Cava valenciano

Quienes vivimos en Madrid tenemos la suerte de tener una alcaldesa que jamás se ha postulado para el cargo en unos comicios, y a un presidente de comunidad autónoma que tampoco. Ese presidente de cutis complejo, Ignacio González, aseguraba ayer, preguntado por Telemadrid, que sólo sobreviviría si no era deficitaria. Imagino que esa idea de servicio público y rentable, se aplicará al resto y que, por tanto, el Ayuntamiento que dirige Ana Botella echará el cierre de inmediato, enterrado por los los 6.204 millones que debe.

Ayer los empleados de Canal 9, desatados sin el yugo de su dirección, comenzaron a decir que habían invertido el dinero de todos los valencianos en contar mentiras, y se quedaron tan frescos. Que no podían decir esto, que les obligaron a contar lo otro. Como si hubieran nacido predestinados para trabajar en la radio televisión pública, y hubiera un vestidor en el que se tuvieran que dejar la dignidad. Como si hubieran tenido que trabajar a punta de pistola, como si marcharse les hubiera resultado imposible. Luego nuestros políticos son unos infames que jamás dimiten.

Ayer esa banda de dóciles dejó de serlo y repetían una y otra vez que no se cierra. Pues miren, sí se cierra. Ni los números salen, ni el sector audiovisual público ha sabido dotarse de valor para la sociedad española. Igual es inútil sacar delanteros en el tiempo de descuento. Igual son actores irrelevantes para contar el relato de una sociedad. Ya sólo quedan restos del naufragio y violinistas del Titanic que se esfuerzan en sonar estupendo para su último concierto. Así La Razón sigue paladeando la resaca de su descomunal fiesta de aniversario, en la que sólo faltó Froilán pasando tickets con descuento, mientras El País pone barra libre -y a David Delfín- para festejar la salida de un nuevo muerto en forma de revista.

Las direcciones periodísticas de este país han cavado la tumba de su industria al mismo ritmo que dilataban el tamaño de sus estómagos. Pero las migajas están ricas. Cuando un accidente de metro con 43 muertos y 47 heridos no abre un informativo dice tanto de la dirección como del último maquillador. Mientras en UK, The Guardian intenta generar nuevos formatos de relación con los nuevos lectores, siguiendo la senda que ya marcara el NYT, aquí las cosas se solucionan cerrando una sala de fiestas y tirando de cava. Valenciano, por supuesto.

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Recelo

Sí señores, lo reconozco, me gusta ir al médico. Me da buen rollo, lo paso bien. A veces intento concienciarme, pienso en que mi empresa se podría hundir por las bajas constantes que pido, echo cuentas de los días al año que paso en la consulta de mi doctor, y llego a la conclusión de que lo mío es patológico, lo que me parece una magnífica excusa para acudir a mi sala de espera favorita, y en ese bucle ando. Es normal que me quieran cobrar otra vez por ir, tal vez así me lo piense dos veces.

Sí señores, lo reconozco, me gusta comprar medicinas. Pocas mujeres han podido acercarse a darme el placer que me reporta ver cómo el colegiado extiende una nueva receta. Antes el bolígrafo lo convertía en un acto romántico, ahora la impresora escupe mi pasaporte hacia la gloria: paracetamol, ibuprofeno, Talquistina, Voltarén, medias de descanso, pañales para las pérdidas de orina, Romilar, Fruidasa, Sintrón, Loratadina… llegar a la farmacia y ver cómo el licenciado comienza el ritual buscando entre cajones, y llega al punto álgido: el corte del código de barras. Al llegar a casa revendo las medicinas. O las tiro. En eso gasto los días, y es normal que me quieran cobrar otra vez por ellas, tal vez así me lo piense dos veces.

