Festivales

Como si nada hubiera pasado. La crisis afronta su última y más cruel vuelta de tuerca: la auto-negación. Aquí no ha pasado nada más allá de un bajón estructural en un ciclo económico, perfectamente autorregulado por un sistema resistente a temperaturas extremas. A correr. A invertir. A comprar.

Es temprano, pero no parece que la crisis haya dejado una marca sólida, aparte del más rentable de los sentimientos: el miedo. Señora, a lo primero que debe perder miedo es a la deuda privada, no se preocupe. La derecha española se ha apalancado en la nada, y la nada le ha servido para salir indemne de una constelación de casos de corrupción que afectan de manera directa al mismísimo presidente del gobierno. La no gestión ha resultado una brillante apuesta política, y ha puesto en entredicho la fuerza de la palabra. La izquierda del sistema sólo ha tenido un discurso descolorido, defendido por figuras de bajo copete, basado en la pereza por poner coto a la deuda. Los partidos antisistema siguen siendo el hazmereír de un país católico, apostólico y romano.

El país, de momento, no ha cambiado en nada sus hábitos. Ha bajado a segunda división, manteniendo entrenador, directiva y jugadores, a la espera que algún día vuelvan los goles por arte de magia, como en su día vinieron. Los jóvenes están tan extraordinariamente preparados que, en lugar de cuestionar la parafernalia de la Transición que les ha dibujado una realidad difusa, ansían vivir una. Como si de un festival de verano se tratase. Quieren ser protagonistas de su propia farsa. ¿Quién podría no entenderles?

 

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Raro

Habrá quien piense que llevo toda la semana sin escribir, tocándome las pelotas. También habrá quien haya ascendido en la empresa de su papá, quien haya sentido la presencia de dios por vez primera, y quien haya matado a sus hijos, haciéndolos desaparecer. El mundo es un sitio muy raro, donde pasan muchas cosas que, en realidad, no son tantas.

España es el único país donde pueden convivir, en la misma barra de bar, una teoría y su contraria con toda naturalidad y sin que chirríe a nadie. Podemos, por ejemplo, escuchar a dos tipos compartiendo anises y mezclando la tesis “del país de artistas y camareros“, con la de la generación “mejor preparada de la Historia“. Supongo que lo de “mejor preparada” dependerá de para qué. Si el objetivo fuera la conquista de lugares más o menos desconocidos allende los mares, parece que vamos con siglos de retraso. Si lo que se pretende es marcar hitos en el mundo de las letras, nos ocurre lo mismo. Parece que se confunde “preparación“, que es un concepto como muy de ganchillo, con “titulación“.

Sí, ya en el año 2008, España tenía un 28% de titulados superiores entre su población entre los 25 y los 64 años. Esto esto significa que la referencia impuesta por nuestros padres, la carrera que ellos no pudieron estudiar, ya no sirve. Aquel valor que suponía un salto de calidad indiscutible ha sido sometida a la inflación y arrojada a una industria que no lo necesitaba. Ese mismo año la tasa de sobretitulación llegaba al 22%. La culpa está siempre en los estudiantes/trabajadores. El acento se puso luego en los idiomas: la solución es abrir caminos, salir fuera, moverse. El país dedica una brutal cantidad de recursos en formar un talento al que después dice que se mueva, que se largue. Bien.

Pero ¿Para qué está preparada la young people? Pues hoy en día el concepto debería llevar el guión que lo convirtiera en pre-parado. Pienso en el número de licenciados en periodismo, que es enorme (lo buscan en gúgel). Los ejercicios de periodismo que observamos cada día en nuestros medios son mínimos. ¿Las universidades están planteadas como una ampliación del instituto?, ¿Por qué se basan en la memorización?, ¿Cuándo empezamos a confundir a la universidad como lugar de investigación, con la universidad como preparación para el mundo laboral? Como siempre el problema reside en las palabras, en el significado con que dotamos a las mismas, en el ahorro de reflexión que supone nombrar las cosas, en las equivocaciones con los nombres, en lo interesado que se esconde tras las equivocaciones.

En realidad -y me pongo con esa grandilocuencia que hace que el 90% de ustedes me odien- el rollo es un poco este: entramos en globalización, nos abrimos a caraperro al capital, tenemos mano de obra barata, se nos utiliza a cambio de sentirnos importantes e integrados, nosotros nos aprovechamos de alguien un poco peor, la cosa se pone fea, porque siempre está el país al que no le puede ir peor, y la ola sube. No tenemos instrumentos de intervención porque nos abrimos demasiado en su momento. En resumen, el proceso de mundialización es como tomarse el octavo orujo: por creernos más guapos, dilapidamos nuestra dignidad.

Ahora mismo vivimos en un stand by, esperando a que los creadores del discurso nos cuenten un nuevo cuento. La economía circula a tal velocidad que, por primera vez, les ha pillado despistados. Hay que armar el argumento que ya es sólido, pero falta compactar. Han de hacernos ver que los tecnócratas son la solución, deben crear escenarios y juegos de trampas argumentales, que nos hagan pensar que sus tropelías son justas, que incluso nosotros mismos llegamos a esas mismas conclusiones.

Habrá quien piense en cómo empezaba el post, y como acaba. Habrá quien se afirme en la teoría de que soy un tipo caótico, con un discurso roto, que huye del compromiso y se aleja del enfrentamiento. Habrá quien me la sude.

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