Best Seller

“¿Cómo voy a saber de qué va el libro, si estoy empezando a leerlo?”

Concursante de Las Joyas de la Corona

El metro siempre va repleto de lectores, de seres humanos entregados a la, cada vez más en desuso, afición por la lectura. Algunos forran los libros con papel de periódico, o con el folletín de ofertas del Media Markt, uno de los suplementos dominicales que más adeptos ha logrado en nuestro país. Suelen ser libros de mierda. Bestsellers de pacotilla, bazofias de Isabel Allende, Vázquez Figueroa, Higgins Clarck, o cualquiera que tenga una portada de colorines con una tipografía divertida. Si van de cultos, llevan a las niñas de los bidones de gasolina, Pérez Revertes o cosas por el estilo.

El otro día, en la Casa del Libro, recordando a un colega que consume cultura al peso, defendiendo que es un tío sin prejuicios, y que igual se lee el libro de frases de niños del inefable Pablo Motos, que a Tolstoi -aunque nunca me ha comentado nada de Tolstoi-, y que igual se compra el último de El Sueño de Morfeo, que algo de Grateful Dead -aunque tampoco hemos disertado sobre los de Palo Alto-, intento pensar qué lleva a una persona a comprarse un libro en lugar así.

Porque cuando alguien se acerca a un macrocentro de venta de cultura, suele perder con facilidad, la perspectiva del tiro fijo. Entras a por la Ilíada, porque vas de culto, y te parece que un culto no puede pasar sin tener ese libro en su estantería Billy, y acabas pillando un midprice de Millás, y el segundo volumen de la Vuelta al Día en Ochenta Mundos, de Cortázar. En la planta de abajo hay cientos de usuarios del metro pillando libros de los que están apilados, atractivos, esperando que la búsqueda no distraiga del objetivo: un libro con una portada de colores y tipografía divertida.

Mientras, la Libre se ha convertido en una cafetería con cuatro estanterías de libros, de los que les gustan a los modernos: de Bukovski a Kundera, y temáticas compuestas, como la antiglobalización, o el autocultivo. Se ha incorporado al parque temático del piesnegrismo y la progresía de fin de semana que es la calle Argumosa. Consumo 7- Arte 0. Un vecino sube la música tecno en la que se escrachea un maullido, y se va consumiendo agosto en Lavapiés.

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Perdido

Una de las mayores muestras que puede dar un ser humano para demostrar que no es un trendy de mierda, admirador de lo inmediato, es ver el final de Perdidos una semana después del resto de la humanidad. Hay varias cosas que me llaman la atención. La primera es el increíble respeto de los internautas. Me considero enfermizamente conectado a redes sociales, blogs, y otros cachivaches dospuntocero, y nadie reveló en una semana, el final de la serie que marcará una época en la narrativa televisiva. Otra es la incomprensión ante las reacciones de los fans.

Casi todos decían que el final les había defraudado. No sé si será porque son ese tipo de frikis que esperaban que una nave espacial abdujera a los tripulantes de Oceanic, o que todo fuera un videojuego, o que cada pieza ensamblase como si se tratara de un maquiavélico puzzle -hay personajes, e historias, cuyo borroso final darán para meses de interpretaciones-, pero a mí me pareció un final impecable. Si yo hubiera tenido el talento suficiente, y el privilegio de participar de esos guiones y, tras el punto y final, me vienen cuato fanegas palomiteros con la camiseta de inciativa Dharma, a decirme que les he defraudado, rellenaría una gabardina de titadine, y reventaría en el Campus Party.

Perdidos ha resultado ser una novela televisiva colosal. No sólo los guiones han sido fantásticos, sino que todo lo que da tridimensionalidad a una novela, mejora el propio formato literario: las interpretaciones, el lenguaje de la cámara, la banda sonora… Leí hace poco al filósofo Manuel Delgado, observando el paralelismo entre la serie y La Divina Comedia de Dante, así que hoy salí a por el libro. Lo leí en el instituto. Dante y Petrarca fueron un petardazo en el estómago y, por vez primera conectaron tripas y cerebro en una lectura. Después llegó Madamme Bovary a representar el coñazo en la preadolescencia.

Paso por la biblioteca, y allí no tienen nada. En la cuesta de Moyano pretenden sacarme veinticinco pavos por una edición estupenda. Obviamente no me reconocieron (parece increíble, ni en Sigüenza el otro día, ni aquí, pretendo ser el primer famoso venido a menos que todavía no ha sido famoso, pero no lo ponen fácil). Tampoco encontré en la biblioteca nada, repito, nada, de Gay Talesse, maestro de periodistas, y de esa otra cosa que es de Tom Wolfe. Ahora, de Isabel Allende, hasta la partida de nacimiento.

Dice Talese, en el último número de Babelia, que pasa del exceso de información, que ni móvil, ni mail, ni leches. Que las historias buenas perduran y trascienden, y que no le interesa lo efímero, lo último. Igual por eso no ha gustado el final de Perdidos. Porque es una historia que ya se ha contado, y que se contará siempre. Es nuestra historia.

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