Sí señores, lo reconozco, me encanta viajar en Metro. No me lleven al Caribe, ni me quieran dar la vuelta al mundo, porque el Metro de Madrid es mi salvación. En invierno respiro la humedad a la que tan adicto soy, en verano el aroma a trabajo diario reconcentrado en axilas de poliester. Paso días enteros recorriendo líneas sin parar, apreciando cómo el usuario ha dejado de valorar el transporte público más barato de Europa. Vivo veloz en el suburbano, que me lleva de ambulatorio en ambulatorio, de farmacia en farmacia, buscando otros barrios donde todavía no me conozcan. En eso gasto los días, y es normal que me quieran cobrar cada vez más por usar el transporte público, tal vez así me lo piense dos veces.

Sí señores lo reconozco, adoro las autovías. Las quiero de amor loco, y estaría dispuesto a todo por seguir pasando esos maravillosos instantes de conducción. Curvas a izquierda y derecha, incorporaciones, cambios de rasante… tan poco valoradas por los estúpidos conductores, tan acostumbrados al todo gratis. El pasado mes de junio, sin ir más lejos, lo pasé realizando los treinta kilómetros de nacional dos entre Madrid y Alcalá de Henares. Una y otra vez, parando sólo a llenar el depósito. Del depósito hablamos luego, ahora hablemos de mi vida en las autovías, que en eso gasto los días, y es normal que me quieran cobrar otra vez por ellas, tal vez así me lo piense dos veces.

Tengo a un equipo de Mariano Rajoy pegado a mi culo. Esperan que les diga qué otras cosas me gustan. Me están metiendo prisa porque mañana hay rueda de prensa. Les digo que hablen con Esperanza, ella siempre encuentra partidas de las que recortar. Dicen que no, que prefieren que salga de mí, que lo mejor es menear el árbol y que caigan maduros los frutos de años de modelación sociológica. Lo reconozco, llevo años viviendo muy por encima de mis posibilidades, llevo muchos años siendo un ciudadano. Una mierda de ciudadano.

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Huimos

Ayer, un poquito enfadado como estaba, ya les comenté que “el mercado” es una especie de entelequia, que parece representar la coherencia y el buen gobierno, y que en realidad no son más que los intereses, a veces incluso azarosos, de los más poderosos.  Me quedé calvo, por cierto. Todos parecemos intuir esa realidad, pero para la opinión pública parece una reflexión demasiado elevada. Hoy desayuno leyendo que que el señor mercado, perdona los escándalos de News Corporation, básicamente porque el mercado conoce poco de ética.

El mercado es un acto de fe, y sirve para justificar todo. Con las palabras “mercado” para la política exterior, y “terrorismo” para la interior, podríamos poner un piloto automático en casi cualquier gobierno del globo. Ayer escucho en la radio al Consejero de la Comunidad de Madrid, Antonio Beteta, hablando de la subida de 1 euro a 1,50 del billete sencillo de metro. Dice una frase tal que así “Para la gente puede parecer una subida, que para mí también lo es, pero en realidad, se trata de una actualización del precio“. Sin desperdicio.

Mercado y terrorismo, equivalen en lo familiar a los hijos. Por los hijos se roba, o se mata. Pero por los hijos también se mantienen parejas quebradas y podridas, o se asumen formas de vida cuestionables, o se aceptan trabajos ingratos, pero seguros, o se hacen horas extras sin cobrar, o … (rellenen los puntos suspensivos con los casos que han vivido) En definitiva, todo son atajos para la ética. Son palabras y conceptos, que nos sirven para huir del análisis, para dar esquinazo a la honestidad, y dejarnos llevar por la corriente.

Y la corriente sí que no es azar. La corriente se construye con mimo, y nos llega en forma de historias “normales” en cada pequeño testimonio televisivo, en cada conversación de barra de bar, en cada mensaje publicitario. Una normalidad que decimos aborrecer, pero a la que nos abrazamos con cualquier excusa. Mi mujer me preguntó en Costa Caparica si me iba a bañar. Le dije que no.

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Buenas Vibraciones

Fue hace años. Vagaba por el Muelle de Gijón, que es una acción menos elástica de lo que parece, cuando me dejé guiar por un mínimo festival que me hizo aterrizar en un espigón aquella noche de agosto. No más de diez personas escuchando la música que había preparado un tal Ibon Errazkin.

