La increíble teoría del joven-viejo

Repasemos la situación, mi teniente: son las cuatro de la mañana y no puedo seguir durmiendo, supongo que por el calor. A la una y media pensé lo mismo y volví a dormir. Volví a dormir, y soñé que estaba en mi colegio, cantando con Kelly Jones una versión de Starman, que yo hacía la segunda voz, y que no se me oía. “There’s a starman waiting in the sky, Hed like to come and meet us, But he thinks he’d blow our minds…“, y nada. La gente mirando con cara de “no se te oye“. Despierto. Cuatro de la mañana. Voy a buscar jugadas de James Harden en youtube. Mi mujer está durmiendo, mi perra está durmiendo, mi vecindario está durmiendo, y yo viendo jugadas de James Harden en youtube. Seremos veinte vecinos, no hay luces, sólo yo sucumbo al calor. Un cinco por ciento no está mal. Siempre que alguien piensa en el cinco por ciento de algo malo, piensa que a él no te va a tocar. Somos víctimas de nuestro optimismo.

Me he despertado porque llevaba quince noches durmiendo a pierna suelta en Gijón, y eso sí es vida. El norte es la vida. Evidentemente en las agencias de viajes no aparecen pósters con señores durmiendo plácidamente, porque no es nada sexy, pero si se pudiera definir la calidad de vida sería muy parecido a dormir bien. Tener calidad es dormir. Messi tiene que dormir como un hijoputa. Un póster de Messi durmiendo sí puede encajar. “Las vacaciones de tus sueños”, algo así. Pero eso no pasará, porque la industria del turismo está controlada por el lobby del Sur. Sí, esos que comen pescados en fase de desarrollo, aniquilando la biodiversidad de sus costas, y bebiendo vino fino.

El rollo es que como un etarra cualesquiera, me he levantado pensando en Rubalcaba. En concreto en las imágenes que vi ayer de la medalla de la judoka Almudena Muñoz en Barcelona 92. En los míticos Juegos de los que se tira ante la nulidad metálica de Londres. MIrad, éramos buenos. Somos estos, los de las medallas. Vale, volvemos Rubalcaba, plis, gracias. Resulta que enfocan a unos jóvenes reyes de España, y que se nos cuela en la esquina superior izquierda, bajo el viejo logo de Tve2, un joven-viejo Rubalcaba y aquí aterriza la teoría de que existen los joven-viejos, y que se podrían definir como personas de poca edad real, pero que lucen rasgos de viejo recién estrenados, calvas, barrigas, canas, o looks de viejuno, pero nuevos del trinque. No sé de donde viene la expresión, pero trinque y político quedan bien. Haha. Qué demagogo, qué bien. Qué valiente en su blog. Ya.

Es de sobra conocida la teoría de los señores que envejecen como señoras -léase Paul McCartney-, o la gente que envejece cual chica rejuveneciendo -como David Bowie– que, cuando no pueden aguantar más el paso del tiempo, desaparecen de la faz de la tierra mientras se publican grandes éxitos sin rubor. Luego hay quien opta por autoenvejecerse, como Nicole Kidman, que confesaba hace poco que se había desintoxicado del bótox, y que ya podía mover la frente. Lo malo de ser irónico es que si dices algo así impactante en serio, no causas ningún efecto porque la gente está acostumbrada a oírte o leerte cualquier cosa. Lo bueno de ser irónico es todo lo demás.

En la imagen Pérez Rubalcaba, Alfredo P. Rubalcaba, Ruby, o como coño les dé a sus asesores de imagen para la próxima campaña -porque es inmortal-, además de lucir esas fauces tan características, aparece con cuarenta y un años. Para que nos hagamos una idea, hoy tienen cuarenta y un años Richard Ashcroft, Carme Chacón, Sofía Coppola, Roy Keane, o Ewan McGregor. Comprenderán que Alfredo en esas imágenes, parecería tener su edad actual, sesenta y uno, de no ser porque los joven-viejos no son tan fáciles de encajar en los cánones habituales. Es muy complicado calcular la edad de un joven-viejo. Es decir que ahora no aparentaría ochenta y un años, aunque sí por los detalles: arrugas, ojeras, mirada, calva, complexión, sería falso afirmar que podría confundirse con un ochentón, porque si algo tiene un joven viejo es que es viejo, pero también joven. No sé si se me entiende. Vuelvo a la cama.

