La metáfora

Llegué tarde a casa, en una noche de perros, de esas que últimamente vienen en packs semanales de diez días de lluvia consecutivos. La gabardina estaba empapada y el frío me lanzaba latigazos en forma de escalofríos hasta los pies. Cuando el cuerpo se aburguesó en el calor de casa, noté una especie de toquecitos en la puerta del patio. Al abrir, encontré que ese ruido salía del golpeo del pico de una paloma moribunda en la puerta de madera.

Allí estaba. Gorda, achaparrada, con la cabeza hundida, mojada, sabedora de que le quedaban dos telediarios. ¿Y ahora qué?, ¿Qué se supone que se ha de hacer en esos casos?, ¿Localizar a su familia?, ¿Llamar al 112?. Cerré la puerta para pensar, pero saber que la muerte está a tres metros, me impidió tomar alguna solución más naturalista y cabal. La metí en un cubo, e hice lo que hace cualquier sociedad occidental, la eché a la calle y que muera en la esquina de La Escuadra con Primavera.

Al lanzarla desde el cubo, pretendiendo el aleteo que no llegó, cayó a plomo contra el suelo. El ruido del pico contra el asfalto, me recordó a aquella vez que una señora se cayó por las escaleras de El Corte Inglés. Un crack muy nítido y claro, el sonido fatal de la muerte. Volví a casa y la dejé muriendo bajo la lluvia. Si en vez de caer en mi patio, lo hubiera hecho en Leganés, el doctor Montes hubiera sabido qué hacer con ella, le hubiera dado dignidad, pero yo no supe.

Anoche 2009 tuvo forma de paloma, y quiso irse antes de tiempo.

Que paséis buena noche. Y no hagáis el cafre.

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