El blog que no gusta

El otro día un tipo me dijo que mi blog nooo… Que nooo… Que no… me pillaba bien. Lo entendí. No es que sea de un nivel intelectual superior, o esté escrito en castellano antiguo, que para eso ya está Juan Manuel de Prada. Lo que me quería decir era que un día hablo de una cosa y otro de otra, y casi siempre con un criterio regulero.

Ya veo a los listos de los huevos: que si la especialización, que si el posicionamiento… Hay quien no se cree que no tenga pretensiones con el blog. Una cosa es que sea un pretencioso de mierda en mi vida, en mi día a día, en mis conversaciones y acciones, y otra es que afile todas y cada una de las cosas que hago, hacia ese objetivo. No me interesa tener muchas visitas.

El blog es personal, en él cuento lo que me viene en gana, más que nada porque soy incapaz de disciplinarlo, y porque me gusta hablar y compartir cosas que pienso sobre temas variopintos. Si me centro en un tema, contacto con gente de ese sector, establezco relaciones, enlaces, mejoro mi posicionamiento, me convierto en una referencia, Tatá, Mimí, Fofó, Tutú.

Ahora mismo tengo a unas 150 personas que me leen cada día. Ni 1, ni 15 millones. 150 seres vivos, 5 clases de un colegio, que se meten a ver en qué cojones ando. La cuestión es que me gusta tanto encontrarme a gente que le gusta el blog, como a gente a la que no le gusta. Me interesa no generar indiferencia. La única idea con la que posteo es la de no defraudar a aquella persona que pone en Googlesu perfecto caballero británico“, y se encuentra con esta colección de cosas inconexas.

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