Transparencia

El los últimos tiempos venimos viendo a la transparencia como una reivindicación social en boca de todos. Una de las premisas abanderada por el movimiento 15M, fue una transparencia de manera más prosaica (que suele terminar en ley tramposa, como la que prepara el Gobierno), pero también una transparencia de fondo, la que cuestiona el engranaje del sistema representativo, “oiga, infórmeme porque yo quiero empezar a tomar ciertas decisiones que hasta ahora he cedido“.

La transparencia responde a un sujeto que se deja adivinar o vislumbrar sin declararse o manifestarse. En este sentido, a nivel político, parece que la transparencia se cumple. No así en su principal acepción: claro, evidente, que se comprende sin duda ni ambigüedad. Y es que la transparencia, que parece un paso adelante en la lógica democrática, se presenta como algo complejo, difícil de armar, y tramposo en definitiva, o es lo que pienso.

Igual habría que partir de una tesis que comparto con el personaje del doctor Gregory House: nadie quiere saber la verdad. Vivimos engañados, en la ficción de ser felices. La miseria, el hambre, las enfermedades y desigualdades nos son ajenas hasta que nos afectan. Mientras tanto vemos esos desarreglos como situaciones que consideramos naturales desde que el mundo es mundo, lejanas, habituales -en tanto el informativo nos lo acerca cada poco-, e imposibles de combatir. Eliminarlo es algo que siempre depende de otros, y huimos de cualquier tipo de sentimiento de complicidad hacia esos otros.

No nos interesa que nos digan que compartimos una parte alícuota de responsabilidad, que no vivimos aislados, que somos parte de un sistema cabrón al que defendemos en tanto nos favorece. Pero el sistema es tirano, injusto traidor, por qué no decirlo, asesino, y nosotros también lo somos. Ignorantia legis neminem excusat, esto es, que el desconocimiento de una ley no excusa de su cumplimiento, y lo mismo podríamos aplicar a la mierda en la que/ de la que vivimos. El sistema nos dice que siempre ganamos, pero no nos oculta que hay quien siempre pierde, y tampoco dejamos de ver que se mantiene por una franja de jugadores que pierden, pero que ven eternamente cercana la posibilidad de ganar. Con ganar me refiero a dinero, y con ese concepto base imaginan ustedes todo.

¿De verdad queremos transparencia?, ¿A qué llamamos transparencia? Pues verán, tengo la sensación de que en Valencia, por ejemplo, donde los jueces han destapado los bastardos movimientos de Francisco Camps -y compañía-, se presentó a las elecciones ganando por mayoría absoluta. Y eso que se le “transparentaban” hasta las conversaciones con amiguitos del alma. Conocimos el caso de espionajes en el Partido Popular de Madrid, la trama de financiación ilegal Gürtel… y parece que afecta más bien poco. Quiero decir que, en casos de bajeza moral, expuesta con luz y taquígrafos -que no con sentencias- al ciudadano medio le ha primado el cambio hacia los corruptos “transparentados” pero que, por el mero hecho de ser un cambio, podrían garantizar la sustitución de la esquemática y simple fuente de todos los males: Zapatero. Esto es: ante alguien que me salve a mí, me da igual su historial o, de hecho, lo reinvento e ignoro ciertas partes incómodas.

Me cuesta, por tanto, creer, que en medio de una vida de mentira, en la que decidimos rodearnos de un mundo inventado y autocomplaciente, decidamos optar por la transparencia. O al menos por una transparencia real, y no generada, también, por nuestro imaginario. Se me hace difícil entender que, de la noche a la mañana, las personas van a asumir la responsabilidad que conlleva la verdad. Aunque parece que con la palabra transparencia lo que queremos decir es que deseamos que los representantes públicos nos digan dónde va nuestro dinero. “Nuestro dinero” es otro concepto a definir en un post, porque parece que, en último término, el dinero “es de” la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre. Solemos querer saber dónde va nuestro dinero, pero nunca de dónde nos ha venido.

Supongamos que hemos de dotar de una partida presupuestaria la construcción de un aeropuerto. Supongamos que sabemos cuánto coño cuesta construir un aeropuerto. Supongamos que somos capaces de discernir ente los cantos de sirena basados en los beneficios que ese aeropuerto reportará a nuestra región, y la realidad. Supongamos que tenemos una “responsabilidad de Estado” que hace que, cuando lleguemos a casa, nos pongamos a leer los pliegos de condiciones, y a formarnos sobre arquitectura, economía y finanzas, marketing… en definitiva ¿Quién quiere ser responsable de su propio presupuesto?, ¿No son, por tanto, muchos “supongamos”?.

¿Dónde empieza y dónde acaba la transparencia?, ¿Debo saber lo que cobra un político?, ¿Y un ejecutivo de banca rescatada por el Estado?, y luego ¿Debería saber qué hacen con ese dinero, si sus hijos van a colegio público?, ¿Estaríamos obligados a conocer árboles genealógicos? Es posible que la transparencia no exista, que sea una quimera o una interpretación, en tanto que no existe un objeto sobre la que se aplique, sino un sujeto.

Sabemos lo que han costado obras faraónicas para cubrir vanidades personales, los enormes precios aumentados fase tras fase de multitud de infraestructuras inútiles, todo eso lo sabemos. Tengo la sensación de que la transparencia ahonda en la información, y de que eso precisamente, información, es lo que nos sobra. Los sabemos y, como cuando vemos por la tele a un niño subsahariano podrido por el hambre, nos hacemos los gilipollas. Parecería que lo que nos falta es criterio para filtrar esa información, y ganas de trastocar nuestro umbral de confort, ese que defendemos vendiendo a nuestra puta madre. Esa “casita en la playa”, ese “mis hijos merecen lo mejor”, ese “esto no lo arregla nadie”.

Es indudable que el impacto social de internet, de la creación de contenido por parte del usuario, afecta también a la percepción que tenemos de la necesidad de transparencia. Las empresas salen a la red y operan con mayor o menor pericia, en ese estudio de mercado eterno, y online, que suponen las redes sociales. Investigan a sus consumidores, obtienen inputs que pueden aplicar a sus productos, pero también manipulan para obtener determinados inputs, y no otros. De ahí, el usuario extrae que él co-crea, que su palabra es ley, y que tiene derecho a saber. Creo que tener en cuenta esa transparencia falsa publicitada desde lo privado, es importante para unirla a la pública.

Parece, por tanto, que el mundo se ha llenado de personas responsables, formadas e informadas, que desean tener acceso a toda información para poder obrar en consecuencia. Es otra mentira más. Lo han conseguido, transparencia es otra palabra vacía de contenido para la colección de palabras vacías de contenido, que ayuda a componer cada día esos discursos enteros vacíos de contenido, que nos llenan hasta que no.

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