Confusión privada

Desde que el señor médico de cabecera, análisis de orina mediante, nos confirmó sin levantar la vista de la pantalla del ordenador que efectivamente Ruth estaba embarazada, hasta la astracanada de ayer, llamada “primera clase de preparación al parto”, han pasado siete meses, cinco centros, y una colección de facultativos del nuevo modelo de gestión eficiente de la Comunidad de Madrid.

Algunas pruebas en el ambulatorio de Martín de Vargas, la matrona en Pirámides, análisis en Pontones y ecografías en la Fundación Jiménez Díaz. Mi señora no le ha visto la cara dos veces a la misma persona, y gestiona un calendario que ríanse ustedes de la FIFA. Yo menos todavía, porque la conciliación entre vida laboral y familiar ya se empieza a antojar como un puzzle de complicada solución. En las películas esto del embarazo es otra cosa, te esperas que el doctor Bartolomé Beltrán te esté llamando todos los días, pero supongo que será una cuestión de expectativas y de haber visto demasiado Antena 3 en los noventa.

Ayer, por ejemplo, me dieron sabios consejos, como llevar frutos secos por si me entra hambre cuando Ruth se ponga de parto. Es un consejo que me guardaré toda la vida en la galería de momentos prescindibles, junto a aquel “hijo, no te pongas nervioso” que me espetó mi padre horas antes de la selectividad. También me dijeron que me lleve el cargador del móvil, y a Ruth le aconsejaron que en las contracciones se ponga como quiera, porque las contracciones cada una las gestiona a su manera. El personal preguntaba que cuánto es normal que pese la criatura, como si habláramos de langostas, e incluso había una señora que ya había parido, pero repetía, que debe ser como sacarse el carnet cada vez que coges el coche.

La gente tiene mucho más tiempo que neuronas. Empieza a ser inquietante la cantidad de personas con tiempo como para tirarse tres horas aguantando a una matrona exhippie que nos pregunta, con curiosidad marciana, cómo afrontamos el dolor. Y luego está el mal actor. Antes de la clase había una especie de terapia de grupo para padres, y uno de ellos nos contaba su experiencia con trillizas. Con los ojos como platos, ayudado por gestos de mal actor, nos explicaba que lo fundamental son el ejercicio, la alimentación y el cariño, y que la clave es ser el líder de la manada. Mientras, sus hijas, de dos años y medio, y descendientes directas de Hitler, Stalin y Benito Mussolini, ponían a prueba su paciencia con un movimiento tan continuado y a tal velocidad, que sólo temí que llegaran a una fusión nuclear.

Recuerdo aquel tiempo de oscuridad medieval en el que los más ancianos del lugar sospechaban que tras las modas (aceite de oliva malo, aceite de oliva fundamental, mantequilla caca, mantequilla gloria, dar el pecho es una aberración, dar el pecho es una filosofía de vida) se escondían intereses comerciales. Ahora la información que te facilita la Comunidad de Madrid viene patrocinada por una marca de yogures. En la tabla de calcio, por ejemplo, ese yogur es el campeón del calcio. Y así con todo.

En la visita a la Fundación Jiménez Díaz, donde esa estirpe de gente con tiempo libre preguntaba una y otra vez si las habitaciones eran individuales -debe ser que perder el tiempo en compañía es poco glamouroso-, ya nos regalaron una caja repleta de merchandising tan útil para el nuevo miembro familiar como una botella de agua mineral de treinta y tres centilitros. Wow. Todo patrocinado por la correspondiente multinacional farmacéutica o marca de detergente de turno. Es decir que la información de salud, el valor que tiene todo esto, nos lo aporta gentilmente una marca de yogures, con la legitimidad que le quieran dar ustedes.

Espero que tarden poco en patrocinar a los médicos, que entremos en nuestro ambulatorio cantando el claim del sponsor, que las consultas nos salgan gratis a cambio de tuitear el hashtag de la campaña del momento, que los prescriptores nos pasen consultas premium, rollo Bertín Osborne urólogo, o David Villa traumatólogo, y mientras sigamos pagando más y sintiéndonos igual de especiales. Gracias por tu regeneración, gracias por tu confusión privada, Esperanza.

