in mis cosas

Voy sin guión

improvisar III

La frase que titula el post fue hecha famosa por uno de los más célebres personajes anónimos (a su pesar) que te puedes encontrar en esta vida, y en alguna otra. Ir sin guión implica hacer gala de una bárbara capacidad de improvisación. La verdad es que yo no soy amigo de guiones, porque pueden encerrarte demasiado en un contexto, y porque soy un vago y no me gusta memorizar.

En algunos casos la confianza máxima en un guión, resta mucho de espontaneidad, y de cintura o mano izquierda. Pero soy partidario de tener un par de ases en la manga, pensados con anterioridad, que se puedan sacar a relucir cual revólver de la cómoda: cuando las cosas pintan mal, o cuando hay que rematar.

Ya tengo el guión del monólogo. Siempre me pasa igual, tengo que cocerlo en el cerebrito para luego sentarme y escupirlo, casi sin signos de puntuación. Como cuando volcaba datos sobre los folios oficiales de la Complutense cada convocatoria. Siempre me pasa igual, cuando lo leo no me hace ni puta gracia. Siempre me pasa igual, desconfío de que lo que he pensado que sería la monda, podría quedar en un frío silencio. Siempre me pasa igual, creo que podría no haber feeling. Puede que no sea el actor adecuado ante el público adecuado. O lo que es peor, que sí lo sea, pero que no lo consiga.

Son los riesgos que asumes cuando defiendes algo en directo. El silencio, la apatía. Decía Román Reyes, filósofo, sociólogo, genio, que era mejor causar anti-pathos que a-phatos. Creo que eso lo tengo ganado. Si no te gusto, me vas a odiar, porque puedo ser insoportable. Me he dado cuenta de que el cuerpo me pide ser más negro de lo habitual, rozando la incorrección política. Siempre fui así, siempre me gustó llegar al límite y, como pasa cuando juegas con el límite, muchas veces te pasas. No me quiero pasar a propósito, símplemente sucede.

Cuando creí que mis monólogos seguirían un patrón, me he dado cuenta que el surrealismo y la necedad piden paso, y convierten el texto en algo extremo, pero divergente. Es un alivio comprobar que las neuronas siguen teniendo esa patria, porque creía que se habían convertido en ciudadanas de un mundo cuadriculado, donde en determinado renglón pone “risas”.

Sé que estaré absolutamente seguro -como los locos- pero que cinco minutos antes de salir, tendré un poco de taquicardia y ansiedad, y veré en la cabeza mis chistes y un silencio sepulcral, y caeré en una duda que sólo detiene el poco tiempo para salir a escena. Sé que estaré frío por el sudor, que diré las primeras palabras y que con las primeras sonrisas mi cuerpo recuperará la temperatura normal, y me sentiré en mi sitio, feliz, teniendo esa sensación de poder tan curiosa. La única sensación de poder que experimentamos los pobres. Marcar un ritmo, conseguir atención, y llegar un segundo antes que ellos, a una conclusión. Gracias Gila.

PD: En octubre nos vamos a Lisboa. Ya era hora. A ver si puedo.

Share

Write a Comment

Comment

  1. Te vas a Lisboa? No está mal.
    Por el monólogo no te preocupes, es normal sentirse asustado la primera vez, pero ten en cuenta que la gente va predispuesta a pasar un buen rato, por lo que no tienes por qué preocuparte.
    Además, seguro que no vas sólo.

  2. Lisboa? Cómo te lo vas a perder si eso está a tiro de piedra y no decepciona! Sube andando hasta las cafeterías más altas donde podrás admirar una vista increible.. Ah y cuidado con el EXCESIVO ofrecimiento de drogas A TODAS HORAS y ante la policia.

  3. Conozco la ciudad. Estoy enamorado de ella, de hecho. y sí, los trapicheos por el centro de las ciudades nunca han sido lo mío. y menos si te ofrecen plastilina y cal…