Conocía al dj por aquel vinilo que pedí por correspondencia a Elefant Records, en un lote con el Impermeable de Carlos Berlanga, y un par de singles, de Metro y de Sing Sing. Elegí un maxisingle de Le Mans, una de las etiquetas con las que el donostiarra ha aportado música a los mortales. Pero aquella noche Ibon Errazkin estaba arriesgando con una colección de canciones absolutamente variopintas, mezclando estilos y ensamblándolos a la perfección. Jugó con las sensaciones de cualquier popero, levantándonos con el soul, el r&b, el hiphop… en una sesión fresca, sabia, emocionante.

El final nos dejó boquiabiertos: una versión de Good Vibrations de los Beach Boys, a cargo de un coro de niños. Final soberano. Brutal. Al punto que me obsesionó encontrar aquella canción, que me dió vueltas en la cabeza durante años. A fe que la busqué. Mails al sello de Errazkin, tiendas de discos, peinando la red…

La última pista me dejaba en un coro de niños de Chicago, el típico coro que va de guay por cantar a Nirvana. Y sin posibilidades de encontrar sus grabaciones. Su búsqueda me llegó a hacer parecer un loco gilipollas en las tiendas de discos. Les preguntaba por un coro de niños, que versionaba a Brian Wilson, que si les llegaba algo…

Pasa que muchos años después, vuelves de vacaciones y buscas información sobre un fanático ultraderechista noruego, y te encuentras un artículo sobre The Langley Schools. Te cuenta que el ser vivo tras el proyecto se llama Hans Fendger, que Brian Linds lo puso en manos y oídos de unos cuantos (probablemente de Ibon Errazkin). El post vale mucho la pena, y ofrece varias canciones del proyecto. Entre otras, esta:

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De Bucles

Volver al metro en hora punta es volver a la ciudad. A las novelas al peso, a los olores. Joder, a los olores. La gente huele mal desde primera hora de la mañana. No han empezado sus jornadas de oficinistas, no han comenzado el carrusel de vídeos de youtube y jueguecitos para pasar las horas, y su transpiración ya es una capa insoportable que les coloca en el mercado de los guarros cuando, se supone, tienen contrato en la plantilla de los limpios. Y blindado, dirán a sus amistades.

El poliester es el peor enemigo del trabajador, del currito, del white collar worker, que es tan blue como Frank Lampard. La primera gota de sudor, esa que se presenta con el cambio de temperatura ente la nevera de las ocho de la mañana y el horno del suburbano, multiplica sus nefastos efectos oloríficos gracias al tejido de moda, al puto plástico. Cuando te hablan de ropa que no necesita ser planchada hay que sospechar que tiene truco, ya que todo en esta vida tiene reverso.

Ellos lucen camisas chungas, baratas, de El Corte Ingles (y nuestro buen amigo Dustin) y ellas se embuten en tops coloridos si tienen tipo que lucir, o discretos si presentan su candidatura a miss Morcilla de Burgos 2011. Pero todos huelen fatal. Enseguida entra la cascuda con su colonia cascuda con su aroma cascudo, que impide que puedas dar de sí los pulmones, como si te pusieran un palo en los radios de la bicicleta. Eso es la ciudad.

Leemos diarios gratuítos, que es prensa sms, captamos opiniones de office para poder sociabilizar y ser normales en el café de máquina, o hacemos sudokus porque somos superinteligentes. Las guapas apartan la mirada, no vaya a ser que las violes en el vagón. Con saberse deseadas les basta. Ellos fichan canalillos. A machete. Como si las tías fueran gilipollas. Son piropos de obra en versión mute. Nadie ríe. Nadie. El metro es un sitio que transporta gente que se viste de triste.