 

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El protagonista

Ajeno a Twitter, pegado al mundo por el raquítico sonido de una radio, el Jaguar marrón llega al barrio y de él se baja un tipo demasiado latino para ser latino. La cara ametrallada por la viruela, las botas a juego con el coche, marcando con cada paso el ritmo de un score. La música que cae desde la ventanilla es una de esas canciones irreconocible, como de librería musical, sección Sinfonías Desapercibidas. La calle Labrador se descuelga de Embajadores buscando un futuro mejor y el protagonista camina a contrapelo mirando desafiante a nadie. Hay gente que nace protagonista y para desafiar.

 

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Vozkast (26abril13) en Onda Lavapaiés

 



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Taxistas

Bárcenas aparece en escena como si los informativos de las televisiones no fueran más que el cuarto cuarto de su abrigazo de banquero antiguo, como si hubiera nacido para que su paso ligero fuera el ideal prefacio al primetime de las cadenas, como si ese pelo que le nace recio y se mantiene firme gracias a la disciplina de la gomina, hubiera crecido sólo con el fin de reflejar los flashes de fotógrafos que eran quérubes cuando se repartía en este país gomina en cantidades industriales entre los altos ejecutivos que bebieron de las fuentes neocons norteamericanas, y comieron del maná franquista, que parece no tener fin. La gomina de los empresarios es el gloss de España.

Existen varios tipos de películas norteamericanas: las que empiezan con un juicio, las que van de juicios, y las que acaban con un juicio. No sé en cuál se imaginará Luis que está, en cualquier caso parece que se ha preparado el papel a conciencia, y no es para menos, porque en Suiza le espera un sueldo a la altura de los mejores de Hollywood.

Luis sale del taxi, coge la tabla y se dispone a surfear en una ola de gomaespuma con los diferentes logotipos de las televisiones, mareado por preguntas absurdas a las que parece contestar para sus adentros, porque esboza una sonrisilla que resultará su perdición. En este país puedes se un hijo de puta de los pies a la cabeza, un ladrón, o un asesino, pero España no soporta la risita floja. Roba, pero mantén el rictus, frunce el ceño y tendrás hueco en unos años en una tertulia de Intereconomía, y en la sección de libros de El Corte Inglés.

Ajeno el actor al montaje final, los espectadores vemos su entrada y salida de los juzgados, y también el trajín de Trías, el secretario que se cayó del caballo y del golpe resultó íntegro y clarividente. Ambos van en taxi. Supongan que son ustedes taxistas y que les para el extesorero -ese cargo de 24 kilates- en mitad de la calle. ¿Esperarían que les pagara con un sobre?, ¿Le preguntarían si va a querer factura?, ¿Cómo se viviría esa carrera? , ¿Le preguntarían por dónde prefiere ir a los juzgados? Madrid tiene ese puntazo con los taxis que a los que venimos de provincias nos parece mágico: un montón de tipos con sus coches que te llevan a los sitios por dinero, aunque sea saltándose algunas normas. Te hacen sentir concejal por unos minutos.

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Deprisa deprisa

El objetivo del reportaje es observar, como si de una pieza cómica se tratara, la relación entre Artur Mas y Mariano Rajoy. Sus miradas, sus roces, y las palabras que se cruzan en la inauguración de un nuevo tramo de AVE. El foco de la pieza es la relación entre dos mandatarios enfrentados por un conflicto territorial, ajeno a la gran mayoría de la población, cuya resolución sólo serviría para resolverse a sí misma, pero ninguna otra cosa más. Un reportero no hubiera aguantado sin preguntar por unas infraestructuras suicidas y exclusivas para quienes pueden pagarse 200 euros por hacer un trayecto que antes se hacía con 60. Pero ya no quedan reporteros. Lo más probable es que nunca los hubiera habido.

El AVE es un tren que sirve como coartada para comunicarse con diestro y no olvidarnos de siniestro. Es muy importante resaltar una y otra vez que se “va en el AVE“, que se “cogerá un AVE“, o que se ha llegado “en AVE“. Como si el Talgo no hubiera tenido suficiente categoría para sustituir al genérico “tren”. Como si nos situara en el plano superior, en el honorable lugar de quienes se encienden puros con billetes de 100 euros. El AVE es rápido, te deja pronto en tu destino. Puedes salir de Madrid y la más absoluta de las nadas te esperan en cualquier lugar de España a tan solo tres horas de camino. Se podría llamar NADE. Una especie de carrera de oro hacia el vacío. La misma carrera que nos ha llevado a ese tipo de reportajes cortesanos, zalameros, simples, mentirosos, o al reportaje de las rebajas que, ya sin rubor, introduce como fondo la divertida sintonía de Benny Hill.

