con el teatrillo postransición, que no les llega con su familia perfecta en el chalet, con el pastor alemán y el Nissan Qashqai. Qué cojones más querrán. Esa idea destrozó tanto a Isidoro, que comenzó una prospección en provincias, abriendo centros en la búsqueda de potenciales seguidores del sueño que le aupó al estrellato. Pero ayer Preciados estaba vacío, y te servía en bandeja una metáfora en la séptima planta.

La séptima planta de Preciados era Oportunidades, donde podíamos encontrar los saldos, los precios más locos, las gangas. Ahora ya no, ahora las escaleras mecánicas te dejan, como una mano celestial, frente a un stand con un gran letrero que pone “España“, repleto de merchandising, más o menos oficial, de la selección española de fútbol. Dentro del stand, y conocedores de que se hallaban en el epicentro de la metáfora, tres vendedores  separados por medio metro, y la nada. Al llegar, me miran con desesperación, y deseo que la escalera mecánica, por alguna especie de error técnico inexplicable, cambie el sentido de su movimiento, y me saque de allí hacia abajo, cosa que no sucede. Se acerca uno de ellos, con una de esas insignias que parecen medallas de guerra, como si los vendedores de El Corte Inglés se diferenciaran entre los que estuvieron en Vietnam -los del broche-,  y los cobardes que no. Me pregunta que si me puede ayudar en algo. Pues claro. Siempre habrá algo en lo que me pueda ayudar, supongo, pero no le conozco de nada, señor que estuvo en Vietnam. Deberíamos ir a la cafetería del propio centro -la favorita de Miriam-, para conocernos mejor, y saber de qué manera podría aprovechar esa animosa solidaridad. Todo eso lo pienso, pero, en realidad le digo que no, me siento culpable, y busco como un perro las escaleras de bajada, por ese orden.

Al bajar, un calambre me recorrió el espinazo, y el cuerpo se me quedó frío pensando en las escenas que se podrían estar repitiendo en los diferentes centros de la cadena, en provincias, con ese target ahogado por el crédito del adosado que multiplicó su valor, y los cinco millones más para amueblar. En ese momento me encontré a Emidio Tucci. Aunque pensaba que se trataba de un nombre comercial, y que no existía el tal Emidio, que era un invento de un departamento de marketing en los años ochenta, lo reconocí al instante. Como Coco Chanel, Margaret Astor, o Michael Jordan, Emidio Tucci tiene todo un storytelling desarrollado en torno a su nombre pero, al contrario que los anteriores, la suya era una de esas historias que nació de una presentación comercial, y se hizo carne. Me dijo que era italiano, amante del buen gusto, el vino y las mujeres, aunque tenía camisas muy de temporada y muy horribles, y que por poner su nombre las prendas aumentaban veinte pavos de media su precio al cliente final, cosa que me dejó maravillado. Le pedí que me contara la historia de Dustin, al que imaginé emigrante hermano italoamericano, pero Emidio no quiso hablar más, y se desvaneció en la planta de caballero, tras un mostrador de medias ejecutivo. Fue él quien me dijo que había muerto Juan Luis Galiardo.

Galiardo era dos tipos a los que entrevisté dos veces. En la primera yo era un capullo que creía hacer bien las cosas, y él me dio una clase magistral de periodismo desde las respuestas al filo de la navaja. En la segunda yo era un corresponsal de guerra con tendencias suicidas y él interpretó el papel convencional del actor frívolo. Al acabar la entrevista me dijo que mi tendencia autodestructiva era el buen camino, pero quería demostrarme que ni siquiera el bueno era infalible. Que la felicidad no existe y que, como tal, tender hacia ella es orientarse hacia la nada. La nada es una familia perfecta en el chalet, con el pastor alemán y el Nissan Qashqai. Puedo montar un programa de radio para contar que ayer conocí, hecho carne, al hijo de un departamento de marketing de los años ochenta, pero ya no podré prometer una entrevista a la tercera versión de Juan Luis Galiardo, el hombre que lo cuestionaba todo.

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Replay

En el periódico, una agencia de calificación de riesgos, se quita la máscara, y nos comenta que “tendrán en cuenta” el pacto del déficit que populares y socialistas han acordado con nocturnidad y alevosía. Lo tendrán en cuenta. Suena a mafia. Los sindicatos anuncian “movilizaciones”, supongo que el 15M montará circo, la policía repartirá palos, y los tertulianos dirán que, ahora sí, los políticos han tomado nota. Y sigue rodando la noria. Esta historia ya nos suena.