Obreros que, por su aliento, desayunan chococríspis con cazalla, latinas con una gama cromática en su laca de uñas, que deja la galería Leandro Navarro a la altura del betún. Llego al curro, abro sesiones, leo el correo, los feeds, miro agenda, salgo a fumar, entro en el bucle “buenas“, como mal, le doy vueltas al coco,  se las vuelvo a dar, salgo a fumar, sigo en el bucle “buenas“, le vuelvo a dar vueltas, las encierro en un PPT y me voy. Vuelvo a casa. Saco a Nico, veo a gente, tuiteo, veo a gente, y a las diez me doy cuenta de que llevo todo el día en la ciudad. En una ciudad sin nombre, pero con ley. Son las diez, tengo la ventana de arriba abierta y oigo cómo los pájaros cenan en zigzag.

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Metro Suances

Volver al metro en hora punta es volver a la ciudad. A las novelas al peso, a los olores. Joder, a los olores. La gente huele mal desde primera hora de la mañana. No han empezado sus jornadas de oficinistas, no han comenzado el carrusel de vídeos de youtube y jueguecitos para pasar las horas, y su transpiración ya es una capa insoportable que les coloca en el mercado de los guarros cuando, se supone, tienen contrato en la plantilla de los limpios. Y blindado, dirán a sus amistades.

El poliester es el peor enemigo del trabajador, del currito, del white collar worker, que es tan blue como Frank Lampard. La primera gota de sudor, esa que se presenta con el cambio de temperatura ente la nevera de las ocho de la mañana y el horno del suburbano, multiplica sus nefastos efectos oloríficos gracias al tejido de moda, al puto plástico. Cuando te hablan de ropa que no necesita ser planchada hay que sospechar que tiene truco, y que todo en esta vida tiene reverso.

Ellos lucen camisas chungas, o bien baratas o bien de El Corte Ingles (y nuestro buen amigo Dustin) y ellas se embuten en tops coloridos si tienen tipo que lucir, o discretos si presentan su candidatura a miss Morcilla de Burgos 2009. Pero todos huelen fatal. Enseguida entra la cascuda con su colonia cascuda con su aroma cascudo, que impide que puedas dar de sí los pulmones, como si te pusieran un palo en los radios de la bicicleta. Eso es la ciudad.

Leen diarios gratuítos, que es prensa sms, captan opiniones de office para poder sociabilizar y ser normales en el café de máquina, o hacen sudokus porque son inteligentes. Las guapas apartan la mirada, no vaya a ser que las violes en el vagón. Con saberse deseadas les basta. Ellos fichan canalillos. A machete. Como si las tías fueran gilipollas. Son piropos de obra en versión mute. Nadie ríe. Nadie. El metro es un sitio que transporta gente que se viste de triste.

Obreros que, por su aliento, desayunan chococríspis con cazalla, latinas con una gama cromática en su laca de uñas, que deja la galería Leandro Navarro a la altura del betún. Llego al curro, ficho, recibo llamadas, ficho, fumo, ficho, recibo llamadas, ficho, fumo, ficho, recibo llamadas, ficho, como Risketos, ficho, recibo llamadas, ficho y me voy. Vuelvo a casa, me preparo una ensalada, abro mi sesión para moderar comentarios. Hago la casa, modero, me ducho, modero, tonteo con Nico, modero, juego a la Play, modero, y a las ocho me doy cuenta de que llevo todo el día en la ciudad. En una ciudad sin nombre, pero con ley. Son las diez, tengo la puerta del patio abierta y oigo cómo los pájaros cenan en zigzag.

Pd para la Ojosdehuskysiberiano: siempre me pides referencias, pues mírate a Quim Monzó. Está bastante bien.

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Próxima estación: Lorca

guerra_civil

Ayer iba en el metro y vi a una treintañera leyendo a García Lorca. No soy un flipao de Lorca -a nivel Ian Gibson- pero me mola, es una especie de poeta flamencopop. Su teatro me dice más (el amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín es cojonuda), y su figura es noticia porque van a escavar en la fosa común en la que yacía desde que lo fusilaron los chavalillos aquellos del 36. Se pongan como se pongan y pase el tiempo que pase, sólo con ver a la chica con su libro, puedo saber qué periódico compra, qué emisora de radio escucha, a qué partido vota, qué tipo de pelis va a ver al cine, por qué garitos de mueve, en qué barrios le gusta salir… Se pongan como se pongan y pase el tiempo que pase, cada vez que un político del PP abre la boca -además de que sube el pan- me entra una especie de sarpullido con picor. Bueno, igual yo no soy un ejemplo válido, porque cuando lo hacen los políticos del PSOE me pasa tres cuartos de lo mismo, pero me pica un poco menos.