La velocidad, que para Carl Honoré, es una forma de no enfrentarse a las cosas, a las cuestiones importantes, también es un arma interesante en manos de quienes controlan el relato, a quienes podríamos llamar Los Malos SL. La velocidad es la cosa que me impide empezar y terminar un libro desde hace un año. La velocidad deconstruye la realidad, la despieza y la convierte en minúsculas piezas de texto, como si de un gran cajón de Lego se tratara, que se amontonan en trending topics que no sirven para nada. Para nada. El mar de la nada siempre está revuelto, siempre peligroso y atractivo. Los formatos audiovisuales cada vez más cortos, cada vez más picados, cada vez más sencillos. Titulares gigantes, actualizaciones constantes, relatos cortos, resultados inmediatos.

Cada vez asisto a más reuniones en las que los asistentes manifiestan una absoluta ansiedad por el presente, por el comienzo, por lo inmediato. Personas obsesionadas por la actualidad, incapaces de pensar en el medio plazo, sabedoras de que el globo se desinflará, porque el aire no da para todos los globos, y cada día se enfrentan al globo más importante de la Historia. Hay un minuto exacto en el que algo pasa de ser lo más importante del mundo  a no serlo. Canciones de tres minutos para radiofórmula, zapping como buque insignia de la costumbre televisiva, diarios gratuitos sin apenas texto. La hiperactividad, las agendas apretadas, la vida por inercia.

Como si la tecnología hubiera llegado más lejos de lo que nuestra mente soporta y la estuviéramos malinterpretando. Como si no estuviéramos preparados para tener cualquier cosa a un click, y viviéramos con la ansiedad de la postguerra de la información, sumidos en una especie de síndrome de Diógenes informativo, en el que lo importante es la acumulación frente a la asimilación. Como si tuviéramos cualquier cosa a un click. Cosa material, objeto. Experiencia lo llaman ahora. Hoy la cosa es la contraposición a la nada. En el mundo creado por Los Malos SL. a la nada sólo le hacen frente los actos de consumo. Ahí viene el shock.

A toda velocidad hacia la nada.

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Todos queremos más

No sé qué sería de mi vida con cinco mil cien pavos al mes en mi cuenta corriente, que pasaría a ser cuenta distinguida de facto. Hubo una época en la que vivía con doscientos euros al mes, descontando de mi sueldo el alquiler y el abono transporte. Evidentemente había cosas que tomaba prestadas, como el acceso Internet (gracias vecinos), y algunas otras, más terrenales, cedidas por una famosa cadena de supermercados. Algún día devolveré todos esos megas y magdalenas. Era una cuestión momentánea.

Cuando se me rompió la lavadora y me pareció que la arruga era bella, pero los lamparones no, empecé a ir a la lavandería, no porque fuera más barato a largo plazo, sino porque no podía permitirme un arreglo, si quería hacer frivolidades tales como comprar pasta, arroz y latas de atún (al natural, por supuesto, en aceite es lujo asiático). En ese tipo de situaciones el largo plazo es una quimera. Existe el mañana. El dentro de un rato. Carpe diem por decreto. El enemigo es el cajero que te te hace un corte de mangas de 8 euros y diecisiete céntimos. Existen los diez días por delante, y los billetes de quinientos, que la gente llamaba Bin Laden, y los de cien, cincuenta y veinte, que para ti son igual de prófugos.

Cuando todo se convierte en aspiracional, cuando las fechas de caducidad no significan nada, y de un pollo sacas para una semana, y caldo para la siguiente, te das cuenta de que no necesitas nada, y que vives esclavizado por una mierda de obligaciones absurdas, impuestas por un sistema que vive de crear necesidades y frustraciones por no satisfacerlas. Lo peor de todo es saber que has llegado a esa conclusión, porque te ha tocado estar en el lado malo de las cosas. Eres un miserable más, que jamás hubiera llegado a esas conclusiones de otro modo. En ese momento todo es una frivolidad: la gente que se compra ropa, quienes se desplazan en coche, los que comen uvas, los supermercados que tiran comida, la televisión…

No tengo recuerdo de cuando empecé a oír una frase que, a fuerza de repetirse, todos damos por cierta sin esfuerzo, que es como mejor se venden las frases y las cosas: “fulatino gasta mucho, pero es que cuando eres fulatino, llevas ese ritmo de vida“. Todos asumimos con esa frase que, cuanto más ganamos, más gastamos. Que cuanto más tenemos, más queremos. Que si gano mil, gasto novecientos, y si gano dos mil, gasto mil novecientos. Todos rezamos el credo del consumo, y en mitad de la oración, escuchamos a un empresario metido a político, decir que con cinco mil cien euros las pasa canutas para llegar a fin de mes.

