in mis cosas

Treinta años

Tengo treinta años desde los catorce. Siempre fui el sieso, el serio, el aburrido, el que no se subía a las tapias, el que no jugaba a la galleta, el que no se fijaba en la chica, sino en la madre, el que no pisó una disco light, el que sacaba buenas notas porque no compensaba aguantar a los padres, y no por otra cosa, el que veía cómo los chulos de las vespinos ejercían de pequeños líderes sociales desde el mayor de los escepticismos.

Tengo treinta años desde los catorce. Siempre hacía migas con gente mayor, o mucho mayor, siempre me gustaba un disco hasta que le gustaba a alguien. Cuando mi derredor vestía camisetas negras de Link Bizkit, yo escuchaba a Small Faces, y A Todo Jazz, el programa de Cifu en Radio3. Cuando se llevaba Lonsdale yo veía críos confiados en una camisa para buscar la seguridad que les quitaba el acné. Yo llamaba críos a los críos, como los viejos que llaman viejos a los viejos.

Tengo treinta años desde los catorce. Era el primero en decir que a una peli le sobraba metraje, y el que dejó de leer al Ché cuando Tiendas Tipo empezaron a vender su merchandising. Era el que se lo pasaba mejor en la tertulia de los padres que jugando con los hijos, y el que movía los labios en el “cumpleaños feliz”.

Tengo treinta años desde los catorce. A la edad en la que por fin se puede sacar el carnet de conducir, yo fotocopiaba Le monde diplomatique y la revista Viejo Topo en la biblioteca. Mi dieciocho cumpleaños pasó en un autobús de viejos a Sargadelos, de esos que en la comida te vendían libros. Y viví una de las experiencias más deprimentes de mi vida lo hice por el gusto de asumir ser un looser, sino por estar con mi abuela, por pura responsabilidad.

Tengo treinta años desde los catorce, así que lo de hoy no es más que la demostración de que tenía razón.

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