in marketing

The art of cleaning

“Llegaron demasiado tarde los dueños del teatro, los guardianes de los textos, los administradores de lecturas. ¿Cómo voy a pronunciar (…) palabras-proyecto, palabras-mensaje … palabras-denuncia?. (…) Ellos, los gestores de la integridad, han prostituído el discurso de la vida. Ellos, que no entienden de contenidos más allá de la ficción que su interés genera e imponen. ¿Cómo voy ahora a organizar mi resistencia, cómo mi estrategia, cómo mi compromiso, si cuando grite libertad nadie emprenderá cerca vuelo autónomo alguno?”

Román Reyes

Hace más de una década Marc Parrot, entonces el Chaval de la Peca, ponía sonido a la libertad en el spot de una compañía de telefonía móvil. Te invitaban a ser libre, y Román Reyes insistía en la imposibilidad de construir un discurso dado el lamentable estado de las palabras. Guardar silencio -nos decía- es un acto de rebeldía. Las palabras gastadas, comidas por la maquinaria de venta, siempre funcionando al cien por cien. Tan es así que hemos entrado de lleno en la Sociedad del Crédito, en el consumo hoy del capital de mañana. Oficialmente. Ayer. Y todo por la seducción que generan los departamentos de marketing y publicidad, por la promesa de una vida material plena. Siempre atentos a desarmar cualquier intento.

Nike, o Puma contratan coolhunters, cazadores de tendencias, que se mueven por las canchas de basket de los barrios periféricos de los USA, dispuestos a tomar notas del atuendo de los influyentes del barrio y, por qué no decirlo, a conseguir su amistad, y sugerirles tal o cual zapatilla. Hay niños prometedores que, a los siete años, ya han firmado con Adidas. Telefónica, la compañía que se desangra a la velocidad del ADSL, utiliza asambleas en la última campaña de spots, con el cuerpo del 15M todavía caliente. Ser bankero era posible hasta que, ahora lo somos todos y es una obligación. Las palabras conforman nuestro andamiaje mental, y ahora andan desarmadas, sin capacidad de construir.

Estamos enfadados, indignados, jodidos, pero el ” ahora yo qué puedo hacer” es un manual de impotencia ilustrado, es un polvorón comido a destiempo y de un trago, que se nos ha quedado en la boca del estómago y amenaza con explotar y darnos ardor para el resto de nuestras vidas. Parece que no podemos hacer nada. Ni siquiera pensar en lo que podemos hacer, porque nosotros, la mierda cantante y danzante de este planeta, hemos sido cuidadosamente desactivados, recluidos en nuestras casas, individualizados, entretenidos, convencidos de que el otro es nuestro enemigo.

En medio de todo eso, cagándote vivo por la vieja Europa, pagas cuarenta céntimos de euro, que son casi ochenta de las antiguas y previsiblemente nuevas pesetas, por entrar a un servicio publico. Haces una especie de escorzo extraño para no tocar con las nalgas una taza que sólo puede estar más limpia. Miras a tu izquierda, y te encuentras otro mensaje. Otro fatal mensaje “The art of cleaning“, el arte de la limpieza. Los mensajes están por todas partes, te ametrallan. Revientan la banca de los significados, provocan una brutal inflación. No creas que te ni siquiera te podrás limpiar el culo sin someterte a otro mensaje, importante, profundo, argumentado durante horas en un departamento de comunicación. El arte de la limpieza. Limpiar, por tanto, es un arte. Una mierda de arte.

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