Pero hay diferencias. Por un lado estamos quienes somos capital humano, necesarios para producir plusvalía y que el sistema funcione, vivimos seducidos por la publicidad, deseando consumir nuevos productos que nos acerquen un poco más a la felicidad. Por otro quienes configuran las reglas del sistema, quienes lanzan mensajes para seducir, quienes saben que la acumulación de material no garantiza nada. Y luego están los gilipollas, los que saben las reglas reales del juego, pero sucumben a sus propias mentiras. Le pasa al diputado del Partido Popular, Fernando López Amor, a quien veíamos serio y responsable preguntar a Rodrigo Rato en su comparecencia en el Congreso, mientras cobra sus mil ochocientos euros en dietas por desplazamientos, ya que parece que ninguna de sus catorce viviendas, diecisiete garajes, cuatro locales y una bodega, están en Madrid, y necesita una ayudita.

Esa tercera clase de auténticos imbéciles, tiene distinguidas señorías de los que tienen mIrós en el baño, y elefantes disecados a modo de paragüero. Esa tercera clase no sabe que hay chavales comiendo magdalenas en un Carrefour, y dejando los papeles entre los bricks de leche. No saben que hay quien recibe un aviso de desahucio, una carta en la que comunican que le cortan la luz, y toda una colección de primeras experiencias para con la miseria, en un porcentaje cada vez más grande de la población. Esa tercera clase de auténticos imbéciles no sabe que está apretando el acelerador que mostrará con ellos su misma piedad.

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Miércoles negro

Hay quien dice que los mineros piden mantener “los privilegios” y “vivir subvencionados”. Es la forma en la que unos señores cobardes e ignorantes intentan desprestigiar la pelea por que se cumpla un acuerdo firmado, y la lucha de unos trabajadores por sus puestos y una industria con futuro (se estima que el crecimiento del consumo será del 65% en los próximos 25 años). Los que vienen con la milonga de la subvención, suelen ser de los que, cuando se ven en la calle, llaman a la puerta del sindicato (¡los sindicatos! esos vividores, blabla…). Es una forma de no querer entender por qué los mineros han venido hasta Madrid, sacrificando sus futuros. La ceremonia de la confusión es rentable, porque así no te paras a pensar con claridad. Porque no sé muy bien qué puede suceder con su presencia en la capital, lo que sé es que están muertos: sin trabajo, sin futuro, y todavía les quedan las represalias a su vuelta. Cuando ya no esté el foco, cuando la gente esté ya a otro trending topic, es cuando las cuchilladas entran mejor. Ellos lo saben. Saben que su marcha no es un sacrificio de un mes y diez días, saben que su marcha es un sacrificio personal y la única salida.

Verán ustedes, la minería no es la única industria subvencionada. Cuando la producción de carbón empieza a ser deficitaria, los responsables del gobierno, los gestores a los diferentes niveles, tienen la misión, el trabajo, el deber, de reorientar laboralmente un sector. Probablemente atendiendo a criterios económicos, decidieron que era mejor subvencionar que reorganizar a todo un sector, o llevarlo al paro. Para reorganizarlo se necesitan tiempo, trabajo y talento, y de eso no hay. Lo mismo sucedió con la energía, y ahora producimos la energía más cara del mundo. Pero es que eso ha pasado con la ganadería, agricultura y la pesca, en la que España no es competitiva comparada, por ejemplo, con Marruecos. También han sido subvencionados por la Unión Europea. No somos competitivos porque se puede ser competitivo por calidad o por precio. Por lo segundo, no veo a nuestros niños cosiendo balones. Ser competitivos en calidad necesita un plan, una apuesta a largo plazo, y supone que nos convirtamos en una sociedad más inteligente, por tanto, incómoda para un país con unas castas superiores inmóviles desde hace siglos. Y dirán los neoliberales: que se jodan, si no son competitivos que se pudran.