El Real Madrid (500 millones de euros de presupuesto frente a los, por ejemplo, 24 del Sporting de Gijón) avasalla a un equipo que huele a segunda, y hoy debuta el Barcelona. Ganará, tendrá la pelota, covencerá, y toda la liga será un paréntesis entre un clásico y otro, espera repleta de goleadas grises frente a los otros dieciocho equipos que huelen a segunda. Y sigue rodando la noria. Esta historia ya nos suena.

La Liga sigue siendo una casa de putas, que ha saltado sobre la huelga con el estilo que las gobiernos lo hacen sobre los sindicatos. Patrocinada por un banco, las polémicas con los derechos de radio quedarán olvidadas tras un jugoso pacto, mientras el patrocinador seguirá sin facilitar crédito al 85% del tejido empresarial de este país, que son las PYMES. Las autoridades (bancos, y administración) seguirán percutiendo sobre lo importante que es la internacionalización (que las PYMES no pueden asumir), o los planes de ayuda, como el Avanza (del que Telefónica se lleva la mitad). Y sigue rodando la noria. Esta historia ya nos suena.

Los agricultores están de uñas por la caída de los precios. Con la creación de la Unión Europea, se blindó la agricultura autóctona -siendo nuestro país el más favorecido- ante la emergente agricultura africana. Es decir, que imponemos libre mercado para los productos que nos interesan, los que producimos nosotros, y subvencionamos los que no son competitivos, los que vienen de fuera. Es decir: ahogamos las posibilidades de las economías pobres, cuya mano de obra subía a Europa, apestada, señalada, humillada. Y sigue rodando la noria. Esta historia ya nos suena.

El Corte Inglés deja de ganar pasta. La prensa nos cuenta que, además, abre centros y genera empleo. Bien vendido. El Corte Inglés pierde pasta en muchos de sus centros, que no cierra por prestigio y por ahorrar el aldabonazo psicológico para la sociedad española, y su correspondiente descenso en el consumo. Lanza agresivas promociones (límite 48 horas), se precipita en promoción online (campaña en Facebook Places, que ya es historia),  se abre a los outlets y alquila sus espacios en las tiendas.

El mundo parece que siempre hace lo mismo, que siempre se mueve en el mismo sentido. Como si mi paseo con Nico por las mañanas, donde siempre veo a la misma gente, a la misma altura, haciendo lo mismo, fuera una pequeña demo del mundo. Esta historia ya nos suena.

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Apología de la Ignorancia II (los medios)

Vaya por delante que los grupos Vocento (ABC, Punto Radio, Qué!, Net TV, Dalealplay, pisos.com. infoempleo.com, 11870, las productoras Bocaboca, Videomedia o Hillvalley, los de Muchachada Nui, sí), y PRISA (Cadena SER, 40 Principales, El País, Alfaguara, Santillana, Radiolé, Cadena Dial, M80, Caracol Radio, As, Cinco Días, Canal+, Digital+…) son patrocinadores oficiales del evento.

Vaya por delante que Santander, BBVA, Coca Cola, Mahou, El Corte Inglés, o Endesa, son también patrocinadores. Vaya por delante que, como explica este blog mucho mejor que yo, estas empresas (y otras muchas) se van a beneficiar de exenciones fiscales desproporcionadas del capital que inviertan en publicidad. Esto significa que la publicidad les va a salir inquietantemente barata.

Imagine que usted es de un medio de comunicación. Lleva un par de años pasándolas putas. Los ingresos en publicidad han caído más de un tercio desde el comienzo de la crisis, y, pese al pequeño repunte del último trimestre, el horizonte se ve jodido. De repente llega un evento por el que muchas marcas van a contratar su publicidad y… ¿Qué va a decir del festival?, ¿Va a criticar a quien le da de comer?

Cada vez que intenté hacer periodismo de calidad, comprometido, me encontré la misma pregunta en los despachos ¿Alberto, es que vas a morder la mano que te da de comer? Al principio solía contestar que depende de quién fuera la mano, y de qué fuera lo que me daba, ante lo que me invitaban a volver a mi sitio. Con el tiempo, y un alquiler, descubrí que tenía que contestar “no”, y marcharme tranquilo.  Creo que la misión del periodista no es comer de una mano. Su misión es saber de quién es la mano y por qué, cómo, cuándo, dónde, y a quién más da de comer. Y que por averiguarlo y contarlo bien, te paguen.

