in mis cosas

Vacaciones

Me apetecía irme. Desde hace un tiempo echo la vista atrás para pensar en aquellos veranos de tres meses, hace ya una década, y la holgazanería me genera una capa de nostalgia que no hay aplicación de iPhone que la iguale.

De hecho la primera parada será Lisboa, que es la ciudad donde se inventó Instagram. Más a nivel literario que literal, claro. Desde hace un siglo no se puede ver la desembocadura del Tajo sin esos filtros que hacen que parezca que todo lo que pasa en esa ciudad sea más memorable y trascendente de lo que realmente es. Entre otras cosas porque no se puede ser en Lisboa, sólo se puede haber sido.

Luego vendrá Gijón, que es el lugar por el que encuentran antes el mar todos los líquidos cuando se me desbordan. Todos mis fluidos se mezclan en el Cantábrico, que es un mar en serio, un mar real. No tiene canción de Serrat, pero tampoco es una balsa pactada por todas las ciudades del entorno. El Mediterráneo es la metáfora de la corrupción de las costas a las que baña. Mediterráneamente.

Se trata, por tanto, de mi eterna vuelta al pasado, se trata de vivir unas vacaciones que ya he vivido. Podría decir que ya he terminado las vacaciones, pero no. A los grises y aburridos siempre nos queda el pasado, que es lo único sobre lo que se puede fabular sin compromiso.

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