Pues verán, lo primero es que si se pudre el noventa por ciento de un país, difícilmente va a ser competitivo en términos macro. Lo segundo es que en este puto país prácticamente NADA es competitivo. Las telecomunicaciones, sin ir más lejos. Hay pocas empresas más subvencionadas que Telefónica. No son subvenciones directas, son concursos sacados a medida y adjudicados a dedo. Puestos a hablar de neoliberales y subvenciones, el Ayuntamiento de Madrid de la Legionaria Ana Botella, se gasta doce millones de euros en asesores. Doscientos cincuenta y cuatro asesores, ni más ni menos. El gobierno del gestor Rajoy, cuenta con seiscientos treinta y dos asesores, ochenta de ellos sólo para él, que son veinte más de los que empleó Zapatero. La ultraliberal Esperanza Aguirre, siempre dispuesta a encontrar partidas de las que recortar, no lo hace de los treinta y cinco amigos a los que ha colocado en el gobierno de Rajoy, y a los que tenemos chupando del erario público. Es muy cómodo criticar la competitividad del otro, sentados en la poltrona de la autoindulgencia.

La propia Espe, tan fanática del desmantelamiento del Estado, esa gran traba para los negocios, se desayuna estos días con la subida del IVA, una medida que ella tanto amó en el pasado. Es maravilloso en estos días poder tirar de hemeroteca, y ver a Arturo Fernández, presidente de la patronal madrileña, alineado con su presidenta hace un año contra la medida. “La subida de impuestos es una medida que no funciona” decía. Siguiendo con los recortes, la frase “La subida del IVA tiene pros, todos para el Gobierno, y también contras, todos para los ciudadanos“, es de Soraya Sáez de Santamaría. Supongo que habrá que esperar a que el presidente de la Cámara de Comercio madrileña salga a la calle a poner carteles contra las subidas, como hacía el año pasado.

Esta mañana se consuma el robo: subida del IVA, reducción de sueldos a funcionarios, reducción de la prestación por desempleo, reducción de las empresas públicas, sumados a los recortes en derechos laborales, los recortes en sanidad en educación… ¿Qué pagan los causantes de la crisis? pues nada. Ahora lo paga el ciudadano y las políticas públicas, en un futuro próximo lo pagarán las empresas, bien mediante reacciones violentas, bien mediante el desplome de la demanda de sus productos. La oposición ha quedado también retratada: de cartón, estéril, sin un ápice de energía. Las claves cada vez están más en la calle. Espiral negativa, robo, estafa. Es difícil imaginar un sistema genere más desigualdad, mayores porcentajes de pobreza, y parezca más intocable. Su mérito está en la seducción, pero cada vez lo hacen peor. A gente que trabaja en la oscuridad de una mina, no es tan fácil seducirla.

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Ciudades S.A.

Atravieso una gran avenida, dejando a los lados Zara, H&M, Springfield, Nike Store, Swarovski, Bershka, McDonnald´s, Massimo Dutti, Pizza Hut, y otra buena ristra de locales que rocían las aceras con el aliento de su música, siempre jugando con la legalidad, y prometiendo un mundo acondicionado y mejor. Es el centro, sólo interrumpido por construcciones, más o menos históricas, en torno a las que se arremolinan turistas que aprietan sin cesar el gatillo de sus cámaras de mil pavos. Llego a las afueras y me siento perdido entre inmensos bulevares plagados de grandes complejos hoteleros y edificios acristalados de oficinas, en cuyas fachadas juegan con interminables rebotes las imágenes del hotel, o la oficina de enfrente. Estoy en Bruselas, pero podría estar en Lisboa, Madrid, Londres, Nueva York, o cualquier ciudad del mundo, porque todas son intercambiables e iguales. La ciudad soy yo.

Las ciudades se venden a caraperro desde que las pisas. Todo son eventos y festivales que buscan atraer al turista. El turista es un señor, con unos ingresos medios, que dedica en torno al 5% de los mismos en hacer una cosa que se llama viajar, y que se pone en los gustos, al lado de “pasear, leer, ir al cine“. El turista tiene un presupuesto limitado, y una oferta tremenda, así que las Ciudades S.A. tienen que buscar atractivos. El turista necesita recuerdos que almacenar y olvidar en las estanterías de su casa y de su cabeza. El turista convierte en histórico todo creyendo los cuentos locales, o vía Instagram. El turista olvidará todo lo que ve, incapaz de digerir nada, porque no quiere digerir nada. El turista revienta los maleteros de Ryanair, y grita y chilla, y vuela por cinco pavos. El turista lleva pantalones pirata, la camiseta de Cristiano Ronaldo y su nombre tatuado en el gemelo. El turista soy yo.