Las marcas comienzan a contratar publicidad, sabiendo que, gracias al logo de JMJ2011, al final del curso se deducirán el 90% de todo lo que paguen hoy. Por lo tanto, tenemos a los medios contentos porque recibirán un buen cheque, por su parte las marcas felices porque su publicidad les será reembolsada en deducciones, y nos quedamos con un estamento clerical rollizo y brillante porque se les pagan los fastos, pero ¿Quién los paga entonces?

Pues esas deducciones, al final, son dinero que deja de recibir el Estado, lo que significa: menos recursos para la Sanidad, Educación, fondo de garantías de pensiones, servicios públicos… de todos. Por tanto disfrute de los anuncios y del corte de mangas a la aconfesionalidad del Estado, porque lo está pagando usted.

Sin ese dinero, la educación pública será peor, y los colegios católicos (concertados con becas de comedor, y olé) crecerán en fama, gloria y negocio, mientras adoctrinan en su fe. Ese presupuesto que podría ir por ejemplo, para investigar con células madre, pasa a los bolsillos de quien reniega de los más elementales avances científicos. Esa pasta va desde la dignidad y la justicia social que representan los servicios sociales básicos, a la caridad y la compasión católica.

MANIFESTACIONES BUENAS Y MALAS

Mientras los peregrinos campan y acampan a sus anchas por la ciudad, sin ningún tipo de vigilancia, ni el más mínimo respeto por el personal autóctono (obviando el olor, me quedo con las que lían en los metros, el bloquear una calle para cantar, las toneladas de mierda, las ocupaciones de aceras…), los indignados van recibiendo en casa multitas de 90 euros, para que se piensen mejor volver por Sol. Ya han pagado el transporte peregrino, ahora toca otra cosa. Entre las multas y los miles de millones de superávit de la visita papal, no sé qué coño hará Gallardón.

Tras la somanta de palos de ayer en Sol, el gobierno de la Comunidad de Madrid señala que su policía es fenomenal, y el 15M un movimiento agresivo, antisistema, radical y, supongo, malo con “M” mayúscula aumentativa. Echad un vistazo al vídeo de los jóvenes católicos de Serrano, buscando gresca en Sol. Simpatiquísimos.

MASS MEDIA

No he visto medio generalista que haya planteado la inconstitucionalidad en la financiación del evento. Ninguno. No se puede hacer un análisis demasiado profundo de la cobertura de la prensa española, porque ésta no merece el más mínimo esfuerzo. Aún así, picoteando, podemos ver en el terreno del humor, el ético enfoque de La Gaceta: “La izquierda rabia por el poder de convocatoria del Papa“, o las otras cuatro primeras noticias, relacionadas con el evento, y cada cual más friki que la anterior.

El País, absolutamente limpio en sus crónicas, sin atisbo de la crítica de la que hace gala en otros temas, sólo destaca el frustrado ataque a la manifestación atea por parte de un tarado ultraconservador. Esta noticia también aparece en El Mundo, y en ABC, pero si se dan cuenta, sólo en el primer diario aparece firmada por un periodista, mientras que en los otros dos se publica una nota de agencia (Europa Press, o EFE). Lo publican porque no quedan huevos, y a regañadientes.

Imaginemos que el zumbado se hubiera identificado como activista del 15M dispuesto a lanzar gases tóxicos contra los peregrinos. Da risa pensar en los titulares, ¿Verdad?. Menudo escándalo, desprestigio al movimiento. Para los católicos, todos son terroristas excepto ellos y su eterno papel de mártires. De hecho el asesino de Utoya es un ultraconservador. Antes de saber nada, los medios hablaban de “terrorista islámico”. Cuestión de matices. El caso es que en lo que coinciden todos los rotativos es en no hablar de este apuñalamiento. Aquí os dejo el vídeo, y aquí su reflejo en “grandes” medios. Insisto: imaginemos qué pasaría si hubiera sido al revés.

Sólo encuentro algo de frescura desde la militancia en Público, con un par de cositas, como las peleas comerciales de las congrecaciones por captar para sus sectas, o la opinión de un gobierno socialista de un Estado laico y aconfesional, que es de coña marinera. También El periódico elude la confrontación editorial por la vía de la ignorancia entre sus titulares, y cogiendo pequeñas polémicas menores.

Por si algún peregrino lo lee, supongo que no os habrán hablado de la Inquisición, producto que tuvo su auge en estas tierras, typical spanish, con un genocidio que llegó a los 45.000 asesinatos. Tampoco os habrán hablado del nacionalcatolicismo patrio, ni del  internacional, que también tuvo su aquel. Vamos que el concepto de poner la otra mejilla no estaba del todo claro. O el papel en las colonizaciones. O el silencio en la disgregación racial yanki. Por eso os lo enlazo, para que le echéis un vistazo. Ahora seguid cantando.

