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Todos queremos más

No sé qué sería de mi vida con cinco mil cien pavos al mes en mi cuenta corriente, que pasaría a ser cuenta distinguida de facto. Hubo una época en la que vivía con doscientos euros al mes, descontando de mi sueldo el alquiler y el abono transporte. Evidentemente había cosas que tomaba prestadas, como el acceso Internet (gracias vecinos), y algunas otras, más terrenales, cedidas por una famosa cadena de supermercados. Algún día devolveré todos esos megas y magdalenas. Era una cuestión momentánea.

Cuando se me rompió la lavadora y me pareció que la arruga era bella, pero los lamparones no, empecé a ir a la lavandería, no porque fuera más barato a largo plazo, sino porque no podía permitirme un arreglo, si quería hacer frivolidades tales como comprar pasta, arroz y latas de atún (al natural, por supuesto, en aceite es lujo asiático). En ese tipo de situaciones el largo plazo es una quimera. Existe el mañana. El dentro de un rato. Carpe diem por decreto. El enemigo es el cajero que te te hace un corte de mangas de 8 euros y diecisiete céntimos. Existen los diez días por delante, y los billetes de quinientos, que la gente llamaba Bin Laden, y los de cien, cincuenta y veinte, que para ti son igual de prófugos.

Cuando todo se convierte en aspiracional, cuando las fechas de caducidad no significan nada, y de un pollo sacas para una semana, y caldo para la siguiente, te das cuenta de que no necesitas nada, y que vives esclavizado por una mierda de obligaciones absurdas, impuestas por un sistema que vive de crear necesidades y frustraciones por no satisfacerlas. Lo peor de todo es saber que has llegado a esa conclusión, porque te ha tocado estar en el lado malo de las cosas. Eres un miserable más, que jamás hubiera llegado a esas conclusiones de otro modo. En ese momento todo es una frivolidad: la gente que se compra ropa, quienes se desplazan en coche, los que comen uvas, los supermercados que tiran comida, la televisión…

No tengo recuerdo de cuando empecé a oír una frase que, a fuerza de repetirse, todos damos por cierta sin esfuerzo, que es como mejor se venden las frases y las cosas: “fulatino gasta mucho, pero es que cuando eres fulatino, llevas ese ritmo de vida“. Todos asumimos con esa frase que, cuanto más ganamos, más gastamos. Que cuanto más tenemos, más queremos. Que si gano mil, gasto novecientos, y si gano dos mil, gasto mil novecientos. Todos rezamos el credo del consumo, y en mitad de la oración, escuchamos a un empresario metido a político, decir que con cinco mil cien euros las pasa canutas para llegar a fin de mes.

Pero hay diferencias. Por un lado estamos quienes somos capital humano, necesarios para producir plusvalía y que el sistema funcione, vivimos seducidos por la publicidad, deseando consumir nuevos productos que nos acerquen un poco más a la felicidad. Por otro quienes configuran las reglas del sistema, quienes lanzan mensajes para seducir, quienes saben que la acumulación de material no garantiza nada. Y luego están los gilipollas, los que saben las reglas reales del juego, pero sucumben a sus propias mentiras. Le pasa al diputado del Partido Popular, Fernando López Amor, a quien veíamos serio y responsable preguntar a Rodrigo Rato en su comparecencia en el Congreso, mientras cobra sus mil ochocientos euros en dietas por desplazamientos, ya que parece que ninguna de sus catorce viviendas, diecisiete garajes, cuatro locales y una bodega, están en Madrid, y necesita una ayudita.

Esa tercera clase de auténticos imbéciles, tiene distinguidas señorías de los que tienen mIrós en el baño, y elefantes disecados a modo de paragüero. Esa tercera clase no sabe que hay chavales comiendo magdalenas en un Carrefour, y dejando los papeles entre los bricks de leche. No saben que hay quien recibe un aviso de desahucio, una carta en la que comunican que le cortan la luz, y toda una colección de primeras experiencias para con la miseria, en un porcentaje cada vez más grande de la población. Esa tercera clase de auténticos imbéciles no sabe que está apretando el acelerador que mostrará con ellos su misma piedad.

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