Sudando En El Jardín

Ni siquiera tenía ganas de hacerme preguntas, cuanto menos de llorar. Atravesé las Letras intentando que no se me viera cerca de haches o que nadie pudiera reconocer mi figura frente a una i griega. No me interesa que la gente me asocie a caracteres que crean confusión en los colegiales, quiero cosas fáciles, tramposas, mayúsculas. Tampoco quiero acercame a las cuatro letras que forman la palabra maldita, cuestión de ritmo.

Sin esperarlo noté miradas de francotiradores desde las azoteas, que cargaban sus fusiles con canciones y disparaban con tilde, como si estuviéramos en Mostar y tuvieran alguna necesidad de verme abatido sobre la acera. Ya sé que debería tener asumidas las balas, que mi organismo debería metabolizarlas y usarlas a su favor, pero no sabe. Hay veces que las preguntas más complejas tienen respuestas así de simples: pero-no-sabe.

Una me ha dado. Iré arrastrándome durante un tiempo, dejando un pequeño reguero de sangre, porque lo he visto en las películas, y es así. Y cuando la policía me descubra -porque sus perros habrán olido la sangre- y me encañonen con sus focos, del disfraz de tipo seguro saldrá un crío que se irá del lugar del crímen tarareando una canción de Quique González.

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