Las Ciudades S.A. buscan ser rentables convirtiéndose en todo aquello que el turista quiere ver. Ciudades S.A. pone a disposición del turista todo tipo de espectáculos que resuman su cultura en pocos minutos, vende su dignidad, y ofrece Zara, H&M, Springfield, Nike Store, Swarovski, Bershka, McDonnald´s, Massimo Dutti, Pizza Hut, y otra buena ristra de locales con los que el turista se sentirá también como en casa. Un turista contento es un turista para siempre. El turista siempre lleva la razón. Y no se trata de sacudir sólo contra una clase. El turista también se puede considerar por encima de la media, se puede auto-considerar viajero. El viajero se diferencia del turista en que lleva Ray-ban retro, camiseta de rayas, y buscan tiendas de discos y barrios sucios y chic. El viajero es un artista sólo comprendido por la comunidad minoritaria de artistas que, de verdad saben aprovechar un viaje. El viajero apunta sandeces en una Moleskine. El viajero es un target, y el viajero soy yo.

Ciudades S.A. subvencionan vuelos. El viajero y el turista están volando por cinco euros, pero no se preguntan por qué. El viajero y el turista son uno. Trescientos turistas y viajeros creen que un avión puede volar tres mil kilómetros por mil quinientos euros porque ya no ponen comida, y venden lotería y perfumes. Trescientos inconscientes desafían la ley de la gravedad sin preguntarse qué hay detrás de los duros a pesetas. La pregunta no es si deberían volar, es si deberían, si merecerían vivir. Trescientos cadáveres que, sumados a millones más, provocan con la sobresaturación del espacio aéreo, el cuarenta por ciento de las emisiones de CO2 que está mandando a tomar por el culo el mundo. Son trescientos cadáveres, y yo soy un cadáver.

La globalización es un laberinto de responsabilidades en cuyo final siempre estoy yo. MI vida es lo que sucede mientras me esfuerzo por encontrar otras salidas, por disfrazar la realidad para dormir tranquilo. El problema no es que todo esté interconectado, es que todo está muy evidentemente interconectado. Que te sabes culpable porque lo eres. Que puedes sacar tu dinero del banco, y ayudar a tu comunidad, y dejar de comprar cosas que no necesitas. Pero cuesta. Es difícil. No nos gustan las cosas difíciles. Nos enseñaron que de lo difícil no se saca beneficio porque no es económicamente rentable. Pues igual nos enseñaron mal.

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Razones

Esta mañana Nico, esa perra que ayer comió mierda de otro perro, me preguntó qué hacían todos esos furgones policiales en el barrio, y le contesté que esa pregunta me la podía hacer la niña de Rajoy, pero que ella no. Estuvimos de acuerdo en dejarnos de hablar, porque a Nico tampoco le gusta mucho la humanización, y a mi me parecía un recurso cutre para abrir fuego en el blog.

No menos de quince furgonetas, popularmente conocidas como “lecheras”, con tampoco menos de ocho antidisturbios por vehículo desplegándose desde la plaza de Cascorro hasta la calle Fray Ceferino, tanto por Ribera de Curtidores, como por Embajadores. El motivo de semejante operativo era proteger el desahucio de unos vecinos, cuyo destino fatal fue prorrogado en anteriores ocasiones por la mediación del apoyo vecinal. El cálculo del coste, a ojo de un servidor, no anda por menos de 9.000 euros. Operación Cacemos a Bin Laden MODO ON.

Se trata de Uddin y Hafiz, y cito textualemente la descripción facilitada en Stop Desahucios:

Uddin y Hafiz compraron hace cinco años un piso de 40 m2 que el banco tasó en nada menos que 248.000 euros, y donde viven muy modestamente junto a sus familias. Hace unos meses, Hafiz perdió su empleo, y Uddin, al que tras bajarle el sueldo gana poco más de 1.000 euros por su trabajo como camarero en un restaurante, no pudo afrontar él solo el pago de las cuotas hipotecarias impuestas por el banco, que ascendían a 1.500 euros al mes.