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De Bucles

Volver al metro en hora punta es volver a la ciudad. A las novelas al peso, a los olores. Joder, a los olores. La gente huele mal desde primera hora de la mañana. No han empezado sus jornadas de oficinistas, no han comenzado el carrusel de vídeos de youtube y jueguecitos para pasar las horas, y su transpiración ya es una capa insoportable que les coloca en el mercado de los guarros cuando, se supone, tienen contrato en la plantilla de los limpios. Y blindado, dirán a sus amistades.

El poliester es el peor enemigo del trabajador, del currito, del white collar worker, que es tan blue como Frank Lampard. La primera gota de sudor, esa que se presenta con el cambio de temperatura ente la nevera de las ocho de la mañana y el horno del suburbano, multiplica sus nefastos efectos oloríficos gracias al tejido de moda, al puto plástico. Cuando te hablan de ropa que no necesita ser planchada hay que sospechar que tiene truco, ya que todo en esta vida tiene reverso.

Ellos lucen camisas chungas, baratas, de El Corte Ingles (y nuestro buen amigo Dustin) y ellas se embuten en tops coloridos si tienen tipo que lucir, o discretos si presentan su candidatura a miss Morcilla de Burgos 2011. Pero todos huelen fatal. Enseguida entra la cascuda con su colonia cascuda con su aroma cascudo, que impide que puedas dar de sí los pulmones, como si te pusieran un palo en los radios de la bicicleta. Eso es la ciudad.

Leemos diarios gratuítos, que es prensa sms, captamos opiniones de office para poder sociabilizar y ser normales en el café de máquina, o hacemos sudokus porque somos superinteligentes. Las guapas apartan la mirada, no vaya a ser que las violes en el vagón. Con saberse deseadas les basta. Ellos fichan canalillos. A machete. Como si las tías fueran gilipollas. Son piropos de obra en versión mute. Nadie ríe. Nadie. El metro es un sitio que transporta gente que se viste de triste.

Obreros que, por su aliento, desayunan chococríspis con cazalla, latinas con una gama cromática en su laca de uñas, que deja la galería Leandro Navarro a la altura del betún. Llego al curro, abro sesiones, leo el correo, los feeds, miro agenda, salgo a fumar, entro en el bucle “buenas“, como mal, le doy vueltas al coco,  se las vuelvo a dar, salgo a fumar, sigo en el bucle “buenas“, le vuelvo a dar vueltas, las encierro en un PPT y me voy. Vuelvo a casa. Saco a Nico, veo a gente, tuiteo, veo a gente, y a las diez me doy cuenta de que llevo todo el día en la ciudad. En una ciudad sin nombre, pero con ley. Son las diez, tengo la ventana de arriba abierta y oigo cómo los pájaros cenan en zigzag.

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La metáfora

Llegué tarde a casa, en una noche de perros, de esas que últimamente vienen en packs semanales de diez días de lluvia consecutivos. La gabardina estaba empapada y el frío me lanzaba latigazos en forma de escalofríos hasta los pies. Cuando el cuerpo se aburguesó en el calor de casa, noté una especie de toquecitos en la puerta del patio. Al abrir, encontré que ese ruido salía del golpeo del pico de una paloma moribunda en la puerta de madera.

Allí estaba. Gorda, achaparrada, con la cabeza hundida, mojada, sabedora de que le quedaban dos telediarios. ¿Y ahora qué?, ¿Qué se supone que se ha de hacer en esos casos?, ¿Localizar a su familia?, ¿Llamar al 112?. Cerré la puerta para pensar, pero saber que la muerte está a tres metros, me impidió tomar alguna solución más naturalista y cabal. La metí en un cubo, e hice lo que hace cualquier sociedad occidental, la eché a la calle y que muera en la esquina de La Escuadra con Primavera.

Al lanzarla desde el cubo, pretendiendo el aleteo que no llegó, cayó a plomo contra el suelo. El ruido del pico contra el asfalto, me recordó a aquella vez que una señora se cayó por las escaleras de El Corte Inglés. Un crack muy nítido y claro, el sonido fatal de la muerte. Volví a casa y la dejé muriendo bajo la lluvia. Si en vez de caer en mi patio, lo hubiera hecho en Leganés, el doctor Montes hubiera sabido qué hacer con ella, le hubiera dado dignidad, pero yo no supe.

Anoche 2009 tuvo forma de paloma, y quiso irse antes de tiempo.

Que paséis buena noche. Y no hagáis el cafre.