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Gracias

Es posible que se trate del fin de un ciclo, o es posible que no. Si el mejor jugador del mundo hubiera marcado el gol más fácil del mundo, y la uña del dedo del portero checo no hubiera desviado a un palo que se hizo gigante, su enésimo gol, habríamos hablado de otra goleada más, liderada por la pulga. Pero no fue así, y la casi cincuentena de disparos en la eliminatoria quedarán ocultos tras la caricatura del análisis fresco y ligero de la mañana. Se les vio cansados, enredados en su posesión, como yo me he enredado en la apertura de este post.

Todo el mundo juega para ganar. Eso lo decían los dibujos animados y se sabe con antelación, pero hay quien ve necesario ganar desde la trascendencia, y a quien no le importa hacerlo en un callejón oscuro. A mi tampoco me ha importado nunca, excepto si me intentan convencer de que el callejón es, en realidad, un extraordinario bulevar. No les negaré que, si me dan a elegir -y hay presupuestos que permiten elegir-, voto por la trascendencia y la búsqueda de lo sublime. Será porque soy ateo, y no espero tener una vida mejor después de esta. Igual porque soy pobre y lo único que puedo dejar en herencia son las cosas algo mejor de lo que estaban cuando me las encontré.

Guardiola no es un remilgado frívolo obsesionado con la trascendencia. Por el contrario, opino que sólo sabe encontrar resultados desde la belleza. Sabe que sólo puede sobrevivir manteniendo distancias y luciendo máscaras, como su equipo sólo lo puede hacer desde la posesión y el toque. Ha visto cómo el Camp Nou devoraba entrenadores, y su salida como jugador fue una muestra del maltrato con los ídolos. Conoce, sabe, reflexiona y actúa. Y lo hace por pura necesidad.

Su concepto del fútbol es eterno, reconocible, emocionante. Durante cuatro años ha mantenido a un equipo jugando como nadie lo había hecho, y ganando. Y ganar no es fácil. Pero es más difícil jugar bien.  Como el partido que perdió ayer, había ganado unos cuantos. Supongo que cuando pasen los años todo el mundo recordará a este equipo fantástico, como quien recuerda a Sócrates, Elder, Jairzinho, Falcao, o el resto de jugadores que no ganaron el Mundial de España, pero que dejaron una huella imborrable. Supongo que olvidaremos a otros que hayan ganado tanto como los hermanos Neville, Irwin, o Roy Keane, que acumulan miles de millones de Premier Leagues.

El convencimiento que desde el buen juego llegan resultados, sólo se ve mermado por entrenadores y jugadores mediocres, incapaces de crear belleza, empecinados en defender su falta de talento construyendo todo un mundo de justificaciones, amparados por el fútbol. Porque al final esto es fútbol, un deporte abrasado por factores casi nunca controlables, un deporte en el que los que juegan mal también ganan. Y por eso es bonito. Pero que no nos hagan de la minoría  estadística una ley, por favor. En estos años hemos llegado oír a los que vibran con la selección, armada desde el Barcelona, que en sus estadios se silbaría el buen juego.

Como en la música, el cine, la pintura, o cualquier otro arte, la belleza y el mérito no está en el ruido, la velocidad, el número de brochazos o la sensación de vértigo. El mérito está en conectar con el corazón de la gente, en interpretar deseos, en anticipar pases como quien anticipa conclusiones, antes de que el espectador lo espere. Y luego en hacer cosas inesperadas por difícilmente imaginables,que es a lo que nos acostumbró Messi. Por eso ya no pasa nada, porque ya generaron suficientes recuerdos para que los tengamos siempre prendidos al corazón, que es el órgano con el que se ve el fútbol.

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