El banco se quedó con la casa por 151.000 €, el 60% del precio que según sus tasadores valía, reclamándoles una deuda pendiente de 235.000 € entre el capital pendiente de la hipoteca, intereses, costas, etc, casi la misma cantidad que le concedió por la hipoteca. Un negocio redondo que convertirá a estas dos familias en sus esclavas de por vida.

La sensación de violencia que he sentido de un vistazo, es difícilmente descriptible. Por un lado la imagen de Ribera de Curtidores como si estuviéramos en plena operación Elefante Azul, y por otro el quiosco de San Millán, luciendo lindezas como por ejemplo la vil portada de La Razón, tapando con basura cobarde las vergüenzas del banco podrido al que todos vamos a sanear, incluidos Uddin y Hafiz. Demasiado descarado, demasiado bestia, demasiado todo. El desmontaje del Estado de Bienestar, el pillaje de las capas altas, sabedores de que la nave va a la deriva, es grotesco. Y la falta de reacción popular, que no por esperada deja de ser también ridícula.

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Recelo

Sí señores, lo reconozco, me gusta ir al médico. Me da buen rollo, lo paso bien. A veces intento concienciarme, pienso en que mi empresa se podría hundir por las bajas constantes que pido, echo cuentas de los días al año que paso en la consulta de mi doctor, y llego a la conclusión de que lo mío es patológico, lo que me parece una magnífica excusa para acudir a mi sala de espera favorita, y en ese bucle ando. Es normal que me quieran cobrar otra vez por ir, tal vez así me lo piense dos veces.

Sí señores, lo reconozco, me gusta comprar medicinas. Pocas mujeres han podido acercarse a darme el placer que me reporta ver cómo el colegiado extiende una nueva receta. Antes el bolígrafo lo convertía en un acto romántico, ahora la impresora escupe mi pasaporte hacia la gloria: paracetamol, ibuprofeno, Talquistina, Voltarén, medias de descanso, pañales para las pérdidas de orina, Romilar, Fruidasa, Sintrón, Loratadina… llegar a la farmacia y ver cómo el licenciado comienza el ritual buscando entre cajones, y llega al punto álgido: el corte del código de barras. Al llegar a casa revendo las medicinas. O las tiro. En eso gasto los días, y es normal que me quieran cobrar otra vez por ellas, tal vez así me lo piense dos veces.

Sí señores, lo reconozco, me encanta viajar en Metro. No me lleven al Caribe, ni me quieran dar la vuelta al mundo, porque el Metro de Madrid es mi salvación. En invierno respiro la humedad a la que tan adicto soy, en verano el aroma a trabajo diario reconcentrado en axilas de poliester. Paso días enteros recorriendo líneas sin parar, apreciando cómo el usuario ha dejado de valorar el transporte público más barato de Europa. Vivo veloz en el suburbano, que me lleva de ambulatorio en ambulatorio, de farmacia en farmacia, buscando otros barrios donde todavía no me conozcan. En eso gasto los días, y es normal que me quieran cobrar cada vez más por usar el transporte público, tal vez así me lo piense dos veces.

Sí señores lo reconozco, adoro las autovías. Las quiero de amor loco, y estaría dispuesto a todo por seguir pasando esos maravillosos instantes de conducción. Curvas a izquierda y derecha, incorporaciones, cambios de rasante… tan poco valoradas por los estúpidos conductores, tan acostumbrados al todo gratis. El pasado mes de junio, sin ir más lejos, lo pasé realizando los treinta kilómetros de nacional dos entre Madrid y Alcalá de Henares. Una y otra vez, parando sólo a llenar el depósito. Del depósito hablamos luego, ahora hablemos de mi vida en las autovías, que en eso gasto los días, y es normal que me quieran cobrar otra vez por ellas, tal vez así me lo piense dos veces.

Tengo a un equipo de Mariano Rajoy pegado a mi culo. Esperan que les diga qué otras cosas me gustan. Me están metiendo prisa porque mañana hay rueda de prensa. Les digo que hablen con Esperanza, ella siempre encuentra partidas de las que recortar. Dicen que no, que prefieren que salga de mí, que lo mejor es menear el árbol y que caigan maduros los frutos de años de modelación sociológica. Lo reconozco, llevo años viviendo muy por encima de mis posibilidades, llevo muchos años siendo un ciudadano. Una mierda de ciudadano.

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