Ya

Desde hace casi dos semanas la vida se me ha empezado a dividir en fracciones de tres horas. Es el tiempo que separa las tomas de Mateo. Un bebé es un circo ambulante de la supervivencia. Se agarra a la teta como si le fuera la vida en ello, y es que le va la vida en ello. Duerme, recupera, cría legañas, muda su piel, pudre un cordón, y surca la casa entre virus y bacterias. Succiona su comida hasta el agotamiento, y grita cada vez que tiene hambre, frío o se siente incómodo. Él no sabe qué hace aquí ni por cuánto tiempo estará en este extraño lugar. Bienvenido al mundo.

En sólo un segundo ha pasado de vivir dentro a hacerlo fuera. De alimentarse por un tubo, a comer por la boca. Estrenando todos los sistemas posibles a la vez. Y funcionando, oiga. Los instintos son el manual de uso que vaya usted a saber quién escribió -nunca nos preguntamos por los autores del resto de libros de instrucciones-, y que nos permiten adaptarnos a un entorno completamente distinto, mientras estamos amenazados por todo.

Mateo nació en una madrugada de victoria de los Knicks en Atlanta, en una madrugada de negociación en plena huelga, en una madrugada en la que pasaban cosas antiguas, en cualquier caso. Entonces amigos y familiares ya habían puesto la máquina de parecidos y otros tópicos a pleno rendimiento, y éstos se repartían en furgones de esos que huelen a tinta y surcan las ciudades antes que que pongan las calles. Y luego tal y cual tío con flores y bombones. Y médicos, pediatras, cirujanos y matronas que se cambian de cara y se mezclan con el cansancio para sentenciar galimatías que ya leerás con calma.

Y luego te vas a casa y se cierra la puerta, y donde estabais tres, ahora hay cuatro, y Nico te mira desde el suelo pidiendo explicaciones. Nadie me ha preguntado qué se siente al tener un hijo, porque ya todo se presupone. Si alguien me lo preguntara tampoco sabría qué contestar. Sólo que me compré el periódico del día siguiente y todavía no lo he tocado.

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Canciones para él: “Misirlou”

Pulp Fiction

Recuerdo a mis padres subiendo cada domingo una docena de churros y el Diario 16. Con el tiempo, y mucho antes de la desaparición en 1998 de su diario habitual, empezaron a subir El País, que enganchaba a la chavalada con el Pequeño País y las historias de Mott, Lupo Alberto, Calvin y Hobbes, Spirou, Leo Verdura y compañía. Aquellos periódicos que subían mis padres fueron la última vez que se conjugaron el verbo subir vinculado al sujeto periódicos, el resto han sido Pedro Jota y decadencia.

Recuerdo a mis padres que el sábado no me escuchaban, pero el domingo sí y, en la comida me decían que si dije esto, o lo otro, o que si sacar tal o cual cosa me traería problemas. Uno de los momentos más patéticos de aquella época eran los resultados del Estudio General de Medios que aparecían cada demasiado poco tiempo. El EGM lo componen treinta mil llamadas telefónicas a personas que dicen qué escuchan a qué hora. Para que la respuesta sea válida, tienen que acertar con el nombre del programa, el nombre de la emisora, y el nombre del presentador, o presentadora del programa. Así de científico todo. Sabíamos perfectamente en qué semana la Asociación para la Investigación de Medios de Comunicación(AIMC)  realizaba el trabajo de campo, así que recibíamos instrucciones claras que nos dirigían a repetir nuestro nombre y el del programa de manera reiterativa, además de aumentar el número de cuñas de autopromoción.

Los resultados eran siempre geniales porque trabajar en la SER y que llegaran los datos del EGM, es como ser Nacho Vidal y mear en un urinario público. Eres el rey del mambo por decreto. La lectura de cualquier dato, llena de matices, se aplasta con el “liderazgo en todas las franjas horarias”, y todo el mundo gana siempre. Nosotros éramos los top, pero había quienes tenían la “mayor tasa de crecimiento interanual de 12:23 a 13:38″, el mayor “porcentaje agregado de oyentes deportivos fuera de temporada” y demás rimbombantes datos defensivos ante unas tarifas de publicidad en claro descenso. Estar en la SER el día después del EGM es como ser Nacho Vidal y mear en un urinario público apuntando para afuera, para que todo el mundo te la vea.

Periodistas de reputado prestigio, a quienes no consideraba zalameros para nada, eran arrasados esos días por un tsunami de euforia que se desparramaba por los locutorios y encontraba vía de escape por aquellos micrófonos Sennheiser. El EGM era el descorche, el champín. Cada veinte minutos se batía una marca, cada oleada era la mejor de todos los tiempos, y la progresión geométrica hacía creer que al final José Ramón de la Morena tendría más oyentes que ciudadanos había en España, que los inmigrantes cruzarían el Estrecho en patera para escuchar El Larguero y volverse, y que medio Ecuador había llegado a nuestro país para oír las sandeces de Gemma Nierga y, como no sabían que hacer por las mañanas, trabajaron en la construcción y provocaron el boom del ladrillo (apunta, Mariano).

Había presentadores tan rematadamente falsos, que pretendían hacer creer que sólo contaban los datos del EGM como forma de agradecimiento a los oyentes. Yo hacía radio para Tomasa. Tomasa era una señora desocupada que vivía por y para marcar el teléfono de la radio. Fuera el día que fuera, y abriera el teléfono con la excusa de lo abriera, Tomasa era la primera. Tan era así que para mí era un personaje más del programa y, cuando tenía dudas, abría el teléfono, porque era la excusa para que apareciera Tomasa y si algún día no llamaba me preocupaba, porque sería que tenía medico o que había ido a ver su prima de Chiloeches. Yo hacía radio para Tomasa. Creo que no se puede hacer radio si no piensas en una persona que te está escuchando. Ese era mi EGM.

Mis padres ya no suben periódicos por aquello de seguir las tendencias del mercado, pero supongo que ayer padecerían como yo la borrachera de datos sobre récords históricos emergiendo en minutos en los que la misión de los medios es contar cosas más allá de sus ombligos, como por ejemplo la brutal crisis económica que ha acabado con una industria de la que no quedan ni los cimientos. Sólo queda el saqueo, las payasadas del tuitero de Recoletos, y el jamón cinco jotas con el que desayuna Cebrián. Sólo queda Tomasa, que tenía sintonía, y es la canción que hemos escogido para ti hoy.

 

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