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Momento dulce de juego

Perdíamos cuatro a cero. Llovía y la camiseta, roja por entonces, pesaba mogollón, me rozaba los pezones, a veces me hacen heriditas las camisetas de poliester. Tengo los pezones sensibles, yo que sé. El partido estaba siendo un desastre, atrás parecíamos un catálogo de regalos de El Corte Inglés. Las nubes nos habían entrado por los ojos y ahogaba el cerebro para atacar. Ellos jugaban en alfombra roja y nosotros estábamos hasta las trancas de barro. Alvarito andaba muy nervioso: las tres primeras internadas por su banda, tres goles. Julio tenía miedo. Miedo al choque, a fallar, le temblaban los pases y así no se puede servir el género a los delanteros perdidos, allá a lo lejos. Necesitábamos prismáticos para verlos. Hubo que parar el partido. Diez minutos para que pasara el diluvio.

Nos sentamos en los bajos que hacían las veces de vestuario en aquel campo de Salesianos, y les dije que no comentaran nada, porque sé que en esa espiral, hablar es una estupidez: nadie escucha, sólo pasan por su mente imágenes de ellos mismos cagándola, y salen al retorteo palabras como “cojones”, “tranquilidad”, “morder”. Sobretodo cojones, esa sale mucho. Sería mejor aprovechar ese tiempo para coger aire y descansar. Al escampar salimos al terreno en silencio y les dije que me quedaba abajo con Julio, que los demás se movieran libres arriba. Cogí a Julio y le dije que no se preocupara, que defendíamos los dos, y que era el mejor, de verdad lo pensaba.

Es difícil verbalizar qué puede hacer que un equipo, en el segundo tiempo, encaje otro gol y marque once.

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Metro Suances

Volver al metro en hora punta es volver a la ciudad. A las novelas al peso, a los olores. Joder, a los olores. La gente huele mal desde primera hora de la mañana. No han empezado sus jornadas de oficinistas, no han comenzado el carrusel de vídeos de youtube y jueguecitos para pasar las horas, y su transpiración ya es una capa insoportable que les coloca en el mercado de los guarros cuando, se supone, tienen contrato en la plantilla de los limpios. Y blindado, dirán a sus amistades.

El poliester es el peor enemigo del trabajador, del currito, del white collar worker, que es tan blue como Frank Lampard. La primera gota de sudor, esa que se presenta con el cambio de temperatura ente la nevera de las ocho de la mañana y el horno del suburbano, multiplica sus nefastos efectos oloríficos gracias al tejido de moda, al puto plástico. Cuando te hablan de ropa que no necesita ser planchada hay que sospechar que tiene truco, y que todo en esta vida tiene reverso.

Ellos lucen camisas chungas, o bien baratas o bien de El Corte Ingles (y nuestro buen amigo Dustin) y ellas se embuten en tops coloridos si tienen tipo que lucir, o discretos si presentan su candidatura a miss Morcilla de Burgos 2009. Pero todos huelen fatal. Enseguida entra la cascuda con su colonia cascuda con su aroma cascudo, que impide que puedas dar de sí los pulmones, como si te pusieran un palo en los radios de la bicicleta. Eso es la ciudad.

Leen diarios gratuítos, que es prensa sms, captan opiniones de office para poder sociabilizar y ser normales en el café de máquina, o hacen sudokus porque son inteligentes. Las guapas apartan la mirada, no vaya a ser que las violes en el vagón. Con saberse deseadas les basta. Ellos fichan canalillos. A machete. Como si las tías fueran gilipollas. Son piropos de obra en versión mute. Nadie ríe. Nadie. El metro es un sitio que transporta gente que se viste de triste.

Obreros que, por su aliento, desayunan chococríspis con cazalla, latinas con una gama cromática en su laca de uñas, que deja la galería Leandro Navarro a la altura del betún. Llego al curro, ficho, recibo llamadas, ficho, fumo, ficho, recibo llamadas, ficho, fumo, ficho, recibo llamadas, ficho, como Risketos, ficho, recibo llamadas, ficho y me voy. Vuelvo a casa, me preparo una ensalada, abro mi sesión para moderar comentarios. Hago la casa, modero, me ducho, modero, tonteo con Nico, modero, juego a la Play, modero, y a las ocho me doy cuenta de que llevo todo el día en la ciudad. En una ciudad sin nombre, pero con ley. Son las diez, tengo la puerta del patio abierta y oigo cómo los pájaros cenan en zigzag.

Pd para la Ojosdehuskysiberiano: siempre me pides referencias, pues mírate a Quim Monzó. Está bastante bien.

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