Este país está dividido, porque un día a un señor se le puso por los huevos (bien pequeños los tenía, por cierto) cambiar los designios que se habían elegido democráticamente y eso, por narices, tiene que salir a flote en cada esquina. Sobretodo cuando en la gran trampa de la Transición, todo se hizo tan mal. En el prefacio de la constitución portuguesa, tras la Revolución de los Claveles, aparece una condena expresa al regímen dictatorial anterior. Aquí no. Es como si no hubiera pasado nada, como si no hubiera habido un golpe de estado ilegal y cuarenta años de represión necia. Es como en esa familia (la mía, sin ir más lejos) en la que hay un problema y nadie lo habla, ergo, no hay solución.

Nada, pondré la radio y un tío con voz de gilipollas me dirá que ya está aquí el weekend… y a tomar por culo. Jodida ignorancia, jodida irracionalidad, jodida gente que opina sin tener ni puta idea, sin haber dedicado un minuto a la reflexión, de manera gatuíta. Que vuelvan los postulados griegos. Señoras, señores, alzo la copa de Pamperocola al Sol y pido un brindis:

¡¡Por la Tercera República!! (o por la meritocracia)

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No voy

Run!

No me lo puedo explicar. Ni me duelen las rodillas, ni los tobillos, ni nada. Pero llevo dos días que no voy. Que salgo a correr y no encuentro el ritmo, la respiración, me agobio, me aburro, me canso. No atisbo la motivación. Puede ser que tengo el cerebro distraído, confundido y, ya se sabe, el cerebro da vacaciones a las articulaciones… y todas esas putas mierdas que nos dijeron en La vida es así.

No me concentro, no se lo que quiero, ni a quién. No sé hacia donde tirar, no sé qué debo hacer o, por lo menos, qué se supone que debo hacer. Igual debería evadirme, simplemente, pero ¡si lo tuviera claro…! Y así va pasando el tiempo, y así me planto en medio de junio con la declaración sin entregar -otro año que casco, los del fisco me deben ver la cara de gili- y todo por hacer. O ya deshecho, que no es lo mismo, aunque lo parezca.

Ayer me alegró el combinado nacional -y no me refiero a DICcola- con su juego definitivo, alegre, profundo. Me moló que Xabi Alonso jugara tan bien. Me siento muy identificado con él. Es un jugador de los que saben de fútbol, que no ha encontrado un hueco en la selección, pero que tiene taaaanta clase… También me molaron unos detallitos de Cazorla (de Gijón también) y un par de planos de Luisel monoAragonés. Los que no lo conozcan fliparán. Millón y medio de llúros le pagarán los del Fernbahche turco la temporada que viene. ¿Le saldrá a devolver al mono?

Me podría devolver algo Hacienda. A cambio de mi dinero, me podrían ingresar algo de identidad, o bienestar, o concentración. Algún plan… no sé. ¿Para qué sirves maldita Agencia Tributaria?

Por cierto, esta noche me voy del tirón a ver a Raphael al metro. Es un indy.

Arrastrar la dura cadena
trabajar sin tregua y sin fin
es lo mismo que una condena
que ninguno puede eludir

El trabajo nace con la persona
va grabado sobre su piel
y ya siempre le acompaña
como el amigo mas fiel
Trabajar con nieve y con frío
con la fe del que ha de triunfar
porque el agua que lleva el río
no regresa nunca del mar

El trabajo nace con la persona
va grabado sobre su piel
y ya siempre le acompaña
como el amigo mas fiel
Vale mas tener esperanza
y luchar por algo mejor
trabajar con fe y esperanza
por lograr un mundo mejor

El trabajo nace con la persona
va grabado sobre su piel
y ya siempre le acompaña
como el amigo mas fiel.

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